Aquella noche, el corazón me habría saltado del pecho de no ser por los dientes apretados. Recuerdo cómo empezó todo: una simple llamada de mi hijo. «Mamá, voy a casa con Tania (nombre ficticio), sólo para presentaros». Su voz sonaba alegre, segura, como la de alguien que finalmente daba un paso importante. Mi marido y yo intercambiamos miradas y nos alegramos: al fin, nuestro Pedro se estabilizaba, pensaba en casarse. ¡Cuánto tiempo llevaba de soltero!
Pedro nunca fue fácil. Desde niño, independiente pero de carácter fuerte. Tras el instituto, se fue a la mili, y de repente anunció: «Me voy al Sur. A trabajar. A ganar dinero». Nos quedamos helados, pero no le disuadimos. Se marchó y, efectivamente, volvía con delicias: jamón, quesos, vinos. Decía que allí era feliz, que la tierra era dura pero hermosa, la gente auténtica.
Y ahora, quería casarse. Preparamos la mesa, el pan y la sal, nos vestimos con lo mejor y esperamos. Sonó el timbre. Fui a abrir. Y entonces… casi pierdo el habla.
En el umbral había una mujer. O mejor dicho, primero sólo vi un enorme abrigo de lana, y tras él, tres niños y el propio Pedro. El abrigo entró, se quitó, y de él surgió una muchacha delgada, menuda, de pelo negro espeso y mirada afilada como la de un halcón. Pedro presentó:
—Es Mariela. Mi prometida.
Todo se me vino abajo. La chica asintió en silencio; los niños, sin esperar invitación, se sentaron en el suelo. Uno empezó a quitarse las botas, otro trepó al alféizar. Mariela ató al pequeño con un cinturón a la pata del sofá para que no escapara. Todo en silencio, envuelto en olores, como si el Sur entero hubiera llegado a nuestra casa en Sevilla.
Pasamos al salón. Yo puse el mantel blanco, la mesa servida. Mariela, ¡con las manos!, empezó a servir la comida a los niños. Ella usó tenedor, pero lo chupaba al comer. Hablaba poco, tajante.
—¿Los hijos son vuestros? —preguntó mi marido, mirando al trío en el suelo.
—Míos —respondió ella, inexpresiva.
Intercambié una mirada con el padre de Pedro. ¿Ahora éramos familia numerosa?
—Pedro, hijo, ¿dónde os conocisteis? —pregunté, la voz temblorosa.
—En el campo, mamá. Canta como los ángeles. ¡Deberías oírla! —respondió él, admirado, y de pronto me pareció un extraño.
—¿Y dónde vais a vivir? —intervino mi marido.
—En una choza, quizá —dijo Pedro, encogiéndose de hombros.
Algo se rompió en mí. Me retiré a la cocina, mi marido detrás. Nos miramos, los ojos como platos.
—¿Qué hacemos?
—No sé —dijo él, abriendo las manos.
Volvimos. Mi marido se acercó a Pedro y, sin mirarle, le tendió billetes:
—Para un hostal. Lo siento, pero no podéis quedaros aquí.
Pedro suspiró:
—Siempre decíais: «con que se case, a cualquiera aceptamos». Pues aquí la tenéis.
Se fueron. Con los niños. Con el abrigo. Con los olores.
Pasaron cuarenta minutos. Otro timbrazo. Corrí a abrir. Era ellos otra vez, pero distintos. Mariela ya sin el abrigo, con una chaqueta normal, el pelo recogido, los ojos risueños.
—Buenas tardes —dijo ella, educada—. Perdonadnos.
—No entiendo —murmuré, retrocediendo.
Pedro, sonriendo, dio un paso:
—Mamá, siempre me repetíais: «ojalá te cases, ojalá te cases». Y yo… no quiero. Aún. Ella es Mariela, mi amiga. Quisimos gastaros una broma. Es de Cádiz, vino de visita con sus sobrinos. No tenían donde dormir. Y pensé: ¿y si montamos un teatrillo?
Me desplomé en el banco del recibidor. Las piernas no me respondían.
—Hijo, haz lo que quieras, pero no me asustes así. ¡Casi me da un patatús! —suspiré.
Volvimos a la mesa. Mariela, ahora otra, ayudó en la cocina. Los niños comieron, riendo. Y mi marido y yo entendimos: sí, envejecemos. Pero la broma de Pedro fue magistral… terrorífica, como la vida misma.





