Oye, te cuento una historia que te va a hacer pensar.
Cuando sonó el teléfono al amanecer, Lucía ni sabía si estaba despierta o aún soñando. En la pantalla brillaba el nombre: “mamá”. Se le quitó el sueño al instante. La voz de su madre sonaba animada, casi alegre:
—¿Todavía durmiendo, holgazana? Yo ya he metido los pasteles al horno. Mañana venid los dos, tú y Dani. Hay que hablar. No, no es por la huerta. ¡Por el testamento! No quiero que os peleéis como perros por la casa y los cuartos cuando yo no esté. ¡Sin excusas, los dos!
Lucía se quedó helada. ¿Testamento? ¿Funerales? ¿Qué pasaba? Pero su madre hablaba con tanta seguridad que discutir no servía de nada.
Mientras tanto, Carmen, la madre de Lucía y Daniel, se arropaba con un chal de lana mientras su vecina Rosa la miraba con preocupación:
—Carmencita, ¿estás enferma? ¿Por qué hablas así? Me asustas…
—Tranquila, Rosita. Solo quiero ver a mis hijos. Hace un año que no se pasan. Cada uno a lo suyo, como si fuéramos extraños. Si mañana me pasa algo, ¿quién les explicará las cosas? Además, quiero ponerlos a prueba. Ver quién se preocupa de verdad por mí.
Y así, después de despedir a la vecina, Carmen se fue a descansar. Al día siguiente sería un día interesante.
El amanecer vilo gris, como si el cielo supiera lo que ella tramaba. Ordenó la casa, se puso una bata vieja, se lavó la cara y se sentó en su sillón, conteniendo la respiración. Una hora después, llamaron a la puerta.
Lucía entró primero, sofocada y nerviosa.
—¡Mamá! ¿Qué pasa? ¿Estás mala? ¿Qué es eso del testamento? —dijo, abrazándola con fuerza.
Daniel entró detrás, más sereno.
—Vaya susto nos has dado. ¿Tan mal estás? ¿O es demasiado pronto para estas conversaciones?
—Sentaos, hijitos —dijo Carmen con calma—. Y llamad a vuestras parejas. Marta, Sergio, pasad, no os quedéis ahí.
Cuando todos estuvieron sentados, Carmen comenzó a hablar.
—Escuchad y no me interrumpáis. Tengo cosas que decir. La vejez no viene sola, y yo vivo aquí, sin nadie. Las enfermedades no avisan. Por eso he decidido hablar ahora, mientras puedo. Pero antes, ayudadme en casa. ¿Quién si no mi propia familia? La leña que hay que cortar, la comida que preparar…
Lucía y Marta asintieron y se pusieron manos a la obra. Carmen las observó: la masa se les pegaba a los dedos, cortaban las patatas demasiado gruesas, los cacharros sonaban como en una batalla. “Ay, mis urbanitas torpes…”, pensó con pena, pero no dijo nada. Eso no era lo que importaba.
Cuando la mesa estuvo servida y comieron, Carmen pidió a Sergio y Marta que salieran para quedarse a solas con sus hijos.
—Ahora, prestad atención. La casa donde crecisteis, se la dejo a Rosa, mi vecina. Ella está aquí, me ayuda cada día. Dani, a ti te dejo el cobertizo, las herramientas y lo del campo. Haz con ello lo que quieras. Y a ti, Lucía, te dejo mis ahorros. Llevo años guardando la pensión, gastando poco.
El silencio que siguió era denso, pesado.
—¿La casa… para una extraña? —dijo al fin Daniel—. ¿En serio?
—¿Y por qué no? Hace un año que no venís. Rosa viene todos los días. Tú, Dani, ni me invitaste a tu boda por vergüenza de tu madre de pueblo. Y tú, Lucía, desde que te casaste con Sergio por segunda vez, apenas me visitas. ¿O es que ya no te acuerdas de cuando te dije que Pepe no te convenía? Tenía razón…
—Mamá, por favor… —susurró Lucía.
—No me encuentro bien. Voy a descansar —dijo Carmen, cerrando la puerta de su cuerto tras de sí.
Fuera, la discusión estalló.
—¡Esto es culpa tuya! —remedió Daniel—. Podrías haber venido más. ¡Ahora la casa es de Rosa!
—¡Claro, como siempre! Yo trabajo sin parar. ¿Y tú con Marta qué hacéis? Ella está en casa, podría haber venido.
Gritaban, se interrumpían. Carmen los escuchaba desde su sillón, mirando por la venta con los ojos húmedos. ¿Dónde estaban esos niños que corrían descalzos por el patio en verano? ¿Dónde quedó su cariño, su cuidado mutuo?
Cuando volvieron, ella ya no estaba en la cama. Estaba sentada, serena, aunque sus ojos brillaban más de lo normal.
—Mamá, ¿qué pasa? ¿No estabas mala? —preguntó Daniel.
—Ya estoy mejor —respondió con voz queda—. Ahora lo tengo claro. No le importo a nadie. ¿El testamento? Ya llegará. Más tarde. Cuando decision vosotros mismos para qué queréis esta casa: ¿para quererla o para repartirla?
Al desayuno del día siguiente, el silencio era tenso. Solo se oían los cubiertos. Finalmente, Lucía rompió el hielo:
—Perdónanos, mamá… Teníamos que habernos portado mejor. Vendré más, te lo prometo. Somos familia.
Carmen asintió. Un silencio cálido llenó la mesa.
Desde entonces, las cosas cambiaron… y a la vez, no. Daniel apenas apareció, aunque mandaba dinero. Lucía venía más, con sopa, mermelada, ayuda en la huerta. Pero del testamento, nadie volvió a hablar.
Y nadie supo que ya llevaba tiempo guardado en el cajón de abajo, firmado y sellado. Todo dividido a partes iguales. Porque Carmen seguía queriendo a sus hijos. Aunque ellos a veces lo olvidaran.





