Traición en el banquete de bodas

**La Traición en la Boda**

María Dolores llamó apresuradamente a la puerta del piso de su hijo y su nurada. La alegría la desbordaba: quería enseñar las fotos de la espectacular boda de su hija pequeña, celebrada el fin de semana anterior. La puerta se abrió, y en su umbral apareció Nuria, su nuera. Su rostro estaba fruncido, los ojos enrojecidos por el llanto. «Ah, es usted. Pase», dijo con frialdad. María Dolores sintió al instante que algo andaba mal. «Nuria, ¿ha pasado algo?», preguntó con cautela al entrar. «¡Claro que ha pasado! ¡Vamos a divorciarnos su hijo y yo!», soltó Nuria, con la voz temblorosa por la rabia. «¿Cómo? ¿Por qué?», exclamó la suegra, sin creer lo que oía. «¿Usted no sabe lo que hizo su hijo?», replicó Nuria con sarcasmo venenoso. «¡No! ¿Qué ha hecho?». María Dolores la miró confundida, sintiendo cómo el corazón se le encogía de angustia.

Hacía dos meses, en el tranquilo pueblo de Algeciras, había surgido una discusión entre Nuria y la hija de su marido, Lucía. «¡Una boda es una vez en la vida! ¿Por qué no quieren celebrarla como es debido?», protestó Lucía al enterarse de que Nuria y su hermano Javier habían optado por una ceremonia íntima. «Me parece un derroche. Prefiero invertir ese dinero en algo útil», respondió Nuria con calma. «¿Como qué?», preguntó Lucía, entrecerrando los ojos con desconfianza. «Un viaje, un coche, la entrada para una casa…», enumeró Nuria. «O sea, tienen el dinero, pero no quieren gastarlo en su boda», concluyó Lucía, sorprendida. Nuria no respondió, pero su silencio lo decía todo.

Javier y Nuria se conformaron con un breve registro civil y una cena íntima con los más allegados. Aunque Lucía y su prometido, Álvaro, no estaban invitados inicialmente, acabaron apareciendo. Ella tenía sus motivos: preparaba una sorpresa que cambiaría el rumbo de la noche.

Después de la ceremonia, los recién casados y los invitados se dirigieron a la casa de los padres de Nuria, en las afueras. Su familia había preparado un banquete casero para los doce comensales. Cuando llegó el momento de los brindis, Lucía se levantó con una copa en la mano. Su voz temblaba, pero se escuchó clara: «¡Felicidades a los novios! Pero también quiero anunciar que… ¡Álvaro y yo nos casaremos pronto!». Todos los ojos se clavaron en ella. Los invitados la felicitaron con efusividad, mientras Nuria sentía cómo la rabia le apretaba el pecho. Lucía, radiante, presumía de que su boda sería un evento fastuoso del que todo el pueblo hablaría.

Nuria pasó el resto de la noche con un sabor amargo. Su día especial se había visto ensombrecido. Al marcharse los invitados, estalló: «¿Por qué lo hizo? ¿Solo para fastidiarnos? ¿Para recordarnos que no hicimos una boda como la suya?». «Déjalo, cariño—intentó calmarla Javier—¿Sabes qué? Nos ahorramos un dineral. Lo gastaremos en algo mejor». «¿Y si nos vamos a la playa? Quiero alejarme de todo esto», propuso Nuria, animándose. «Mañana lo hablamos», evadió Javier.

Dos semanas después, Lucía entregó la invitación a su boda. «No quiero ir», refunfuñó Nuria. «No vamos, entonces», sonrió Javier. «¿Y si en vez de eso nos vamos a Tenerife? No soporto verla después de lo que hizo», insistió ella. Javier se puso nervioso. «Quizá otro día… No puedo faltar a la boda de mi hermana», balbuceó. «¿Entonces para qué me lo ofreciste?», se indignó Nuria.

A regañadientes, Nuria asistió. La boda fue deslumbrante: limusina, banquete en el mejor restaurante, fuegos artificiales y fotógrafos profesionales. «Qué despilfarro», murmuró Nuria. «Ese vestido habrá costado miles de euros. ¿Para qué tanto ruido?». Javier murmuró algo incomprensible.

Al día siguiente, Nuria volvió al ataque: «Encontré vuelos baratos. ¡Vámonos!». «No hay dinero», soltó Javier, con una sonrisa forzada. «¿Cómo? Tenemos cuarenta mil euros ahorrados». «Se los dejé a Lucía para la boda—confesó, evitando su mirada—. Ella los devolverá, poco a poco». Nuria palideció. «¿Los prestaste sin consultarme? ¡Ese dinero es de los dos!». «Ella lo necesitaba—se justificó Javier—. Lo devolverá». «¡No lo quiero después, lo quiero ahora!», gritó Nuria, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.

Entonces tocaron a la puerta: era María Dolores, radiante con las fotos de la boda de Lucía. Nuria, furiosa, estalló: «¿Sabía que su hijo pagó la boda de su hija?». «Claro—respondió la suegra con naturalidad—. ¿Quién si no su hermano la ayudaría?». «¡Increíble!—se ahogó Nuria—. Renunciamos a nuestra boda para no malgastar dinero, ¡y él se lo regala a ella! ¡Eres un traidor, Javier!». «¿Te alteras por un poco de dinero?», reprochó María Dolores, apartándola. «¡La mitad era mío!—gritó Nuria—. Devuélvemelo antes del viernes, ¡o iré a juicio!».

«¡Qué desagradecida!», dijo la suegra al marcharse Nuria. Pero ella no bromeaba: demandó el divorcio y reclamó su dinero. Ganó el caso, obligando a Javier a devolverle su parte.

Con el dinero recuperado, Nuria voló a Mallorca. Bajo el sol y el rumor del mar, conoció a un hombre que le devolvió la ilusión. Cuando regresó, ya no estaba sola. Y en su corazón, por fin, reinaban la calma y la esperanza.

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