La perdí para siempre, sin haberle pedido perdón
Las calles oscuras de Oviedo acompañaban a Alejandro camino a casa después de una larga jornada laboral. Caminaba absorto en sus pensamientos, pero una angustia le oprimía el corazón. Las ventanas de su piso en el cuarto piso estaban a oscuras. «¿Dónde estará esta vez?», cruzó por su mente. Al entrar, la soledad del hogar le golpeó como un mazazo. No había terminado de quitarse los zapatos cuando sonó el timbre. La vecina, con el rostro tenso, pronunció las palabras que le destrozaron el mundo: «A tu mujer, Lucía, se la ha llevado una ambulancia». Alejandro se quedó paralizado, negándose a creer lo que escuchaba. Su vida, llena de errores y oportunidades perdidas, se derrumbó en un instante, dejando solo dolor y remordimiento.
Ese pensamiento, como un rayo, le sacudió mientras aún estaba en la calle. Se detuvo, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies. «¿Cómo pude ser tan ciego?», reflexionó con amargura. Todo había estado tan claro, pero él no lo vio. En casa le esperaba Lucía, la mujer que una vez amó, pero a la que dejó de valorar hace tiempo. Imaginó su encuentro: ella, como siempre, le soltaría un frío «¿Has llegado?» y se marcharía a la cocina sin mirarle. «¿Vas a cenar?», preguntaría, sin un ápice de calidez en la voz.
Antes, Lucía cocinaba con pasión: horneaba tartas, coleccionaba recetas, preparaba conservas. Pero en los últimos años, todo cambió. Para los hijos, cuando visitaban, seguía esforzándose, pero para él, ni un gesto de cariño. Sus platos perdieron sabor, como si los hiciera por obligación. Cuando la paciencia se le agotaba, Alejandro freía patatas o cocinaba tortilla en silencio, sin reproches. Ella comía, pero nunca daba las gracias. Su indiferencia lo hería, pero él callaba para evitar peleas.
Hubo un tiempo en que Lucía era diferente. Su ternura, sus cuidados, sus abrazos cálidos le llenaban el alma. Podía abrazarle y quedarse quieta, como si le compartiera el calor de su corazón. Pero esos momentos quedaron atrás. Ahora, su cariño parecía mecánico, una obligación que detestaba. ¿Cuándo empezó? ¿Cuando él salía con los amigos mientras ella esperaba en casa? ¿O cuando no fue a buscarla al hospital tras el nacimiento de su hijo menor porque «estaba celebrando con los colegas»? Entonces pensó: «No es para tanto, ¡era una fiesta!», pero la mirada de dolor en sus ojos aún le quemaba la memoria.
Lucía se volvió distante. Callada, huidiza. Se molestaba por sus comentarios, se encerraba en la habitación como si le evitara. Alejandro se enfadaba: «¡Si solo dije la verdad! ¡Tengo derecho!». Pero su silencio era más doloroso que un grito. Cuando venían los hijos, ella revivía: cocinaba, reía, se movía con energía. Con él, solo frío. «¿A quién engaña?», pensaba él. La vida pasaba, y su matrimonio se convirtió en una cáscara vacía.
Alejandro dejó de salir. Trabajaba como ingeniero, ganaba bien, no miraba a otras mujeres. Pero a Lucía parecía darle igual. Ella ganaba igual o más, era independiente, audaz. ¿Por qué no se iba? ¿Por los hijos? Ya eran mayores. No la entendía. Alguna vez lo intentó, pero al final se resignó: «Si quiere vivir así, allá ella». Pero en lo más profundo, anhelaba una vida normal, una esposa que le recibiera con alegría y se despidiera con tristeza. Un amor que hacía tiempo había desaparecido.
Y ahora, esa idea: ella no lo amaba. Quizá nunca lo hizo. Alejandro recordó cómo se sorprendía de que una mujer tan inteligente y culta lo hubiera elegido a él. Tal vez solo era el momento, y él, alto y apuesto, fue una opción conveniente. «Sabía que los hijos saldrían guapos», pensó con amargura.
Entró en el piso oscuro, y el silencio le aturdió. «¿Dónde está?», la angustia crecía. Llamaron a la puerta. La vecina, evitando su mirada, murmuró:
—Alejandro, a Lucía se la llevó una ambulancia hace una hora…
Corrió por las calles, ahogándose en lágrimas. Por primera vez en su vida, rezó:
—Dios mío, ¡no te la lleves! ¿Cómo voy a vivir sin ella? ¡Por favor, sálvala! Si sobrevive, lo arreglaré todo, ¡te lo juro! Iré a la iglesia, a un monasterio… ¡Solo déjala con vida!
Pero no volvió a verla con vida. En el hospital le dijeron que su corazón se detuvo en la ambulancia. El mundo se le vino abajo. Días después, aún vivía como en una niebla. Los hijos, los amigos, la familia hablaban, pero él no escuchaba. En su mente solo resonaba: «No le pedí perdón».
Ahora Alejandro vive solo. Los hijos le insistieron en irse con ellos, pero se negó. Va a menudo a la iglesia cercana. Allí, entre el silencio y el aroma a incienso, siente que Lucía está cerca. Las paredes del templo, como vivas, comprenden su dolor. Mira los santos y susurra: «Perdóname por no haberte valorado». Pero no hay respuesta, solo el silencio, que ahora es su único compañero.





