«Madre finge enfermedad para descubrir el amor verdadero de sus hijos: el resultado es inesperado»

La mañana sonó el teléfono y Carmen apenas recordaba si estaba en la cama o aún soñando. En la pantalla aparecía el nombre: «mamá». El sueño se desvaneció al instante. La voz de su madre sonaba animada, casi alegre:

—¿Durmiendo, holgazana? Yo ya metí los rosquillos al horno. Mañana venid los dos, tú y Javier. Hay que hablar. No, no es por la huerta. ¡Por el testamento! No quiero que os peleéis el día de mi entierro por la casa y los cuartos. ¡Los dos, sin excusas!

Carmen se quedó inmóvil. ¿Testamento? ¿Entierro? ¿Qué estaba pasando? Pero su madre hablaba con tal firmeza que discutir no tenía sentido.

Mientras tanto, Isabel Martínez, madre de Carmen y Javier, se sentaba a la mesa, ajustándose un chal de lana. A su lado, la vecina Loli la miraba con inquietud:

—Isabel, ¿estás enferma? ¿De dónde vienen estos comentarios tan negros? Me asustas…

—No temas, Loli— susurró Isabel—. Solo quiero ver a mis hijos. Hace un año que no los veo. Van cada uno por su lado, como extraños. Y si mañana me pasa algo, ¿quién les dirá las cosas? Además, quiero ponerlos a prueba. Ver cómo se portan de verdad conmigo.

Tras cerrar la puerta a la vecina, Isabel se retiró a descansar. Al día siguiente sería un día decisivo.

La mañana amaneció nublada, como si el cielo se ajustase a su plan. Arregló la casa, se vistió con una bata vieja, se lavó la cara y se sentó en su sillón esperando. Una hora después, llamaron a la puerta.

La primera en entrar fue Carmen, sofocada y alterada:

—¡Mamá! ¿Qué pasa? ¿Estás enferma? ¿Qué es eso del testamento?

Detrás, más sereno, entró Javier.

—Nos has asustado, madre. ¿Tan mal estás? ¿O es demasiado pronto?

—Sentaos a la mesa, hijos— dijo Isabel con calma—. Y llamad también a vuestras parejas. Marta, Pablo, pasad, no os quedéis ahí.

Cuando todos estuvieron sentados, ella habló.

—Escuchad sin interrumpir. Es importante. La vejez no es alegría, y yo vivo sola. Las enfermedades no preguntan cuándo llegar. Por eso quiero hablar ahora, mientras puedo. Pero antes, algo de ayuda en casa. ¿Quién, sino la familia, puede ayudar a una anciana? Leña que cortar, comida que hacer…

Carmen y Marta asintieron y se pusieron manos a la obra. Isabel observaba en silencio: la masa se pegaba a los dedos, las patatas se cortaban demasiado gruesas, las cazuelas resonaban. “Ciudadanos inútiles”, pensó con tristeza, pero no los reprendió. No era eso lo que importaba.

Tras la comida, pidió a Pablo y Marta que salieran. Se quedó sola con sus hijos.

—Ahora, escuchad bien. La casa donde os crié, la dejo a Loli, la vecina. Ella está aquí, me ayuda. Javier, a ti te dejo el cobertizo, las herramientas, lo del campo. Haz con ello lo que quieras. Y a ti, Carmen, te dejo mis ahorros. Llevo años guardando la pensión, casi sin gastar.

Un silencio pesado llenó la habitación.

—¿La casa… para una extraña?— dijo al fin Javier—. ¿En serio?

—¿Por qué no? Un año sin venir. Loli está aquí cada día. Tú, Javier, no me invitaste a tu boda, ¿verdad? ¿Vergüenza de tener una madre de pueblo? Y tú, Carmen, desde que volviste a casarte con Pablo, apenas te he visto. ¿O no te enfadaste cuando te dije que Toni no era para ti? Y tenía razón…

—Mamá, por favor…— susurró Carmen.

—No estoy bien. Voy a descansar— respiró cansada Isabel, cerrando tras ella la puerta del dormitorio.

Afuera comenzó la discusión.

—¡Esto es culpa tuya!— masculló Javier—. Podrías haber venido más. ¡Ahora la casa es de Loli!

—¡Claro, como siempre! Yo trabajo de sol a sol. ¿Y tú con Marta qué haces? Ella podría venir a verla, no hace nada.

Gritaban, se interrumpían. Isabel los escuchaba desde su sillón, mirando por la ventana. Sus ojos se llenaban de lágrimas. ¿Dónde estaban aquellos niños que corrían descalzos por el patio en verano? ¿Dónde quedó su bondad, su cuidado mutuo?

Cuando volvieron, ella ya no estaba acostada, sino erguida, serena, aunque con los ojos brillantes.

—Mamá, ¿qué tal? ¿Sigues mal?— preguntó Javier.

—Mejor— respondió ella, secamente—. Todo está claro. No soy necesaria. ¿El testamento? Ya llegará. Cuando vosotros decidáis… si esta casa es para quererla o para repartirla.

En el desayuno reinaba el silencio. Solo el crujir de las sillas y el tintineo de las cucharás. Carmen fue la primera en hablar:

—Perdónanos, mamá… Teníamos razón. Vendré más, en serio. Somos familia…

Isabel asintió. Un silencio cálido se extendió sobre la mesa.

Desde entonces, mucho cambió… y nada. Javier casi no aparecía, pero enviaba dinero de forma fiel. Carmen venía más seguido: sopa, mermelada, ayuda en la huerta. Pero del testamento, nadie volvió a preguntar.

Y nadie supo que ya llevaba tiempo guardado en el cajón de abajo, firmado y sellado. Todo estaba repartido a partes iguales. Porque Isabel seguía queriendo a sus hijos. Aunque ellos, a veces, lo olvidaran.

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