**Diario de una nuera cansada**
¿Lavar los suelos en casa de mis suegros? ¡Ni pensarlo! Yo, Lucía, con mis treinta y ocho años, he decidido que ya es hora de vivir para mí, no de ir corriendo con la fregona por su enorme casa. Mis suegros, Gregorio Martínez y Ana López, tienen noventa y dos y ochenta y tres años, claro que ya no están para ocuparse de la casa. Mi marido, Javier, su único hijo, nació cuando ellos ya pasaban de los cuarenta, y ahora todos me miran como si fuera la salvadora oficial. Pero ¡yo no firmé para ser su asistenta! La gente murmura, los suegros insinúan, y yo he dicho basta: mi tiempo es mío, y punto.
Llevamos diez años casados, y todo este tiempo he intentado ser una buena nuera. Mis suegros no son malos, pero tienen carácter. Gregorio, a pesar de la edad, sigue activo: camina con bastón, lee el periódico y le encanta contar historias de su juventud. Ana está más débil, pasa las horas en su sillón, tejiendo o viendo series. Su casa es grande, antigua, con suelos de madera y demasiadas habitaciones que se niegan a alquilar o vender. “Es nuestro nido”, dicen. Y no me importaría, si ese “nido” no se hubiera convertido en mi pesadilla.
Al principio, iba a menudo, ayudaba con la limpieza, cocinaba, los llevaba al médico. No me costaba, pensaba que era algo temporal. Pero los años pasaban, y sus exigencias crecían. Ahora, cada vez que vamos, Ana mira el suelo con tristeza y suspira: “Ay, Lucía, qué polvo hay, habría que fregar”. Y Gregorio añade: “Sí, hija, tú que eres tan hacendosa”. ¿Hacendosa? Soy responsable de marketing, tengo dos hijos, una hipoteca y mil cosas que hacer. ¿Cuándo se supone que debo ser su empleada doméstica?
El otro día exploté. Fuimos un fin de semana, y Ana, nada más entrar, me dio un cubo y una bayeta: “Lávalos, que yo ya no puedo, me duelen las piernas”. Me quedé helada. ¿Acaso me han contratado? Me negué con educación: “Ana, lo siento, tengo molestias en la espalda y mucho trabajo”. Ella frunció el ceño, y Gregorio murmuró: “Los jóvenes de hoy no queréis esforzaros”. ¿Que no me esfuerzo? ¡Trabajo, recojo a los niños del colegio, reviso sus deberes, ceno corriendo, y ellos me hablan de pereza!
Le dije a Javier que no volvería a fregar sus suelos. Él, como siempre, intentó mediar: “Cariño, son mayores, les cuesta. Ayúdales una vez, ¿qué te cuesta?”. ¿Una vez? ¡Es siempre! Le recordé que tienen pensión, que podrían contratar a alguien. Pero él solo suspiró: “Ya sabes que no quieren extraños en casa”. ¿Y yo no soy una extraña? ¿O solo les sirvo para limpiar? Le puse un ultimátum: o contratamos ayuda o yo no toco ni un trapo. Javier prometió hablar con ellos, pero sé que no insistirá.
Los vecinos, por supuesto, ya saben todo. En nuestro pueblo, los rumores vuelan. La otra día, Doña Carmen, la vecina, me dijo en el supermercado: “Lucía, cómo puede ser, tus suegros están mayores y no les ayudas. ¡Ellos lo dieron todo por Javier!”. Casi le contesto: “¿Y yo no lo doy todo por mi familia?”. ¿Por qué todos creen que debo dedicar mi vida a su casa? Respeto a Gregorio y a Ana, pero no soy su criada. Tengo mi propia familia, mis sueños. Quiero apuntarme a yoga, irme de vacaciones con los niños, leer sin pensar en suelos ajenos.
Les propuse un acuerdo: iríamos a ayudar con la compra, los llevaría al médico, pero la limpieza no era cosa mía. Ana puso mala cara: “¿Quieres meter a desconocidos aquí?”. Y Gregorio añadió: “Pensábamos que eras como una hija”. ¿Una hija? ¡Las hijas no son esclavas! Me contuve, pero por dentro hervía. ¿Nadie piensa en cómo me siento? Toda mi vida intentando complacer, y ahora quiero vivir para mí. ¿Es eso un crimen?
Mi amiga Marta me dijo: “Lucía, tienes razón. Pon límites, o te consumirán”. Y lo he hecho. Ya no cojo la fregona. Si quieren limpieza, que contraten a alguien o que llame Javier. Él, por cierto, tampoco se ofrece, pero la culpa siempre es mía. Hasta he pensado en mudarnos lejos, escapar de tanta presión. Pero por ahora, estoy aprendiendo a decir “no”. Y sabes qué… se siente liberador.
Que murmuren los vecinos, que refunfuñen los suegros. No quiero ser esa nuera que se mata por aprobación ajena. Gregorio y Ana han vivido mucho, son fuertes. Y yo no soy su extensión, tengo mi propio camino. Si para recorrerlo debo negarme a fregar sus suelos, lo haré. Mi tiempo ha llegado, y no lo gastaré en cubos y bayetas. Que Javier decida de qué lado está: ¿el de su familia o el de las exigencias de sus padres?







