¡Madre mía, si te contara la tontería que me pasó! Nunca pensé que acabaría en una situación tan absurda, por no decir ridícula. Mi madre y yo hablamos todos los días, a veces hasta dos veces: por la mañana y por la noche. Pero llevaba dos días sin poder contactar con ella: o me colgaba o directamente no cogía el teléfono. Empecé a preocuparme de verdad. Hasta pensé en ir a su casa por si le pasaba algo con el móvil, que por cierto, se lo regaló Alejandro por el 8 de marzo, pero mi madre y la tecnología no son muy amigas.
Y de pronto, ¡milagro! Contestó, pero con una voz fría, como si hubiera llamado a un funcionario de Hacienda:
—Dime, ¿qué quieres?
—Mamá, ¿dónde te metes? ¡Llevo dos días intentando hablar contigo y ya no sé qué pensar!
—No tenía tiempo para hablar. Menos aún de gatos —soltó secamente.
Al principio no entendí nada, pero luego me cayó la peseta. Todo era por nuestra gata. Llevábamos un mes luchando por salvar a Lola, nuestra preciosa minina negra, cuyo nombre de pila es *Lola de la Vega del Infinito*, para ser exactos. Empezó con un malestar, luego vinieron las carreras de veterinario en veterinario, diagnósticos equivocados, inyecciones, pastillas, tratamientos, sueros… todo inútil. Lola empeoraba, y una clínica casi la remata.
Hasta que dimos con un veterinario de verdad en el tercer intento: experto, tranquilo, meticuloso. Ecografías, análisis, revisiones… Insistió en operarla. Dio un miedo horrible. Temía perderla, pero confié en él, y no me equivoqué. La recuperación fue dura: la alimentaba con cuchara, le daba agua con una jeringuilla sin aguja, dormía en el suelo a su lado para vigilarla. Y, gracias a Dios, Lola revivió. Ya come sola, usa el arenero, ronronea y se arrima a nosotros como antes.
Justo antes de este enfado, le había contado a mamá lo que nos había costado el tratamiento. Ya te imaginas: una burrada de euros. Mi madre se quedó blanca:
—¡Eso son varias de mis pensiones! ¡¿Pero estás loca?!
La conversación terminó sin pelea, pero tampoco con cariño. Noté algo raro, pero decidí ignorarlo. Y mi madre, al parecer, se lo rumió tanto que algo hizo *clic* en su cabeza.
No pude aguantarme y, al oír sus reproches por mi “obsesión gatuna”, le solté claro:
—Mamá… ¿me tienes celos de Lola?
—¡Qué va! Es solo que… ¿cómo puedes gastar más en un animal que en tu propia madre?
—¡Pero es que estaba enferma! ¿Qué querías, que la sacrificara? Por cierto, eso habría salido más barato que la operación…
—No me refiero a eso —murmuró, ya menos segura.
—Mira, sabes que Alejandro y yo siempre estaremos ahí. Si necesitas algo, dime y lo solucionamos. Te mandamos dinero, compramos lo que haga falta. Sabes que tú eres lo primero, pero Lola… también es de la familia. La queremos.
Se ablandó. Su voz dejó de ser de hielo y al fin dijo lo que necesitaba oír:
—Sí… siempre ayudáis. Gracias. Es que no entiendo cómo se puede gastar tanto en un animal.
—Porque la queremos. Y no es cuestión de elegir. Te queremos a ti *y* a ella. ¿Qué tal si me avisas si te falta algo? ¡Si no, empezaré a aparecer por tu casa a revisar la nevera y el botiquín!
—Lucita, por favor, nada de inspecciones —se rió al fin—. Perdona, fui una tonta. Pero ven a verme, que te echo de menos…
—Ahora mismo voy —sonreí—. ¡Y que no falten tus empanadillas!
Esa tarde, Alejandro y yo fuimos a su casa. Café, empanadillas, charla y risas. Todo como siempre. Y le di gracias a Dios por tener a mi madre: viva, cabezota, susceptible, pero tan mía. Y con Lola, todo bien. Ojalá siga así…





