«¿Por qué debo cuidarla yo? Que lo haga su hijo favorito: mi negativa a cuidar de mi madre enferma»

*Diario de un hijo olvidado*

Desde siempre supe que en las familias con más de un hijo, casi siempre hay un favorito y otro que sobra. Al que aman sin medida lo justifican en todo, lo miman, lo apoyan. Al otro, al incómodo, lo culpan de cada desgracia. En mi familia fue así.

Mi madre adoraba a mi hermano menor, Adrián. Y yo… yo fui ese hijo “por error”. Una vez, en una pelea, me soltó: “Si no fuera por ti, no me habría divorciado de tu padre”. Esa frase se me clavó tan hondo que, años después, aún la recuerdo. No entendía cómo se le puede decir algo así a un hijo. Yo no pedí nacer. Pero ella, al parecer, pensaba distinto.

Tras el divorcio, me dejó al cuidado de mis abuelos paternos. Tenía siete años. De pronto, estaba en una casa ajena, sin mi madre. Mis abuelos fueron buenos conmigo, se convirtieron en mi verdadera familia. Mientras, mamá vivía para Adrián. Lo cuidaba, lo sacaba de líos, incluso de adulto, cuando se metía en negocios turbios. Pagaba sus deudas, lo rescataba de la policía, le limpiaba el nombre.

Vendió su gran piso de cuatro habitaciones en el centro de Madrid para comprarle uno a él. Me enteré después, por conocidos. Ni siquiera pensó en mí. Lo dio todo por él: amor, dinero, paciencia. Y a mí me borró, como si nunca hubiera existido.

Vivo en otra ciudad desde hace años. Me casé, crié a mi hija. Ahora tenemos un nieto; mi hija vive en el piso que heredó de mis abuelos. Vivimos tranquilos, en paz. Con mi madre apenas hablábamos. ¿Para qué, si éramos extraños?

Hasta que todo cambió.

Mamá se rompió la cadera. En el hospital dijeron que necesitaba operarse, y era caro. ¿Y saben quién pagó la operación? Yo. Sí, yo. Con mi dinero. Porque, a pesar de todo, es mi madre. No quería que sufriera.

Pero después vino lo peor: necesitaba rehabilitación y alguien que la cuidara, cocinara, la llevara al médico.

Y ahí, Adrián “me pasó el muerto”. Me llamó, insistió, luego me presionó: “Es tu obligación. Eres su hija”.

Me negué.

Y entonces empezaron. Los dos, mi madre y mi hermano, me atacaron. Me echaron en cara viejos rencores, ofensas que, según ellos, yo les había causado. Ella gritaba: “¡Te di la vida, te crié!”, y yo solo pensaba: ¿qué crió exactamente? ¿Mandarme con otros y olvidarse? Amor, cariño, cuidados… todo se lo llevó Adrián.

¿Por qué ahora, cuando necesita ayuda, se acuerda de mí? ¿Dónde estaba yo antes en su vida?

No pude callarme y le dije claro:

—Mamá, tú elegiste. Apostaste todo por un hijo y del otro te deshiciste. Ahora es hora de recoger lo que sembraste. Ahí está tu favorito. Es un hombre adulto. Que él se ocupe. Ya no soy la niña a la que puedes decirle “debes”. No le debo nada a nadie.

No les gustó. Me insultaron, dijeron que era desalmada, cruel, ingrata. Pero dentro de mí, ya no quedaba nada.

No sentí culpa. Solo amargura. Amargura por lo injusta que fue nuestra historia.

Ahora mamá está en un centro de rehabilitación. Adrián la visita cuando puede. Y yo sigo con mi vida. A veces sueño con mi abuela, la que me acogió, me secó las lágrimas y me contaba cuentos. Ella fue la única madre que tuve de verdad.

Que digan que guardo rencor. Es cierto. No soy un santo. Pero no estoy dispuesto a entregarme de nuevo a quienes una vez me abandonaron.

*Lección aprendida: el cariño no se exige, se gana. Y quienes siembran indiferencia, no pueden esperar cosechar amor.*

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