Elena era una mujer soltera. No tuvo suerte en el amor. Pasó sus años de juventud sin encontrar pareja y, al cumplir los treinta, decidió que era hora de buscar un hombre en su vida.
Al principio, ignoraba que Pablo estuviera casado, pero él no tardó en confesárselo cuando vio que ella se había encariñado con él. Sin embargo, Elena nunca lo culpó. Al contrario, se reprochaba a sí misma por aquella relación y por su debilidad. Se sentía incompleta por no haber encontrado marido a tiempo, mientras los años pasaban. Aunque, si se miraba bien, no era fea: no una belleza, pero agradable de cara, con algún kilo de más que quizá la hacía parecer mayor. Aquel amor sin futuro la atormentaba. No quería seguir siendo la amante, pero tampoco podía dejar a Pablo. El miedo a quedarse sola la paralizaba.
Un día, su primo Javier apareció sin avisar. Estaba de paso por la ciudad por trabajo y quiso visitarla. Comieron en la cocina, charlando como en los viejos tiempos, riendo y recordando. Entre bromas, Elena le confesó su situación con Pablo. Se desahogó y hasta lloró un poco.
En eso, llamó a la puerta su vecina, pidiéndole opinión sobre unas compras. Elena salió unos veinte minutos. Justo entonces, sonó el timbre. Javier abrió, pensando que era ella, pues no había cerrado la puerta con llave. En el umbral estaba Pablo. El primo de Elena no necesitó presentaciones para adivinar quién era. Pablo se quedó helado al ver a un hombre alto, en chándal y comiendo un bocadillo de chorizo.
—¿Está Elena? —fue lo único que atinó a decir.
—Está en el baño —improvisó Javier.
—Perdone, ¿y usted quién es? —insistió Pablo, desconcertado.
—Su marido. De momento, de hecho. ¿Y usted qué quiere? —Javier se acercó y lo agarró por el cuello de la camisa—. ¿Serás el casquivano del que me ha hablado? Escúchame bien: si te vuelvo a ver aquí, te bajo las escaleras a patadas, ¿entendido?
Pablo se liberó de su agarre y salió corriendo escaleras abajo.
Cuando Elena regresó, Javier le contó lo ocurrido.
—¿Qué has hecho? ¡Nadie te pidió que intervinieras! —lloró ella—. Ya no volverá.
—Claro que no, y mejor así. Deja de lamentarte. Tengo un hombre estupendo para ti. Viudo, de nuestro pueblo. Desde que enviudó, las mujeres no le dejan en paz, pero él las rechaza. Creo que aún quiere estar solo. Mira: cuando termine mi viaje, vuelvo por ti. Prepárate. Iremos al pueblo y os presentaré.
—¿Qué dices? —se sorprendió Elena—. No, Javier, no puedo. No lo conozco. Sería una vergüenza.
—Vergüenza es acostarte con un hombre casado, no conocer a uno libre. Nadie te obliga a nada. Vamos, que es el cumpleaños de Lucía.
A los pocos días, estaban en el pueblo. La mujer de Javier, Lucía, preparó una mesa en el jardín, junto a la barbacoa. Entre los invitados estaba Alejandro, el viudo.
Tras la reunión, Elena volvió a la ciudad. Pensó que Alejandro era callado y reservado. “Debe de estar dolido por su esposa. Pobrecillo. Hombres así ya no quedan”, reflexionó.
Una semana después, llamaron a su puerta. No esperaba a nadie. Al abrir, se sorprendió: era Alejandro, con una bolsa en la mano.
—Perdone, Elena. Estaba de paso, haciendo compras. Como ya nos conocemos, pensé en visitarla —dijo, nervioso.
Ella lo invitó a pasar. Le ofreció té y hablaron del tiempo y de los precios del mercado. Cuando terminaron, Alejandro se levantó para irse. En la entrada, se puso la chaqueta con parsimonia. Antes de salir, se volvió de repente.
—Si me voy sin decírselo, no me lo perdonaré. Elena, he pensado en usted toda la semana. Me ha conquistado. Por eso vine. El teléfono me lo dio Javier…
Elena enrojeció.
—Nos conocemos tan poco…
—Eso no importa. Lo importante es que no le desagrado… ¿Podemos tutearnos? Sé que no soy ningún premio. Además, tengo una hija pequeña, de ocho años.
—Una hija es una bendición —susurró Elena—. Siempre quise ser madre.
Alejandro, animado, la tomó de las manos y la besó. Al separarse, vio lágrimas en sus ojos.
—¿Te he disgustado?
—No. Al contrario. Es dulce… y honesto. No le estoy robando a nadie.
Desde entonces, se veían todos los fines de semana. Dos meses después, se casaron y se fueron a vivir al pueblo. Elena empezó a trabajar en una guardería. Al año, nació su hija. Las dos niñas crecieron juntas, igual de queridas. Y Alejandro y Elena, con el tiempo, se rejuvenecieron de felicidad, como un buen vino añejo.
En las reuniones familiares, Javier le guiñaba el ojo a su prima:
—¿Qué, Elena? ¿Te va bien el marido que te conseguí? Cada día más guapa. Ya ves, a tu primo hay que hacerle caso.
La vida les enseñó que el amor verdadero llega cuando menos se espera, y que la honestidad siempre trae paz al corazón.





