Se llamaba Elena, había sido su antigua compañera de trabajo. Horas antes de la cena de celebración, su marido llamó y dijo: “Tenemos que hablar”.
Julia estaba en la cocina de su piso en Valencia, colocando con cuidado los servilletas en la mesa, decorada para la cena especial. Aquel día era su décimo aniversario de boda con Javier, y quería que todo fuera perfecto: las velas, su vino favorito, el aroma del pescado al horno que llenaba la casa. Pero unas horas antes de que llegaran los invitados, sonó su teléfono. En la pantalla aparecía el nombre de su marido. “Julia, tenemos que hablar”, dijo él con una voz fría, distante, y en ese momento su corazón se contrajo por un oscuro presentimiento. Aún no sabía que aquella llamada le cambiaría la vida, pero ya sentía cómo se desmoronaba todo lo que había construido durante años.
Javier había sido su apoyo, su amor, el hombre con el que había compartido sueños y penas. Se conocieron en la universidad, se casaron jóvenes y juntos criaron a su hija, Lucía. Julia confiaba en él ciegamente, incluso cuando se quedaba tarde en el trabajo o viajaba por negocios. Estaba orgullosa de su éxito—Javier había ascendido a jefe de departamento en una gran empresa, y su carisma le abría todas las puertas. Pero ahora, con el teléfono en la mano, recordó pequeños detalles que antes había ignorado: su mirada distante, respuestas cortantes, llamadas misteriosas que cortaba al instante. El nombre “Elena” surgió en su memoria como una sombra que había intentado no ver.
Elena había sido su compañera de trabajo hacía dos años. Julia la había visto un par de veces en una fiesta de la empresa—alta, con una sonrisa segura y una mirada que se posaba en Javier un segundo de más. Entonces Julia apartó el pinchazo de celos: “Solo una compañera, nada importante”. El propio Javier le contó que Elena se había ido de la empresa y se había mudado a otra ciudad. Pero ahora, escuchando su respiración agitada al otro lado del teléfono, Julia lo entendió: Elena no se había ido a ninguna parte. “No quería que fuera así, Julia”, empezó él, y cada palabra fue como un puñetazo. Confesó que llevaba un año viéndose con Elena, que ella había vuelto a Valencia, que estaba “confundido”. Julia calló, sintiendo cómo el suelo desaparecía bajo sus pies.
No recordaba haber colgado. No recordaba haber apagado el horno, ni haber quitado las velas de la mesa que había encendido esa mañana con esperanza. Sus pensamientos giraban en un remolino: “¿Cómo pudo hacerlo? ¿Diez años, Lucía, nuestro hogar—y todo por ella?” Julia se sentó en el sofá, apretando entre sus manos la foto de su boda, intentando entender cuándo su vida se había convertido en una mentira. Recordaba cómo Javier la había abrazado la semana pasada, cómo le había prometido a Lucía un viaje a la montaña. Y todo ese tiempo, él había estado con otra. La traición le quemaba por dentro, pero lo peor era otra idea: no se dio cuenta porque confiaba. Lo quiso tanto que se quedó ciega.
Cuando Javier regresó a casa, Julia lo recibió en silencio. Los invitados no llegaron—había cancelado la cena, incapaz de fingir. Él parecía culpable, pero no derrotado. “No quería hacerte daño, Julia. Pero con Elena… es diferente”, dijo, y esas palabras la remataron. No gritó, no lloró—solo lo miró como a un extraño. “Vete”, por fin susurró, con una firmeza que no esperaba. Javier asintió, cogió su bolsa y se marchó, dejándola sola en un piso donde aún olía a celebración, a una fiesta que nunca llegó.
Pasó un mes. Julia intentó vivir por Lucía, que aún no conocía toda la verdad. Le sonreía a su hija, le preparaba el desayuno, pero por las noches lloraba, preguntándose siempre lo mismo: “¿Por qué no fui suficiente?” Sus amigos la apoyaban, pero sus palabras no curaban la herida. Se enteró de que Javier y Elena ahora vivían juntos, y esa noticia fue otro golpe. Pero en lo más profundo, Julia sintió algo nuevo: fuerza. No se rompió. Canceló aquella cena, pero no su vida.
Ahora Julia mira al futuro con una esperanza cautelosa. Se apuntó a un curso de diseño, un sueño de juventud, pasó más tiempo con Lucía, aprendió a valorarse. Javier llama, pide perdón, pero ella no está lista para escucharlo. Elena, cuyo nombre antes era solo una sombra, ya no tiene poder sobre ella. Julia sabe que su vida no es él, ni su matrimonio, sino ella misma. Y aquel aniversario, que debía ser una celebración, se convirtió en el comienzo de una nueva historia. Una historia en la que ya no viviría por promesas ajenas.







