**«Por un pollo eché a mi marido. Y no me arrepiento ni un poquito»**
Ese día, Marta estaba agotada. Toda la mañana limpiando, lavando, recogiendo juguetes y fregando el suelo. Por fin, abrió el horno: el pollo asado con patatas se doraba, llenando la cocina de un aroma que daba vueltas a la cabeza.
—Unos diez minutos más —murmuró, poniendo el temporizador y apresurándose al baño. Con ese tiempo, limpiaría los azulejos. Todo iba sobre ruedas. Hasta que la puerta de entrada se abrió de golpe.
—Seguro que son los niños —pensó Marta, pero en el umbral apareció no su hijo ni su hija, sino su marido, Javier, que por la mañana había dicho que iría «al taller».
—¡Qué bien huele! —frotándose las manos, sonrió—. ¡Me encanta tu pollo!
—Llama a los niños, que vengan a cenar —gritó Marta, volviendo al fregadero.
Un minuto después, pies descalzos corrían por el piso, alguien tiró las zapatillas y las risas se oían a gritos. Marta escuchó una discusión y salió sin esperar al temporizador.
—¿Qué pasa? —preguntó, con los guantes de goma aún puestos.
—¡Yo quiero la pata! —chilló Lucía, de diez años.
—¡Yo también! —gritó al unísono Pablo, de ocho.
—Pero si hay dos —dijo Marta, abriendo las manos.
—¡No! ¡Solo queda una! —Lucía dio una patada al suelo.
Marta se acercó a la mesa. Era verdad: la mitad del pollo había desaparecido. Solo quedaban pechugas y un trozo de patata.
—¿Y vuestro padre?
—Se fue. Se llevó la mitad del pollo y se marchó —refunfuñó su hijo.
Marta agarró el teléfono, llamó a Javier, pero no contestó. Cogió las llaves y salió disparada. La rabia le hervía por dentro: ¡otra vez! Se había llevado lo mejor. Solo que ahora, no para él, sino para sus colegas. Ya no era solo egoísmo, era traición a su propia familia.
Detrás del edificio, junto al parque infantil, Javier estaba sentado en un banco con sus amigos. En la mano, una cerveza; en las rodillas, el pollo. Se reían, comían y se chupaban los dedos.
—¿No te parece demasiado? —Marta se plantó frente a ellos, los ojos echando chispas.
—Vete a casa, luego hablamos —espetó Javier, mirando de reojo a los «colegas».
—No, hablamos ahora. ¡Te llevaste la comida que preparé para mis hijos! ¿No te da vergüenza? ¿No basta con que siempre te guardes lo mejor? ¿Ahora también alimentas a tus amigos con lo que no es tuyo?
—Márchate, antes de que me enfade —replicó él, agarrándola del brazo.
—¡¿Qué haces?! —Marta se soltó bruscamente—. No eres solo un egoísta, eres un ladrón, Javier. Un ladrón que roba la comida de sus hijos para dar de comer a borrachos.
—Deja el drama, Marta —respondió él, furioso, humillado delante de sus amigos—. Ha sido solo esta vez.
—¿Una vez? ¿Y la fruta? ¿Y el jamón que mi madre nos trajo, que te lo zampaste en un día? ¿O las chuletas, cuando dejaste a los niños las sobras quemadas y te llevaste los mejores trozos?
Marta dio media vuelta y se marchó.
Esa noche, cuando él volvió, ella estaba junto a la ventana.
—Deberías haberte visto —se rio Javier—. «El divorcio por un pollo». Podrías salir en un programa del corazón.
—Pido el divorcio —respondió Marta, fría—. Ni siquiera ahora lo entiendes. No es por el pollo. Es por tu mezquindad, tu avaricia y porque no piensas en nadie más que en ti.
—¿Adónde voy a ir? —bufó él—. Ni siquiera das risa.
—A casa de tu madre. La misma que te enseñó que lo mejor es para ti. Que ahora comparta contigo.
Javier se fue, creyendo que Marta bromeaba. Pero al día siguiente, ella presentó los papeles. Él se quedó en casa de su madre.
Dos semanas después, sonó el teléfono.
—Tenías razón —susurró su exsuegra—. Aquí también se lo come todo. Compro bombones, me como uno, y él se zampa el resto. Pensé que exagerabas. Pero hasta se sirvió la última taza de agua caliente sin preguntar.
—¿Quiere que lo recoja? —preguntó Marta, sorprendida.
—No… solo… quería quejarme, supongo —resopló la suegra.
—Pues entonces, suerte. Yo ya terminé mi vida con ese devorador de todo. Y, sabes… por fin respiro tranquila.






