«¡Déjenlo ir!: solo estuve de acuerdo…»

—¿Adónde vas? —preguntó Ana con voz contenida, observando cómo su marido se ponía una camisa limpia.

—Quedé con los colegas. Tomar unas cervezas, charlar un poco —respondió Dani, sin siquiera mirarla.

—¿Y cuándo piensas pasar tiempo conmigo? —Ana intentó sonreír, pero solo logró una mueca amarga.

—¡Si siempre estás trabajando! ¿Cómo iba a saber que hoy saldrías antes?

La excusa parecía razonable. Pero últimamente todas lo eran. Y Ana estaba cansada. Cansada de comprender, perdonar y pagar.

Al principio, creyó haber encontrado al amor de su vida. Dani era atento, humilde, un poco más joven… pero ¿qué importaba la edad si sus almas se entendían? Se conocieron gracias a las amigas de su madre, se casaron y se mudaron a su amplio piso. Él trabajaba… a medias. Pero con su sueldo les bastaba.

Las primeras señales llegaron al año. Una infidelidad. Luego, otra, y otra más. Disculpas, lágrimas, promesas. Y tras ello, compras: una consola, un ordenador, un móvil nuevo… Ahora, un coche.

—Anita, ¡será práctico! Te recojo del trabajo, llevamos al niño al colegio… —fantaseaba Dani.

—Primero empieza por venir a casa —cortó ella. Pero el hábito de perdonar era más fuerte.

Hasta que una mañana de domingo, sonó el teléfono.

—¡Oiga, déjele ir a Dani! —una voz juvenil al otro lado.

—¿Perdón? ¿Quién es?

—¡Nos queremos! ¡Y usted solo estorba!

Ana escuchó en silencio.

—¿Tan segura estás de que su amor vale más que el dinero? —preguntó al fin.

—¡Claro!

—Pues comprobémoslo.

—¿Qué?

—Llévatelo. Para siempre.

Colgó y, con calma, guardó sus cosas en una maleta.

Diez minutos después, Dani apareció en la puerta. Se detuvo al ver el equipaje.

—¿Nos vamos de viaje?

—Tú sí. Adonde quieras.

—¿Qué dices?

—Lo que oyes. Nos divorciamos.

—¿Por una tonta? ¡Era broma, Ana! ¡Queríamos formar una familia! ¡El coche!

—Sí. Ahora lo compraré yo. Sacaré el carnet. Y si quiero un hijo, también será sin ti. Gracias por la motivación.

Intentó discutir, suplicar, manipular. Pero Ana permaneció serena.

Un año después, bajó de su flamante coche en el aparcamiento del centro comercial. Carnet de conducir, mirada segura, sonrisa ligera. Y un vestido nuevo, del que su actual pareja —maduro, fiable, sin pretensiones— siempre le decía que le quedaba bien.

Al divisar a Dani a lo lejos, Ana contuvo la respiración un instante.

—¿Te compraste ese modelo? Pero… yo quería negro.

—Yo lo quería rojo. Y lo compré.

Siguió caminando, dejándolo atrás en la sombra. Sin palabras. Sin remordimientos. Sin él.

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MagistrUm
«¡Déjenlo ir!: solo estuve de acuerdo…»