«¡Pero si lo hago por ustedes! ¡Y no lo valoran!», dice mi suegra, mientras a mí me empieza a temblar el ojo cada vez que se ofrece a “ayudar”…
A veces me pillo soñando con una sola cosa: escapar. Da igual adónde —a otra ciudad, al fin del mundo, incluso a un pueblo perdido en Zamora—, con tal de poner tierra de por medio entre la madre de mi marido y yo. Porque si no, acabaré en el manicomio. Me dan tics nerviosos cada vez que oigo su voz entusiasta: «¡Os he traído algo que os hará falta! ¡Os va a encantar!».
Cuando Álvaro y yo nos casamos, todos nuestros amigos nos envidiaban: «Qué suerte tienes con tu suegra», decían. No se quejaba, no se metía en nuestra relación, ni siquiera aparecía con empanadas sin avisar. Al principio era verdad —hacía lo posible por apoyarnos. Pero, claro, debía de tener tanta energía acumulada que tarde o temprano tenía que explotar. Y cuando explotó, arrasó con todo lo que habíamos construido.
Primero quiso organizarnos una boda de película, con el «¡que vivan los novios!», el banquete y cuarenta invitados, pero nos negamos. Por poco escapamos de aquel suplicio gracias a la comunión de su hija pequeña —ahí descargó toda su hiperactividad—. Pero no se conformó.
Entonces alquilábamos un piso. Bonito, luminoso, acogedor. Pero mi suegra comenzó a traernos “cosas útiles”: platos viejos con grietas, tenedores que daban miedo usar y, cómo no, cortinas… Esas cortinas aún me persiguen en sueños —de terciopelo, rojo cereza, con agujeros de polilla—.
«¡Pero es terciopelo! Con un arreglito, quedarán como nuevas», decía ella, radiante de entusiasmo.
Y yo, por dentro: «Si son tan maravillosas, ¿por qué no te las cuelgas tú?».
Cuando por fin compramos nuestro piso —con ayuda de mis padres y los padrinos de Álvaro—, ingenuamente pensé que empezaría una nueva vida. Pero mi suegra decidió que, como no había puesto dinero, “ayudaría” de otra manera. Es decir, haciendo cualquier cosa que nos pusiera los pelos de punta.
Primero llegó con unos rollos de papel pintado que debían de tener cuarenta años. Descoloridos, húmedos, con olor a trastero abandonado. Luego insistió en que el “tío Paco”, un conocido “manitas”, nos pusiera los azulejos del baño. El “artista” los dejó torcidos, las baldosas se cayeron a la semana, las juntas se mancharon, y al final tuvimos que pagar a otros para arreglar aquella “ayuda desinteresada”.
Después llegó el frigorífico. Casi se lo carga a hombros. Sonaba como un reactor de avión, y el olor… Parecía que algo había muerto dentro. Lo tiramos ese mismo día, pero mi suegra montó un drama:
«¡Solo había que limpiarlo! ¡Os habría durado diez años más! ¡Qué desagradecidos!».
Luego vino el sofá de la prima de su pueblo. Luego el aparador de los tiempos de Franco. Luego la alfombra que olía a humedad y vejez. Lo rechazamos todo, y cada vez era lo mismo: gritos, lágrimas, reproches.
Ahora estoy embarazada. Lo mantuvimos en secreto, pero cuando la tripa ya se notaba, tuvimos que decirlo. Y se acabó. Mi suegra empezó a recopilar un “ajuar” de cosas de segunda mano: el carrito de una tal Lucía, la cuna que usó la hija de Marta, ropa que había pasado por cuatro niños…
Y yo no quiero. No quiero que mi bebé duerma en una cuna que no sé quién ha usado. Ni que vaya en un carrito con los frenos rotos. Ni que lleve ropa ajena, lavada mil veces. Me da repelús. Y me duele que nadie tenga en cuenta lo que pienso.
Ahora mi suegra sigue al ataque. Yo callo. El embarazo no es el mejor momento para discutir. Álvaro hace de escudo, negándose, poniendo excusas. Pero se le ve cansado. Su madre tiene la energía de una central nuclear, y esto no parece tener fin.
A veces me dan ganas de vender el piso, irnos y no decirle a nadie adónde. Desaparecer. No es que sea mala. Solo quiero silencio. Libertad. Mi vida. Sin cortinas de terciopelo, frigoríficos embrujados ni alfombras del siglo pasado. Quiero respirar. Quiero vivir. Quiero tener a mi hijo y que tengamos nuestro nido, nuevo, limpio, tranquilo. Sin visitas “con buenas intenciones” que te dan ganas de aullar.





