Novio fugitivo

El novio que huyó

El timbre del teléfono sonó al amanecer. Claudia, aún medio dormida, escuchó en el auricular la voz ronca y nerviosa de Javier:

—Claudia… Yo… Necesito decirte algo… —Hizo una pausa, como buscando las palabras correctas—. Lo he pensado bien… No estoy preparado. Comprendes, no estoy listo para casarme. Estoy confundido. Ni siquiera sé lo que siento por ti ahora.

Claudia se quedó inmóvil. El corazón le latía en los oídos. Forcejeó para hablar:

—¿En serio? ¿Una semana antes de la boda?

—No habrá boda —declaró él, con seguridad, como si lo hubiera ensayado.

—¿Qué? —susurró ella.

—Quiero comenzar una vida nueva. Mi carrera, mis metas. Tú… tú mereces algo mejor.

Clic. Colgó.

Claudia permaneció sentada, sin moverse. Luego, como si estuviera en un sueño, se levantó, fue al armario y sacó una botella de coñac. Bebió directamente de la copa. Sin comida. Sin sabor. Sin pensamientos.

Y entonces… gritó con tal fuerza que las paredes parecieron estremecerse.

Su historia había durado cuatro años. Parecía amor verdadero. Un encuentro casual: Claudia llevó su ordenador al taller, y Javier lo reparó. Cuando se lo devolvió, le pidió el número. A los días, la invitó a salir. Ella aceptó. Y así comenzó todo.

A los seis meses, él confesó que quería irse al extranjero. Allí, decía, había más oportunidades.

—¿Vendrás conmigo? —preguntó entonces, sin creer que diría que sí.

Y ella fue.

Lo dejó todo: trabajo, amigos, familia. Por amor. Por fe. Porque él lo era todo para ella.

Él partió primero, para “preparar todo”. La recibió en el aeropuerto sin flores, sin sonrisa, sin brillo en los ojos.

—¿No estás contento? —preguntó ella en voz baja.

—No, solo estoy cansado. Problemas.

No la llevó a un piso, sino a un hostal, a una habitación dividida por una cortina.

—Pensé que habías alquilado algo…

—Al principio lo hice —murmuró él—. Luego se acabó el dinero. No encuentro trabajo.

Claudia lo abrazó. Dijo que saldrían adelante. Y se puso a trabajar. No en su campo, sino donde pudiera: limpiando, fregando, paseando perros. Hacía lo que fuera necesario.

Y hasta lo colocó a él. Habló con un cliente, lo convenció. Le dieron una oportunidad.

Las cosas mejoraron. Alquilaron un lugar. Soñaron con el futuro. Pensaron en formar una familia.

Pero Javier no duraba en ningún empleo. Lo despedían rápido. Claudia cargaba con todo. De nuevo el hostal, de nuevo la incertidumbre. Ella trabajaba. Él buscaba su camino.

—Javi, ¿no crees que ya basta? —un día explotó Claudia—. Llevamos casi dos años viviendo como vagabundos. En casa teníamos una vida. Aquí solo sobrevivimos. Volvamos.

Él guardó silencio. Luego asintió. Un mes después, estaban de vuelta.

Claudia regresó a su antiguo trabajo. La recibieron con alegría. A Javier lo tomaron con prueba. La superó. Se alegró como un niño.

A las semanas, él propuso: «Vamos a pedir la partida de matrimonio».

Claudia brillaba. Prepararon la boda. Ella vivía con sus padres. Ni se habló de mudarse antes de casarse.

—Mis padres no aceptan las parejas de hecho —explicaba ella.

—¿Y por qué te fuiste conmigo al extranjero? —se burlaba él.

—Les dije que iba con una amiga. No les conté la verdad.

Él se reía. Ella soñaba.

Pero pronto se enredó en un nuevo proyecto. Dos semanas sin llamadas. Sin mensajes. Hasta que se dio cuenta: no la extrañaba.

—Y yo que iba a casarme… —pensó—. ¿Para qué? ¿Para siempre? ¿Es esto lo que quiero?

Tomó una decisión. Llamó.

Después de aquella mañana, Claudia pidió la baja médica. Pasó una semana en cama. Lloró. No comió. No vivió.

Hasta que despertó la rabia.

—¿Así que estaba confundido? ¿No sabía lo que sentía? —susurraba al vacío—. ¿Y yo? ¿Yo, que lo seguí a otro país? ¿Que trabajé por los dos? Ni siquiera tuvo el valor de decírmelo a la cara. Por teléfono. Huyó. Cobarde.

Primero dolor. Luego, determinación.

—¡Y menos mal! —se decía—. No fui yo quien lo dejó, fue él quien me abandonó. ¡Y es hasta mejor! ¿Que el novio huyó? ¡No fui yo la que perdió, fue él! Ahora lo sé: yo soy lo primero. Nunca más sacrificios. Solo adelante. Solo yo.

Salió a la calle. La ciudad florecía. La primavera cantaba en cada esquina. Claudia caminaba y, por primera vez en mucho tiempo, sonreía. El sol brillaba solo para ella.

Sí, aún hubo recuerdos. Lágrimas. Preguntas sin respuesta. Pero no llamó. No rogó. No suplicó.

—Basta —repetía—. Fue una lección. Gracias por eso. Ahora soy más fuerte. Soy hermosa, inteligente, tengo todo por delante. Solo hay que seguir. Sin mirar atrás.

Meses después, reunió todos los regalos, fotos y cosas que la recordaban a él. Las metió en una caja. La tiró a la basura.

—Es hora de poner orden —le dijo a su madre con una sonrisa.

¿Y Javier?

Simplemente… sigue viviendo. Dicen que sigue buscando trabajo.

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