«Mi esposo se transformó tras la enfermedad: Él enloqueció, yo escapé»

Mi marido se convirtió en otra persona después de su enfermedad. Se volvió loco, y yo… me fui.

Hace un año, me habría reído si alguien me hubiera dicho que dejaría a Antonio. A mi marido, con quien llevaba doce años casada, a quien adoraba. A ese hombre del que todas mis amigas decían: *«Tienes una suerte increíble»*. Y era verdad: para mí lo era todo. Cariñoso, fiable, amable, un padre atento. Vivíamos como en un cuento. Ahora estoy en casa de mi hermana en las afueras de Madrid, con mis dos hijos y la certeza de que fue la única manera de sobrevivir.

Cuando nos casamos, todo fue normal: empezamos con poco, compramos un piso pequeño, luego Antonio lo vendió y sacamos una hipoteca para uno más grande. Lo reformamos, compramos muebles, vivíamos cómodamente. Dos niños, de nueve y cuatro años. Yo trabajaba en una escuela de arte infantil, daba talleres, no por dinero, sino porque me encantaba. Antonio traía el sueldo a casa, era el alma de la familia. Viajábamos, hacíamos fiestas para los niños, éramos felices de verdad.

Pero todo cambió en un instante.

Un día me llamaron de su trabajo: Antonio se había desmayado en la oficina. Ambulancia, hospital, pruebas… Diagnóstico: un tumor cerebral benigno. Pero avanzado, grande, mal vigilado. Los médicos no pudieron operarlo sin riesgos y tuvieron que hacer una neurocirugía complicada.

Sobrevivió. Los médicos dijeron que tuvo suerte. Pero mi Antonio desapareció. Después de la operación, era otro. La cara torcida por el daño nervioso, el oído afectado… Pero lo peor fue lo que cambió por dentro. Volvió a casa y empezó el infierno.

Dejó el trabajo. Solo dijo:

*«Ya he trabajado bastante. Ahora tú nos mantienes»*.

Acepté otro empleo. Me agotaba hasta caer rendida. Y él… él pasaba el día en el sofá, con el móvil, viendo la tele. Ni una ayuda, ni un gesto. Solo reproches. Y gritos. Muchos gritos.

Estallaba con todos: conmigo, con los niños. Incluso con el pequeño, de cuatro años. Nos culpaba de su enfermedad. Decía que lo habíamos *«destrozado»*, que por nuestra culpa se había *«roto»*.

Luego vinieron las rarezas. Veía programas sobre el fin del mundo durante horas, se preparaba para *«grandes catástrofes»*, compraba sal, cerillas y latas de conservas. Se negaba a tomar las pastillas, a ir al médico. Yo le suplicaba y él gritaba que quería *«encerrarlo en un manicomio»*, que tenía *«amantes»* y que *«todo Madrid lloraba por mí»*.

Vivía como en una pesadilla. La casa era un campo de batalla, los niños temían a su propio padre. No podía dejarlos ahí. Y me fui. Los llevé a casa de mi hermana.

El divorcio era inevitable. Ya no podía vivir con ese hombre. No por estar enfermo, sino porque se negó a tratarse, a luchar, a ser padre, persona, lo que fuera.

Ahora su familia dice que soy una egoísta. Que lo abandoné cuando más me *«necesitaba»*. Que viví a su costa y escapé cuando se puso feo. Duele oírlo. Porque nadie estuvo ahí cuando no dormía de cansancio. Nadie vio cómo me temblaban las manos al oírlo gritarles a los niños. Nadie me ayudó con dos trabajos a cuestas.

No lo habría dejado si hubiera ido al psiquiatra. Si hubiera aceptado ayuda. Si hubiera seguido siendo él. Pero no podía someter a los niños a ese miedo y toxicidad. Mi deber era protegerlos.

A veces recuerdo al Antonio de antes. Con su sonrisa, su paciencia, su mirada tierna. Y el corazón se me parte. Pero miro a mis hijos y sé que hice lo correcto. Los salvé. Y a mí misma. Aunque el precio fuera un matrimonio roto y el corazón hecho añicos.

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