Dicen que en la vejez, cada uno recoge lo que sembró en la vida. Unos cosechan amor y calor de los suyos; otros, solo el aire frío de una puerta cerrándose ante sus narices. A mi suegra, Carmen de la Fuente, nunca se la hubiera llamado una mujer cariñosa. Siempre mantuvo ese aire de superioridad, con una rigidez que parecía exigir que todos, especialmente su único hijo varón, le debieran pleitesía. Y, desde luego, yo, «esa fulana que le robó el hijo a su madre», estaba en el último escalafón de su consideración.
Hace muchos años, cuando yo estaba de baja por mi segundo hijo y mi marido perdió el trabajo, no pudimos pagar más la hipoteca. Pedimos refugio en la casa de mi suegra, un amplio piso en Toledo heredado de su padre. Allí vivían ella, su hijo menor, Adrián, y ahora también nosotros, con nuestros dos niños pequeños. Esperábamos que fuera algo temporal, pero pronto se convirtió en un infierno.
Carmen no desperdiciaba ocasión para reprocharnos. Los niños le molestaban, olían mal. Los juguetes en el sofá le provocaban ataques de ira. La comida del bebé era «esa porquería apestosa» que le llenaba la nevera. Yo aguantaba en silencio, tragándome todo para no empeorar las cosas. Hasta que un día lo soltó sin rodeos:
—Estoy harta de ustedes. Hagan las maletas. Lárguense. No soporto vivir en este circo.
Nos fuimos humillados. Tras vender nuestro viejo piso y pagar deudas, apenas quedaba dinero. Con lo justo, compramos una casita en Yuncos, sin agua corriente ni baño. Las comodidades se reducían a un cobertizo en el fondo del patio, y el agua había que sacarla del pozo.
Poco a poco, levantamos nuestro hogar. Invertimos el bono maternal, pedimos otro préstamo. Pasaron diez años hasta que por fin entramos en una casa con ducha, calefacción y cocina nueva. No era un palacio, pero era nuestro. Y justo cuando lo peor parecía haber pasado, incluso nos animamos con un tercer hijo, el destino llamó de nuevo a nuestra puerta. O mejor dicho, fue mi suegra quien lo hizo.
Oí chirriar el portón. En el umbral estaba Carmen, con su abrigo, una maleta y los ojos hinchados de llorar. Cuando mi marido abrió, se desplomó sobre su pecho sollozando, como si aquel no fuera un hogar, sino su último salvavidas.
La dejamos entrar, la sentamos. Mi marido llamó a su hermano: nada. Hacia el atardecer, al fin se serenó.
Resulta que, después de echarnos, se empeñó en «reeducar» a Adrián. Le susurraba que su hermano era un traidor y que yo había destruido la familia. Finalmente, Adrián se casó y se fue, pero no duró mucho. La llevó a vivir con él y su esposa. Al principio, hubo calma. Hasta que nació su bebé. Entonces, Carmen volvió a su disco rayado: olores, ruidos, la sopa no estaba como debía. Pero esta nuera no era como yo: no estaba dispuesta a aguantar.
Poco a poco, la relegaron del cuarto al sofá. Luego, con excusas, ni eso. Convirtieron su dormitorio en cuarto infantil. Su lugar en la mesa lo ocupó otro, y a sus quejas solo recibió: «Si no te gusta, vete».
—¿No has pensado en irte con Javier? —le soltó Adrián una noche en la cena. El mismo que años atrás la apoyó para echarnos.
Así que la empacaron. Rápido. Sin aspavientos. Maleta en mano, taxi a la estación, billete de tren. Al despedirse, Adrián remató:
—No te daremos de baja. Cobra tu pensión de Madrid tranquila. Pero vive donde quieras, menos aquí.
No podíamos negarle cobijo. En casa hay sitio. Por ahora, se mantiene callada. Sin reproches. Sin quejas. Solo nos mira, sobre todo a los niños, con una nostalgia tardía y muda.
Quizá la vejez suaviza el carácter. O quizá es solo miedo a quedarse sola. Sea como sea, por ahora guardo silencio. Pero de algo estoy segura: no echaré a nadie. Ni siquiera a ella. Ni a quien un día nos borró de su vida.






