Mi suegra quiere volver a visitarme, pero ya he dicho que no. Y no voy a cambiar de opinión.
Hace poco, mi marido empezó otra vez con la misma cantinela: su madre, según él, nos echaba mucho de menos y estaba deseando venir a vernos. Ahí fue cuando me planté. Le dije un “no” rotundo. Solo necesité una visita suya en los seis años que llevamos casados para jurarme que no la volvería a recibir jamás. Aquella vez apareció sin avisar, como un rayo en cielo despejado, y no vino sola, sino con su hermana. Entonces me contuve. Ahora no voy a hacerlo.
—Si quieres ver a tu madre, perfecto, llévate a nuestra hija y vete a visitarla. Si prefieres alquilarle un hotel, ni una palabra diré. Pero que no pise mi casa nunca más.
Pero resulta que mi suegra no quiere ni oír hablar de hoteles, y mucho menos de recibirla en su propia casa. No, ella insiste en venir a nuestro piso. Me pregunto: ¿por qué se empeña en entrar donde no es bienvenida?
Mi marido es de Andalucía. Nos conocimos en Madrid, en la universidad. Antes de casarnos, vivía en un piso compartido con amigos, pero después se mudó conmigo. El piso lo compraron mis padres hace diez años y está a mi nombre. Es mi hogar, y yo respondo por él.
Su madre no es precisamente pobre. Podría haberle ayudado a comprar una vivienda, pero en vez de eso no deja de repetir: «Y si os divorciáis, esa mujer astuta se quedará con todo. Mejor que vivan en su casa, es más seguro». Sin embargo, a su hermana, Laura, sí que la ayudó. Incluso siguió su consejo y se divorció de su marido de mentira para que su madre le pagara la hipoteca. Ahora Laura vive en Barcelona, en plena baja maternal, mientras su “ex” paga la hipoteca y la pensión. Todos están encantados.
Además, mi suegra una vez nos sugirió que hiciéramos lo mismo: divorciarnos… por si acaso. Le respondí con frialdad:
—Si nos divorciamos, será de verdad. Y en el acto. Recoge tus cosas y vive como quieras, solo.
Desde entonces, ese tema quedó zanjado. Nunca he ido a su casa porque no me apetecía. Pero hace tres años, al final vino. Dijo:
—Quiero ver a mi nieta al menos una vez. En las fotos no logro distinguir a quién se parece más.
Accedí. Pero nadie me avisó de que vendría con su hermana. Al parecer, querían hacer un verdadero interrogatorio comparativo sobre su aspecto. Su plan fracasó: mi hija es idéntica a su padre. Hasta ellas tuvieron que reconocerlo.
Les preparé la habitación, se instalaron, jugaron con la niña y recibieron sus regalos. Luego, nos sentamos a comer. Puse toda la carne en el asador: pollo al horno, croquetas caseras, tres ensaladas, tablas de embutidos y quesos, un pastel, fruta… Pero apenas nos sentamos, empezó.
—¿Y los empanadillas? —preguntó mi suegra con severidad.
—¿Os habéis quedado con hambre? —pregunté, sorprendida.
—No, solo lo pregunto…
Tras la cena, siguió la función:
—Mi—Mi hijo sabe perfectamente lo que me gusta, parece que no te lo ha dicho —comentó con un tono que me heló la sangre.





