Directa y Sin Rodeos: La Verdadera Cara de una Colega

**Diario de un hombre**

Irene siempre fue dura en el trato. Sus compañeros la conocían por decir las verdades sin tapujos, sin importar si alguien quería escucharlas o no.

Por ejemplo, Marta pasó toda la mañana coqueteando con el nuevo administrativo mientras despachaba pedidos a toda prisa. Volaba por la oficina como si no hubiera mañana. Hasta que Irene le soltó: *”Oye, ¿sabes que su mujer está en el hospital de parto?”* Y así, de golpe, se acabó el flirteo.

O Sara, que llevaba meses intentando dejar de fumar. Parches, caramelos, hasta un cigarrillo electrónico que usaba cada media hora. Hasta que Irene arrojó la bomba: *”¿Te has fijado en la composición de ese ‘milagro’? Nadie la conoce. Qué raro, ¿no?”*

Todos evitaban a Irene. Nadie quería caer en su lengua afilada. Y a ella le daba igual. La verdad era la verdad, pero… ¿a quién le importaba realmente?

Cuando se fue de prácticas a otro país, todos respiraron aliviados. Fumaban a escondidas, coqueteaban con clientes, organizaban fiestas los viernes y se besaban en los rincones oscuros de la oficina. Casados, solteros… Da igual.

Irene volvió tres semanas después. Siempre impecable—vestido formal, tacones, perfume intenso y maquillaje perfecto—, pero esta vez apareció en vaqueros gastados y un jersey enorme, dos tallas más grande. Sin maquillaje, el pelo recogido en un moño y gafas de sol que no se quitó hasta encerrarse en su despacho. En lugar de su perfume habitual, un ligero aroma a *Truth* de Calvin Klein.

Lo más sorprendente: no regañó a la secretaria por no tener listos los documentos. No reprendió al administrativo por hablar con su mujer por teléfono. Pasó de largo ante las cajas de papeles donde rebuscaba el abogado. Todo quedó sin comentarios.

*”No superó las prácticas”*, sentenció el abogado.
*”Está enferma”*, sugirió la secretaria.
*”¡Se ha enamorado!”*, soltó Marta, riendo.

*”¿Y por eso lleva un jersey enorme?”*, se burló la traductora.
*”Da igual, en una hora hay reunión. Mejor prepararse en lugar de cotillear.”*

Pero una hora después, Irene no apareció. Todos esperaban, nerviosos. Hasta que el administrativo, junto a la ventana, exclamó: *”¡Mirad, ahí está!”*

Al otro lado de la calle, en una cafetería, estaba Irene. Pero no era la misma. No por el moño despeinado o la falta de maquillaje, sino porque, frente a ella, un hombre le hablaba y ella… *reía*. **Irene. Reía.**

Todos se pegaron al cristal, incrédulos. La misma Irene cortante, irritada, ahora parecía otra persona.

*—La verdad es que no encontré la blusa esta mañana—*, le dijo Irene a Sergio, sonriendo. *—Por eso me puse tu jersey.*
*—A mí me gustas más sin ropa—*, respondió él.
Ella enrojeció y le dio un suave golpe en el hombro. *—Cállate.*
*—No puedo—*, se inclinó hacia ella. *—Hay que terminar el trabajo e irnos a mi casa. O a la tuya. Me da igual. Desde que nos conocimos en el aeropuerto, todo cambió.*
*—Cierto—*, admitió ella.
*—Por cierto—*, susurró él, *—llevas el jersey al revés.*
*—¡Mierda!*
*—Entonces sí o sí vamos a mi casa para quitártelo—*.
Ella rio, sacó el móvil y marcó un número. En la sala de reuniones, sonó el teléfono de recepción.

*”¡Buenos días! ¿Irene Martín? Ah… Sí. La esperan para la reunión. ¿Cómo? ¿Que no vendrá? ¿Está enferma? ¡Vaya! Pues… que se mejore.”*

La secretaria entró corriendo: *”¡Nuestra Irene está enferma!”*
*—Ya lo vemos—*, dijo el administrativo. Todos contemplaban cómo Irene, perfectamente sana, subía al coche de un desconocido. *—Desaparecerá unos días. Y mejor no llamarla.*
*—¿Por qué?—*, preguntó la secretaria.
Marta sonrió: *—¿Nunca has ido a trabajar con la ropa del revés y gafas de sol para ocultar que pasaste una noche increíble? Cuando te da igual el maquillaje porque tu mente sigue junto al hombre que te volvió loca.*

La secretaria procesó la información. Los demás también. Marta, con aire de suficiencia, se encogió de hombros y salió.

*”Enferma”, “No superó las prácticas”. Yo dije que se enamoró. Y ahora nuestra Irene es otra.*
*—¿Por cuánto tiempo?—*, gruñó el administrativo.
Marta lo miró con sorna: *—Eso ya depende de vosotros, hombres.* Y se marchó.

**Lección aprendida:** La verdad duele, pero el amor… ese sí que transforma. A veces, hasta a los más duros.

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