**El Tesoro en el Huerto: Un Drama Familiar en Pinos del Valle**
Carmen Fernández acababa de limpiar la casa. Era hora de poner la mesa. Ayer había preparado una sopa de verduras que daba gloria. De repente, un grito agudo llegó desde el patio. Casi se le cae el cucharón de las manos, el corazón le dio un vuelco del susto.
—¡Abuela! ¡Abuelo! ¡Miren lo que encontré, vengan rápido! —gritaba su nieto Adrián.
Carmen y su marido, Antonio López, salieron apresurados al jardín.
—Mira, abuelo —Adrián mostraba algo en su mano, radiante de emoción.
Pero a Carmen le llamó más la atención otra cosa.
—Adrián, ¿cuándo has tenido tiempo de cavar el huerto? —exclamó al ver la tierra removida con esmero.
—Me esforcé —respondió el niño con orgullo—. Pero miren esto, ¡es increíble!
Antonio miró el objeto que su nieto sostenía y se quedó mudo, sin dar crédito a sus ojos.
*Esa misma mañana*, Carmen había hablado por teléfono con su hija. Al colgar, le gritó a su marido:
—¡Antonio, nos traen al niño!
Antonio, que estaba jugando al solitario en el ordenador, levantó la vista sorprendido.
—¿Qué niño?
Tenían tres nietos. El mayor, Javier, ya tenía veinte años y acababa de terminar un ciclo formativo. Su nieta Lucía acababa de terminar el instituto y se preparaba para entrar en Psicología. Sus padres no paraban de presumir de ella, siempre centrada en los estudios. Desde luego, ella no vendría.
—¡Venga ya, Antonio, como si no supieras! —se quejó Carmen—. ¿Quién es el vago de la familia? A los mayores los criamos bien, cuando teníamos energía. ¡Pero el pequeño, Adrián, es un desastre! Acabó quinto de primaria con tres suspensos, ¡qué vergüenza! Y tú, en vez de ayudar, jugando a las cartas. ¡Vaya abuelo estás hecho!
—Cada uno es dueño de su suerte —refunfuñó Antonio, repitiendo su frase favorita.
—Eso está muy bien, pero no basta. Cuando venga, veremos qué tal se las apaña —dijo Carmen con determinación.
—No deberías haber aceptado —masculló el abuelo—. Es un niño mimado y revoltoso. El pequeño, ya sabes, lo consienten todo. ¿Qué va a hacer aquí? ¿Mirar el móvil mientras tú le cocinas? A su edad, tienen un hambre que no veas.
Antonio cerró el ordenador con cara de resignación.
—Voy a cavar el huerto, eso es lo que haré.
—¡Ay, sí, el huerto! —se rio Carmen—. Tres trozos de tierra para plantar hierbas y zanahorias. Y encima dices “mi huerto”. ¡El nieto es de los dos y las preocupaciones también!
—¡No he olvidado nada! —se enfurruñó Antonio—. Eres tú la que no recuerda cómo eras a su edad. Ni sus padres pueden con él, ¿y nosotros vamos a lograrlo?
—Por cierto, le han quitado el móvil —añadió Carmen.
—Eso ya es el colmo —se lamentó el abuelo, y salió al patio.
Carmen se puso a preparar la comida. De pronto, la puerta se abrió de golpe: era Antonio.
—¿Qué haces aquí tan pronto? —preguntó ella, echando las verduras al caldo.
—¡Está lloviendo a mares, Carmen! ¡Mira por la ventana! —Antonio parecía aliviado de no tener que cavar bajo la lluvia—. Ya compraremos todo en la tienda.
—Como decía tu madre: “Lluviecita, pereza bendita” —sonrió Carmen.
—¿Quién es el perezoso aquí? —protestó Antonio—. ¿Me estás llamando vago? ¡Vaya ocurrencia, Carmen!
—Anda, deja de quejarte. Ve a buscar una manta y una almohada de la trastero, que el niño llegará pronto.
—Mejor estaría en casa con sus padres —siguió refunfuñando Antonio toda la tarde—. ¡Nos han endilgado una prueba a nuestra edad! ¡Nosotros ya hemos cumplido!
A la mañana siguiente, un coche aparcó frente a su casa en Pinos del Valle. De él bajó Adrián, con cara de pocos amigos. Aunque saludó con una sonrisa a sus abuelos, enseguida frunció el ceño:
—¿Y qué voy a hacer aquí?
—Exacto, no hay nada que hacer, estoy de acuerdo —murmuró Antonio para sus adentros.
Pero Adrián lo oyó:
—¿No te alegras de verme, abuelo?
—¿De qué voy a alegrarme? Tienes cara de vinagre, no sirves para nada, solo das problemas.
—Mamá, ¿has oído lo que ha dicho el abuelo? —se giró Adrián, pero su madre, Laura, lo cortó:
—Papá, mamá, no le hagan caso, siempre está gruñendo, es la edad. Bueno, me voy, luego vuelvo a por Adrián y charlamos. Mamá, aquí está su móvil, por si acaso. Y no te agobies, hay que repetirles las cosas mil veces. Todos los críos son así ahora —susurró antes de marcharse.
—No le importamos a nadie —refunfuñó Antonio—. Nos ha soltado al chaval y se ha largado.
—Siempre están igual, nunca tienen tiempo —suspiró Adrián, echándose la mochila al hombro antes de entrar en la casa.
—Antonio, ¿podrías cavar el huerto hoy? —pidió Carmen—. Si no, no plantaré nada.
—Carmen, ¡déjate ya del huerto! Me duele la espalda, ¿quieres que acabe en cama? No vas a encontrar otro tesoro ahí. Mejor pídeselo al niño, ¡él tiene fuerza de sobra! —gruñó Antonio.
—¿Qué tesoro, abuelo? —Adrián asomó la cabeza al instante.
—¿Ahora sí oyes? —se sorprendió la abuela—. Bueno, una vez tu abuelo cavó y encontró un cofre antiguo.
—¿Y qué había dentro?
—¿Te interesa? Luego te lo enseño.
—Abuela, ¿dónde está el huerto? Total, no tengo nada mejor que hacer —propuso Adrián de repente.
—Ve, la pala está en el trastero. Hay tres bancales detrás de la casa, cava el que quieras —asintió Carmen.
Adrián salió como un rayo.
—Se ha ido a buscar un tesoro —sonrió ella—. ¿Le escondemos algo?
—¡No tengo tiempo para tonterías! Dará dos golpes y lo dejará, es un vago —se encogió de hombros Antonio.
—Claro, como quien lo dice —Carmen movió la cabeza.
Adrián estuvo más de una hora en el huerto. Antonio, ofendido por haber sido tachado de perezoso, se fue al trastero a ordenar herramientas. Carmen terminó de limpiar y empezó a cocinar. La sopa del día anterior olía tan bien que se le hacía la boca agua.
Entonces llamó Laura:
—Mamá, se me olvidó decirte que Adrián se ha vuelvo muy quisquilloso. No come sopas, solo quiere pizza y bocadillos. Les traje alimentos, no se compliquen.
—No te preocupes, Laura, ya nos arreglaremos —la tranquilizó Carmen.
Apenas colgó cuando un grito llegó del patio:
—¡Abuela! ¡Abuelo! ¡Miren lo que encontré, corran!
“¿Habrá escondido algo Antonio?”, pensó Carmen. Pero al ver su cara de sorpresa, supo que no. Salieron corriendo.
—¡Abuelo, mira! —Adrián sostenía algo en la mano, los ojos brillantes.
Pero CarmenCarmen se quedó boquiabierta al ver que su nieto no solo había cavado todo el huerto, sino que además sostenía en su mano una vieja moneda de peseta que brillaba bajo el sol.







