– ¿Me quiere? ¿No me quiere?… ¿O solo se quiere a sí misma?
– ¿Cómo que no puedes decidirte? – Lucía clavó sus ojos en su amiga del colegio con una mirada tan acusadora como si hubiera confesado un crimen. – Si dudas entre dos hombres, es que no quieres a ninguno. Es tan claro como el agua.
– A ti quizá te parezca claro, pero a mí no – suspiró Carmen, agobiada. – Los dos me gustan. Cada uno a su manera. Los dos son buenos, cada uno en lo suyo.
– Lo que pasa es que te quieres más a ti misma y los arrastras a los dos – insistió Lucía, con dureza. – Quien ama de verdad no juega con los sentimientos de los demás. Es injusto. Es ruin.
– Fácil para ti juzgar – Carmen apartó la mirada. – No todos somos tan perfectos como tú. Yo todavía estoy aprendiendo a amar. No tengo experiencia. El lunes me parece que el primero es el indicado. El martes, sin duda, el segundo. El miércoles vuelvo a dudar. No puedo aclararme. No es cosa de risa. Los dos son buenos. Los dos me importan.
– Lanza una moneda al aire, ya que no te decides – refunfuñó Lucía. – Mejor eso que seguir atormentándote entre dos fuegos. Así, al menos, la conciencia te quedará tranquila.
– Gracias por el consejo. Ve y lanza tus moneditas a la fuente, a ver si tienes suerte. Y no olvides que quizá tú nunca tuviste que elegir. ¿O acaso no había nadie entre quien escoger?
– ¡Yo jamás podría mentir tanto tiempo! – replicó Lucía, desafiante. – Estoy con Javier. Él me quiere. Y yo lo quiero a él. Todo va bien.
– Ajá. Mucho amor y muchos consejos – sonrió Carmen con ironía.
…
Tres años después. Lucía estaba sola en un bar casi vacío, llorando. Delante de ella, una copa de vino ya tibio. En su mente resonaba aquella vieja conversación.
«Nunca digas nunca»… ¿Quién iba a decir que terminaría en la misma encrucijada? Solo que ahora era ella quien no podía decidirse entre dos hombres. Ella, la misma Lucía que antes repartía consejos como si fueran panes.
Con Álvaro llevaba más de un año. Todo parecía perfecto. Él era responsable, inteligente, atento. Un hombre de ensueño. Y, sobre todo, con planes serios.
Pero, de pronto, reapareció Javier. Sí, el mismo de antes. Su ex. Aquel con quien salió años atrás. El que la dejó porque los celos lo consumían, sospechaba de todo, se irritaba por tonterías.
Se separaron cuando él dejó de mirarla como a la mujer que amaba. Para él, Lucía se convirtió en invisible. Todo estaba mal: lo que decía, lo que vestía, hacia dónde miraba… Y luego, silencio. Ruptura. Dolor. Meses de soledad.
Hasta que, de la nada, una llamada. «Hola, ¿qué tal? No tengo con quién hablar. ¿Nos vemos?»
Fue. Por costumbre. Para confirmar que todo había pasado.
Y allí estaba Javier, perdido, desanimado. Sin trabajo, con su madre enferma, sin haber encontrado a nadie. Y hablaba. Sin parar. Y ella escuchaba. Y lo compadecía.
No le dijo que tenía a otro. Que quizá era feliz. Que alguien la esperaba.
Javier empezó a escribirle. A llamar. A invitarla a salir. Se veían. Sin malicia. Pero cada vez más.
Con Álvaro todo seguía igual. Él estaba ahí. Atento. Le regalaba detalles. Le cogía la mano con ternura. La miraba… con esa mirada. Cálida, enamorada. Siempre.
Pero Javier… Era como volver al pasado. Amigos en común, quedadas, conciertos, viajes. Con él, era como regresar a la juventud. Álvaro no entendía eso. Él era serio. Ocupado. Introvertido.
Lucía se desgarraba. El corazón le dolía. Álvaro era con quien podía construir un futuro. Javier era a quien todavía compadecía. ¿Y quizá… amaba?
Una y otra vez repasaba las opciones en su cabeza. ¿Cómo decir la verdad? ¿Cómo elegir?
Hasta que una noche, cuando ya no pudo soportarlo más, marcó el número de Carmen. Para disculparse. Para pedir perdón por aquellas palabras.
– Perdóname por lo que te dije… Ahora entiendo cómo te sentías entonces.
– ¿Perdonarte por qué? – Carmen se sorprendió, sincera. – Ni siquiera recuerdo a quién elegí. Fue hace tanto…
– Y ahora estoy en tu lugar. Entre dos. No puedo decidir. Da miedo. Mucho.
– ¿De verdad crees que, cuando amas, puedes estar «entre dos»? Simplemente no amas a ninguno. Pero a ti misma, desde luego que sí. Y si alguien hiciera esto contigo, si estuviera con dos a la vez, ¿a quién amarías tú? ¿A él?
– A nadie – susurró Lucía.
– Ahí tienes la respuesta. A nadie. Porque eso solo lo hace quien solo se quiere a sí mismo. Lucía, si uno de ellos te importa de verdad… míralo. Imagina que no está. Imagina que se va. Que nunca más verás su sonrisa, que nunca más te tomará la mano…
– Álvaro – escapó el nombre de los labios de Lucía.
Sintió un escalofrío. Lo imaginó. Sin esos ojos, sin ese calor. Sin su paciencia. Sin su amor.
Y supo, de pronto, a quién amaba.
P.D. A veces, para escuchar al corazón, basta con dejar de mentirse a una misma.




