**12 de octubre, 2023**
Mi amiga Lucía cocina como los dioses. De manera celestial, exquisita, con un calabacín y una patata hace auténticas maravillas… ¡Y sus postres! ¡Y esa carne dorada de todas las variedades! Pero bueno, no es eso de lo que quería hablar.
Lucía tiene unos kilos de más. Bastantes, la verdad. Pero es una mujer hermosa, con una piel suave como una manzana madura, llena de energía, sin problemas de presión ni de cansancio. Lleva quince años casada con Javier, y durante todos esos años, él no ha parado de humillarla por su peso. Con inventiva, con saña, delante de amigos, de desconocidos… Le pone motes “cariñosos”: mi vaquita, mi hipopótamo. “Ay, me ha pisado, se me ha roto todo el Javier”, decía entre risas.
No dejaba de elogiar a cualquier mujer delgada, aunque solo fuera por genética. A mí también me tocó algún “halago” dudoso, y en vano intentaba defender a Lucía hablando del metabolismo, la herencia… No servía de nada.
Ella siempre aguantó el tipo, incluso se reía de sí misma. Pero cuando nació su hija Martina, las cosas empeoraron. La niña heredó su figura de “manzana”, y cuando entró en la adolescencia, Javier volcó su “ingenio” en ella: “¿Para qué comes tanto? Acabarás como tu madre. ¿No quieres ser guapa en vez de un saco sin forma?”.
Entonces, Lucía despertó. Habló con él una, dos, tres veces. “No puedes hablarle así”. Pero, como era de esperar, fue inútil. Hasta que hace un año, estalló. No estuve ahí, me lo contaron. En una reunión, Javier soltó otro de sus comentarios sobre el cuerpo de Lucía, y ella, tranquila, le dijo: “Javier, me tienes hasta los cojones. Si no te gusta cómo soy, la puerta está abierta. Búscate una flaca, porque yo ya estoy harta”.
Llamó un taxi y se fue. Javier siguió riéndose. “¿A dónde va a ir? Ya se le pasará. Si sabe que parece un tomate maduro”. Hasta los amigos intentaron hacerle entrar en razón: “Lucía está preciosa”. Pero claro, ni caso.
Cuando llegó a casa, no estaban ni Lucía ni Martina. Habían cogido sus cosas y se habían ido a casa de los padres de Lucía, que tienen una vivienda en otro barrio. Algo incómodo para el colegio, pero se arreglaría. El segundo golpe fue cuando Lucía pidió el divorcio. Javier no se lo creía: “¿Por unas bromas? ¡Imposible! ¡Seguro que tiene un amante!”. Aunque enseguida rectificó: “Pero si a nadie le interesa una gorda así…”.
Ya lo imagináis. No había amante. Simplemente, Lucía estaba harta. Trabaja en un puesto importante en una gran empresa, con un sueldo más que digno. Sus padres la ayudaron, y sin esperar a repartirse el piso, compró un buen apartamento para ella y Martina.
Tras el divorcio, a Javier le quedó un estudio. Y tuvo que vender el coche, porque el dinero se dividió. Ahora paga la manutención de Martina, y con su sueldo modesto, le queda poco. Pero lo peor, según cuenta a sus amigos, es que Lucía lo malcrió con su comida. Ahora solo come platos precocinados o cena en casa de su madre. “Sus pollos asados me quitan el sueño”, dice. “Su paella. ¡Sus empanadas!”. Se despierta llorando. ¿Otra mujer? Encontró una. “Pero cocina como el culo”, se queja. “Bueno, está delgada… aunque a nuestra edad ya no hay modelos. ¿Una joven? Con mi sueldo y mi barriga… ni hablar”.
Lo que más le duele: Lucía adelgazó. No mucho, pero se nota. Amigos comunes dicen que ahora cocina distinto, igual de rico pero más sano. Siempre prefirieron las verduras, el dulce era más cosa de Javier.
Hace poco la vio en el supermercado y se quedó mudo. Se acercó y le soltó: “Oye, estás bastante bien, ¿eh? Me gustas. ¿Por qué no lo intentamos de nuevo?”.
¿Sabéis qué le dijo ella? “Que te den”.
Se ofendió muchísimo. “Voy con el corazón en la mano, y me manda a paseo”, protesta. “Si no fuera por mí, seguiría siendo una vaca. Desagradecida… cínica…”.
Creo que hay lecciones que solo se aprenden cuando ya es demasiado tarde.
— Fernando Méndez.




