El “regalo” de mi suegra que arruinó nuestra primera alegría
Alejandro y Lucía celebraron su boda por todo lo alto. La fiesta tuvo lugar en un restaurante, con sesenta invitados. Todo transcurría a la perfección: rostros felices, brindis animados y música que invitaba a bailar. Parecía que solo les esperaba felicidad por delante. Y entonces, en plena celebración, llegó el momento de los regalos.
Los primeros en acercarse fueron los padres de Alejandro. Isabel María, su madre, con aire solemne, tomó el micrófono y comenzó su discurso:
—Como nuestro hijo es un hombre, debe ser él quien sostenga a su familia. Pero hemos decidido ayudar y regalarles un piso. ¡Aquí están las llaves! ¡Vivan felices!
El estallido de aplausos llenó la sala. Todos quedaron impresionados por la generosidad de los padres del novio. Isabel María, con orgullo, entregó a su hijo un llavero con las llaves y una placa grabada con la dirección del nuevo hogar.
Alejandro cogió las llaves, miró el llavero y se quedó boquiabierto.
En teoría, todo parecía perfecto. Habían reunido el dinero para la boda, elegido el vestido, comprado el traje y reservado el restaurante. Los padres de ambos se llevaban bien, la suegra parecía una mujer encantadora y la madre de Lucía, modesta y bondadosa.
Pero la alegría por el regalo nupcial se desvaneció al descubrir un detalle: el piso que les habían dado estaba literalmente al lado del de los padres de Alejandro. Compartían un rellano y los balcones apenas los separaba una fina pared.
Isabel María brillaba de felicidad:
—En cuanto supe que los vecinos vendían su piso, no lo dudé. ¡Es lo más práctico! Cerca, pero con independencia. ¡Como una gran familia!
Lucía, al oír aquello, sintió un frío apretarle el corazón. La ilusión por la nueva casa se mezcló con inquietud.
Todo comenzó apenas regresaron del viaje de novios. Temprano por la mañana, su suegra entró sin llamar en su piso, llevando un plato de tortilla.
—¡Arriba, que el desayuno está listo! —anunció con entusiasmo, asomándose directamente al dormitorio.
—Mamá, estamos durmiendo, hoy no trabajamos. ¿Cómo has entrado?
—La puerta no estaba echada. Con el cerrojo del rellano es suficiente.
Alejandro, entre sueños, no entendía nada, pero Lucía sentía cómo crecía su rechazo. La suegra se convirtió en una visita constante e invasiva: entraba varias veces al día sin avisar, ni siquiera llamaba.
—¡La tortilla se enfría! —recordaba—. Os he traído cocido. ¿Vais a estar todo el día en la cama?
Lucía intentaba explicarle, educadamente, que podían valerse por sí mismos, pero Isabel María parecía no escuchar.
A la tercera visita de la mañana, Lucía perdió la paciencia: cerró la puerta tras ella y echó el cerrojo.
Desde el otro lado, su suegra protestó:
—¿Para qué ponéis el cerrojo? ¡Si somos familia!
Lucía pensó, irritada: «Ser familia no significa vivir sin límites».
Esa tarde, al regresar del supermercado, encontraron a Isabel María en su cocina.
—Solo revisaba lo que habéis comprado —dijo con tono práctico—. Este café no sirve. Y las galletas están secas…
Alejandro apretó los puños:
—Mamá, basta. Somos adultos y podemos ocuparnos de nosotros.
—¡Lo hago por vuestro bien! —exclamó ella, levantando las manos.
—Por favor, respeta nuestro espacio.
La suegra se marchó, pero prometió volver al día siguiente.
A la mañana siguiente, Lucía despertó con golpes en la puerta del balcón.
—¿Por qué os encerráis? ¡Si confío en vosotros! ¡Abrid!
Alejandro contuvo a duras penas su mal humor:
—Mamá, por favor, respeta nuestra casa. Necesitamos privacidad.
Pero Isabel María no lo entendía. Para ella, era cariño, no intromisión.
Pronto empezó a insistir:
—¡Venga, dame el dinero! Iremos juntos a compraros un coche. Yo me ocuparé de todo.
—Cambiamos de idea —respondió Alejandro con calma—. El dinero se ha ido en otra cosa.
—¿En qué? —preguntó su madre, alerta.
—En nuestra propia casa. Pronto nos mudamos.
—¿Cómo? ¿Y mi regalo?
—Gracias, mamá, pero no queremos vivir bajo tu supervisión.
Los ojos de Isabel María brillaron de indignación, pero Alejandro no cedió.
En realidad, su decisión se aceleró gracias a la ayuda de la madre de Lucía. Había recibido una herencia y la compartió generosamente con su hija, como un regalo adicional de boda.
Los jóvenes encontraron rápidamente un acogedor piso en otro barrio, contrataron una hipoteca y comenzaron a instalarse.
Alejandro y Lucía entendieron una cosa: ningún regalo, por valioso que fuera, valía su paz mental y libertad personal.
Y el día de la mudanza, cuando Isabel María se plantó en la puerta acusándolos de traición, Alejandro le dijo con serenidad:
—Te queremos, mamá. Pero queremos vivir nuestra vida. Sin visitas diarias. Sin control. Sin intromisiones.
Y se marcharon, dejando atrás aquel “piso regalado” y la vida donde su felicidad habría sido ahogada por un cariño asfixiante.







