**Mi suegra me propuso intercambiar pisos, pero con una condición: yo tenía que traspasar el mío a su nombre.**
No sé cómo se sienten otras mujeres, pero yo tengo claro una cosa: no pienso arriesgar lo que me pertenece por derecho. Menos aún cuando se trata de propiedades. Y mucho menos cuando entra en juego la familia de mi marido, donde, desde hace tiempo, sospecho que detrás de cualquier “buena intención” siempre hay algo turbio.
La familia de Javier no es fácil, por decir lo menos. Su hermano pequeño lleva años en prisión. ¿El motivo? Mejor ni preguntar. Siempre fue aficionado a las aventuras dudosas. Una vez metía a alguien en un negocio sospechoso, otra “asumía responsabilidades” y después buscaba culpables. Al final, pagó el precio. Y su madre, mi suegra, nunca faltaba con el “pero es solo un chiquillo…”.
Cuando Javier y yo nos casamos, no tuvimos muchas opciones sobre dónde vivir, así que nos mudamos a mi piso. No lo impuse, pero era el que heredé de mi abuela. Un apartamento de una habitación, acogedor, luminoso, con techos altos. Nos bastaba y sobraba. Javier es ordenado y hogareño. Hasta al principio, cuando aún nos acostumbrábamos, nunca dejaba el suelo del baño mojado y lavaba sus propios calcetines.
Pasaron tres años. Y entonces, nació nuestra hija. Lucía, una niña tranquila y dulce como el sol. Temía las noches en vela, los berrinches, el cansancio. Pero Lucía resultó ser un ángel. Serena, cariñosa. Todo con ella era más fácil.
Javier resultó ser un buen padre. Sí, me gustaría que ganara más, pero ¿a quién no? Nos apañábamos. Sin embargo, mi suegra, convertida en abuela, floreció de repente. Llegaba con regalos, llamaba diez veces al día. Se esforzaba mucho, sobre todo conmigo. Al principio pensé que solo quería estar cerca de su nieta. Pero luego lo entendí: tramaba algo.
El plan era simple. Mi suegra nos propuso mudarnos a su piso de dos habitaciones. Mientras ella, “una pobre abuelita”, se instalaría en nuestro estudio. Según ella, sería más cómodo: más espacio para la niña, ayuda cercana… Todo perfecto, en teoría.
Pero había un detalle. Mi suegra puso una condición: que hiciéramos un traspaso oficial. Es decir, yo debía cederle mi propiedad a su nombre. Y el piso grande, al que nos mudaríamos, quedaría solo a nombre de Javier.
Al principio ni lo entendí. Después, cuando me senté a pensarlo… me dio miedo. En caso de divorcio, me quedaría con las manos vacías: mi piso sería suyo, el otro, de Javier. Todo legal.
No sé si es astucia o previsión, pero mi suegra no cede. Insiste, presiona, usa cualquier argumento. Incluso dice que si me niego, es porque ya pienso en divorciarme. Y si lo pienso, es que no lo quiero.
Javier escucha. Está confundido. Sabe que es arriesgado, pero… ¿su madre le aconsejaría algo malo? Hablamos en serio. Le dije: “Javier, eres mi marido, el padre de mi hija. Confío en ti, pero en tu madre, no. No quiero hacerlo. Tengo un mal presentimiento”.
Él me dijo que complicaba las cosas. Que debía ser más flexible, que solo eran papeles. Que nada cambiaría, que nadie abandonaría a nadie. Pero yo sé cómo terminan estas historias. Hoy, “nadie”, mañana, “somos extraños”. Y me quedaría yo con mi hija, sin nada.
Propuse un compromiso: intercambio sin traspasos, sin donaciones. Vivir como familia, sin trampas legales. Pero mi suegra lo rechazó. Fue clara: “No confío. ¿Y si os separáis y te llevas la mitad de mi piso?”.
Así es. Ella teme por su propiedad, pero exige la mía.
Ahora, cada día es presión. Javier se queja, dice que está harto de discusiones. Mi suegra llama, insiste. Todo disfrazado de buena voluntad. Mientras, yo me quedo en mi estudio, miro a Lucía dormida y pienso: ¿soy una mala madre por no querer dar lo mío a otros?
No sé qué hacer. No quiero divorciarme, pero tampoco regalar mi piso. Estoy cansada. No soy egoísta. Solo quiero evitar quedarme en la calle si todo se derrumba. He visto demasiados ejemplos.
¿Qué haríais vosotros en mi lugar?
**Lección aprendida:** Las cosas no se confían, se blindan. Porque cuando el amor falla, solo las escrituras te protegen.







