**Diario de Luisa Fernández**
Esta mañana, el timbre del teléfono me arrancó del sueño. La pantalla mostraba «Mamá». Su voz era animada, casi alegre:
—¿Sigues durmiendo, dormilona? Yo ya tengo las magdalenas en el horno. Mañana venís los dos, Lucía y Javier, a casa. Hay que hablar… No, no es del huerto. ¡Del testamento! No quiero que cuando yo ya no esté os peleéis por la casa o por los ahorros. Venid sin excusas.
Me quedé helada. ¿Testamento? ¿Fallecer? Pero su tono no admitía discusión.
Mientras, en su casa en Valladolid, mi madre, Carmen Álvarez, se ajustaba el chal de lana. Su vecina Mari Carmen la miraba con preocupación:
—¿Estás enferma, Carmen? ¿Por qué hablas así? Me asustas…
—Tranquila, cariño. Solo quiero ver a mis hijos. Hace un año que no los tengo cerca. Cada uno a lo suyo. Si mañana me pasa algo, ¿quién les explica las cosas? Además… quiero ver cómo se portan.
Con esas palabras, cerró la puerta y se preparó para el día siguiente.
Amaneció gris, como si el tiempo supiera de su plan. Ordenó la casa, se puso una bata vieja y esperó. Una hora después, llamaron a la puerta.
Entré yo, Lucía, sofocada y agitada:
—¡Mamá! ¿Qué pasa? ¿Estás mala? ¿Eso del testamento?
Detrás, más sereno, llegó Javier.
—Nos has asustado, madre. ¿Tan mal estás?
—Sentaros, hijos. Y llamad a vuestras parejas. Pablo, Sara, pasad.
Cuando todos estuvieron en la mesa, habló:
—Escuchad sin interrumpir. La vejez no perdona, y vivo sola. Las enfermedades no avisan. Por eso quiero hablar ahora. Pero antes, ayuda en casa: leña para cortar, la comida…
Sara y yo asentimos y nos pusimos a ello. Carmen observaba en silencio: la masa se pegaba a nuestros dedos, cortábamos las patatas demasiado gruesas. «Ciudadanas inútiles», pensaría, pero no dijo nada.
Al terminar, pidió a Pablo y Sara que salieran. Con Javier y mí solos, continuó:
—La casa se la dejo a Mari Carmen. Ella siempre está aquí. Javier, para ti el cobertizo y las herramientas. Lucía, mis ahorros en euros. Llevo años guardando la pensión.
El silencio fue denso.
—¿La casa… a la vecina? —preguntó Javier, incrédulo.
—¿Por qué no? Vosotros no venís. Ella sí. Javier, ni me invitaste a tu boda, ¿verdad? ¿Vergüenza de tu madre de pueblo? Y tú, Lucía, desde que te casaste con Pablo… ¿Te molestó que te dijera que no era para ti? Tenía razón…
—Mamá, basta… —susurré.
—No me encuentro bien. Voy a descansar.
Afuera estalló la discusión:
—¡Por tu culpa! —gritó Javier—. ¡Podrías visitarla! ¡Ahora la casa es de Mari Carmen!
—¡Y tú qué! ¿Ir con Sara? ¡Ella no trabaja, podría venir!
Carmen los escuchó desde su sillón, con lágrimas en los ojos. ¿Dónde estaban aquellos niños que corrían descalzos por el patio?
Cuando volvieron, ella ya no estaba acostada. Sentada, firme, aunque sus ojos brillaban.
—¿Mamá? ¿Te encuentras peor? —preguntó Javier.
—Mejor —respondió secamente—. He entendido. No os importo. El testamento llegará… cuando sepáis si queréis esta casa para quererla o para repartirla.
En el desayuno, el silencio era incómodo. Hasta que me atreví:
—Perdónanos, mamá… Tenías razón. Vendré más. Somos familia.
Ella asintió. El silencio se volvió cálido.
Desde entonces, algo cambió… y nada. Javier casi no viene, pero manda dinero. Yo aparezco más: sopa, mermelada, ayuda en el huerto. Del testamento, nadie habla.
Nadie sabe que ya está firmado en el cajón de abajo. Todo dividido a partes iguales. Porque Carmen aún nos quiere… aunque a veces lo olvidemos.




