En un pequeño pueblo de Castilla, donde los inviernos son frías y las distancias entre las casas parecen interminables, especialmente cuando se recorre a toda prisa los caminos nevados en mitad de la noche, vivíamos nosotras. Me llamo Lucía, tengo treinta y siete años, estoy casada. Mi madre, Isabel, tiene cincuenta y seis, y mi abuela, la abuela Carmen, ya ha cumplido los ochenta y cinco.
La abuela Carmen, a pesar de su edad, insiste en vivir sola en su vieja casa de piedra en las afueras del pueblo. Se niega rotundamente a mudarse con mi madre, aunque esta le ha ofrecido mil veces el calor de su hogar y su compañía. La abuela repite como un mantra que su casa es su fortaleza, y que nadie la sacará de allí. Pero últimamente, su soledad parece haberla consumido, y ha encontrado una forma de mantenernos constantemente alerta.
Casi a diario, la abuela nos llama a mi madre y a mí, quejándose con voz temblorosa de que se encuentra “muy mal”. Gime, dice que “le pincha el corazón” o que “las piernas no la sostienen”. Nosotras, dejando todo de lado, salimos corriendo hacia su casa con el corazón en un puño. Pero al llegar, la escena siempre es la misma: la abuela, como por arte de magia, resurge llena de vida. Se mueve por la cocina, nos ofrece café con pastas y hasta bromea. Y nosotras nos quedamos allí, desconcertadas, con el corazón latiendo desbocado, sin saber si reír o llorar.
Estamos agotadas de este juego. Cada llamada es como una descarga eléctrica, pero no podemos simplemente ignorarla. ¿Y si esta vez es verdad? ¿Y si no vamos y ocurre lo peor? Ese pensamiento nos carcome, no nos deja en paz. Tememos que, si hacemos oídos sordos a su voz, nunca nos perdonaremos si algo le sucediera.
Todo comenzó hace un año. Recuerdo aquella madrugada en que llegamos a su casa bajo una tormenta de nieve, apenas vestidas: yo con una camiseta de dormir, mi madre con un abrigo viejo sobre el pijama. Creímos encontrar a la abuela al borde de la muerte, pero nos recibió sonriente, diciendo que solo había sido “un subidón de tensión”. Media hora después, sacaba su famera mermelada de ciruela y nos invitaba a sentarnos. Aquel día lo atribuimos a una casualidad, pero los episodios se repitieron.
Intentamos entender qué ocurría. La convencimos para que se hiciera pruebas en el médico, pero ella se negaba, asegurando que “esos doctores solo quieren sacarnos los cuartos”. Así que llevamos a un médico a su casa. Tras examinarla, tomarle la tensión y auscultarla, nos aseguró que, para su edad, estaba en plena forma. “Lo que necesita es más compañía”, nos dijo con mirada penetrante. “Visítenla con frecuencia, y las llamadas cesarán”. Pero cuán equivocado estaba.
Ya hacíamos lo posible por estar con ella. Yo vivo a una hora de camino, mi madre un poco más cerca, pero entre el trabajo y el agotamiento, no podemos ir a diario. Los fines de semana nos turnamos: unas veces voy yo con la compra y a tomar el café; otras, es mi madre quien ayuda con la limpieza. En las fiestas siempre vamos juntas, con regalos y flores, para alegrarle los días. Pero parece que no es suficiente. Necesita más: nuestra atención, nuestros nervios, nuestro tiempo.
Mi madre ha insistido en que se mude con ella. Le ofrece la mejor habitación, toda su dedicación, pero la abuela es firme. “No quiero ser una carga”, dice, y horas después vuelve a llamar a medianoche quejándose. “Prefiero morir en mi propia casa”. Sus palabras nos duelen como cuchillos, pero ¿qué podemos hacer?
Hemos pedido a la abuela mil veces que no llame si no es urgente. Le explicamos que cada llamada es estrés, miedo, noches en vela. Pero parece no escucharnos. O no quiere hacerlo. Sus llamadas continúan, y nos vemos atrapadas en la misma duda: ¿acudir o no? ¿Hacer caso omiso o creerle? Tememos equivocarnos, tememos llegar tarde cuando de verdad nos necesite.
A veces pienso que la abuela solo está sola. Que le faltan risas, charlas, cariño. ¿Serán esas llamadas su forma desesperada de retenernos cerca? Pero ¿por qué escoge un método tan cruel? ¿Por qué nos obliga a vivir en un miedo constante? No sé cómo salir de esto. La queremos, pero su juego con nuestros nervios nos agota. Y, sin embargo, si sigue llamando, seguiremos yendo. Porque si un día no vamos y ocurre lo peor, la culpa nos aplastará para siempre.






