**Traición en la mesa de bodas**
Teresa Martínez llamó con urgencia a la puerta de su hijo y su nuera. La alegría la desbordaba: quería enseñarles las fotos de la boda de su hija pequeña, celebrada el fin de semana pasado. La puerta se abrió, y apareció su nuera, Inés, con los ojos enrojecidos y el rostro sombrío. «Ah, ¿eres tú? Pasa», dijo fríamente. Teresa supo al instante que algo andaba mal. «Inés, ¿qué ocurre?», preguntó con cautela al entrar. «¡Que nos vamos a divorciar, eso ocurre!», estalló Inés, la voz quebrada por la rabia. «¿Cómo? ¿Por qué?», exclamó la suegra, incrédula. «¿De verdad no sabes lo que ha hecho tu hijo?», replicó Inés con sorna. «¡No! ¿Qué ha hecho?». Teresa la miró perdida, sintiendo un nudo en el pecho.
Hace dos meses, en un tranquilo pueblo junto al río Ebro, Inés y Ana, la hermana de su marido, discutieron. «¡Una boda es algo único! ¿Cómo vais a pasar de celebrarlo como es debido?», protestó Ana al enterarse de que Inés y su hermano Jorge habían decidido evitar una fiesta fastuosa. «Gastar tanto me parece un despilfarro. Prefiero invertirlo en algo útil», respondió Inés con calma. «¿Como qué?», inquirió Ana, recelosa. «Un viaje, un coche o la entrada de una casa», enumeró Inés. «¿O sea, tenéis dinero pero no queréis gastarlo en vuestra boda?». Inés calló, y su silencio lo dijo todo.
Jorge e Inés optaron por un modesto registro civil y una cena íntima con familiares cercanos. Ana, al principio, se negó a asistir, pero al final apareció con su novio. Tenía un as bajo la manga.
Tras la ceremonia, los recién casados se reunieron con los invitados en la casa de los padres de Inés, en las afueras. La mesa rebosaba de platos caseros, aunque solo eran doce comensales.
Al comenzar los brindis, Ana se levantó con una copa en la mano, voz temblorosa pero firme: «¡Felicidades a los novios! Pero os cuento algo: ¡nosotros también nos casamos!». Todos la miraron atónitos. Los aplausos y felicitaciones estallaron, mientras Inés sentía un agrio sabor en la boca. Ana, radiante, presumía de su lujosa boda, la comidilla del pueblo.
Inés no pudo quitárselo de la cabeza en toda la noche. Su día especial había quedado opacado. Al marcharse los invitados, estalló: «¿Por qué lo hizo? ¿Para humillarnos? ¿Recordarnos que no cumplimos sus expectativas?». «Olvídalo, cariño—intentó calmarla Jorge—. Nosotros tenemos el dinero para lo que importa». «¿Y si nos vamos a la playa? Necesito alejarme de todo esto». «Mañana lo hablamos», dijo él evasivo, y ella, agotada, cedió.
Dos semanas después, Ana les entregó las invitaciones. «No pienso ir», gruñó Inés, jugueteando con el sobre. «Pues no vamos», sonrió Jorge. «¿Y si en vez de eso nos escapamos? No soporto verla». Jorge se puso nervioso, evitando su mirada. «Quizá luego… Pero a la boda de mi hermana debo ir». «Entonces, ¿para qué mentiste?», replicó ella, dolida.
A regañadientes, Inés asistió. La boda fue deslumbrante: limusina, banquete en el mejor restaurante de Zaragoza, fuegos artificiales… «Menudo derroche—murmuró Inés—. El vestido seguro que costó miles. ¿Para qué tanto?». Jorge masculló algo ininteligible.
Al día siguiente, Inés insistió en el viaje: «¡He encontrado vuelos baratos!». «Cariño… no hay dinero», dijo él con tensión. «¿Cómo? Teníamos ahorrados veinte mil euros». «Se los presté a Ana—confesó, mirando al suelo—. Pero los devolverá, poco a poco». Inés palideció. «¿Sin consultarme? ¡Ese dinero era de los dos!». «Ana lo necesitaba—se justificó él—. Lo pagará». «¡Lo necesito yo ahora!», gritó ella, sintiéndose traicionada.
En ese momento, Teresa apareció en la puerta, radiante, con las fotos de la boda. Inés, furiosa, estalló: «¿Sabía que su hijo pagó la boda de Ana?».
«Claro—respondió ella con calma—. ¿Qué haría un hermano si no?».
«¡Increíble!—exclamó Inés—. Nos privamos de nuestra fiesta para no malgastar, ¡y él regala el dinero! ¡Eres un traidor, Jorge!».
«¿Te alteras por un poco de dinero?», reprochó Teresa, apartándola.
«¡La mitad era mío!—declaró Inés—. Devuélvelo antes del viernes, o iré a juicio».
«¡Qué desagradecida!—vociferó Teresa—. ¡Llevas poco de casada y ya armas escándalos!».
Pero Inés no bromeaba. Demandó el divorcio y ganó el juicio: Jorge debía devolverle su parte. Con el dinero, voló a Mallorca. Allí, bajo el sol y el murmullo del mar, conoció a alguien que le devolvió la ilusión. Regresó con el corazón en paz, lista para comenzar de nuevo.





