Expulsé a la madre de mi esposo de casa, y no me arrepiento.

Oye, te voy a contar algo que me pasó y que aún me duele, pero no me arrepiento ni un poquito. Me llamo Lucía, tengo treinta años y vivo en Valencia.

Hace seis meses di a luz a gemelos, unos bebés preciosos, deseados y esperados por mucho tiempo. A la niña la llamamos Nuria y al niño, Javier. Fueron un milagro para mi marido y para mí. Tardamos años en conseguirlo, pasamos por tratamientos, y cuando en la ecografía nos dijeron: “Van a ser dos”, lloré de felicidad.

Pero, por desgracia, no todos compartían nuestra alegría. Desde el principio, la suegra —María Luisa— fue como una espina clavada. Con toda su experiencia, siendo la madre de mi marido y abuela de mis hijos… Pero lo que hizo no se puede llamar otra cosa que absurdo.

—En nuestra familia nunca hubo gemelos— decía con sospecha—. Y fíjate en la niña, no se parece en nada a nuestro Pedro. Además, siempre nacieron varones.

La primera vez me callé. La segunda, apreté los dientes. A la tercera, le dije que quizá la vida quiso darle variedad a su línea masculina. Pero luego vino lo peor.

Un día, preparándonos para salir, yo vestía a Nuria y ella a Javier. Con cara de vinagre, me dijo, como si hablara del tiempo:

—Mira… Javier no tiene ahí abajo lo mismo que Pedro de pequeño. Es muy diferente. Raro…

Me quedé helada. Por segundos, no creía que una mujer adulta dijera eso. Me entró una risa nerviosa. Agarré el pañal y, sin poder creerlo, le solté:

—Ah, claro, porque Pedro de bebé debía tenerlo todo como una niña.

Después de eso, por primera vez en mi vida, la mandé a recoger sus cosas con toda la calma del mundo. Y le dije:

—Hasta que no traigas un test de ADN que demuestre que estos niños son de tu hijo, no vuelvas.

No me importaba dónde lo haría, con qué dinero o quién le daría acceso al material genético. Ya era el colmo. La gota que colmó el vaso.

Por cierto, mi marido me apoyó. Él también estaba harto de las quejas de su madre, de su veneno, de los rumores y las sospechas. Sabía que los niños eran suyos. Los esperó con la misma ilusión que yo. Y también se sintió ofendido.

No me remuerde la conciencia ni un segundo. No la eché a la calle por capricho. Defendí a mi familia, mi maternidad y a mis hijos. Una mujer que insinúa infidelidades, mira dentro de los pañales de los bebés y comenta en voz alta “a quién se parecen” no tiene cabida en mi casa.

Habrá quien diga que es cruel, que no se puede tratar así a los mayores, que es la abuela. Pero dime sinceramente: ¿de verdad merece ese título si desde el primer día cuestiona la paternidad y envenena la familia?

Yo quiero paz, tranquilidad y amor en mi hogar. Prefiero que mis hijos crezcan sin esa “abuela” a tener a alguien que cada mañana sirve dudas en vez de leche.

Así que sí, eché a mi suegra de casa. Y no me da ni pizca de vergüenza.

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Expulsé a la madre de mi esposo de casa, y no me arrepiento.