Dividido entre dos familias, sin poder elegir a quién dejar.

Me debato entre dos familias y no puedo elegir a cuál abandonar.

En mis años de universidad, me casé con mi primer amor, Lucía. Fue una pasión ardiente, un torbellino de emociones que nos llevó al altar. Tras la boda, comenzó la vida normal: trabajo, hogar, rutina. Tuvimos dos hijos y, como todas las familias, vivimos momentos buenos y malos. Hubo alegrías, discusiones, pero siempre salíamos adelante. Creí que sería así para siempre—una vida tranquila, predecible. Pero el destino tenía otros planes, y ahora me encuentro al borde del abismo, sin saber cómo salir de la trampa en la que yo mismo me metí.

Casi con cuarenta años, en la empresa donde trabajaba en un pueblo cerca de Sevilla, apareció ella—Carmen, la nueva empleada. Parecía de otro mundo: joven, vibrante, con una sonrisa que iluminaba la habitación, como sacada de un anuncio. No podía apartar los ojos de ella. Los pensamientos sobre Carmen me invadían, y el corazón me latía más fuerte cada vez que pasaba cerca. No pensé que a mi edad pudiera enamorarme así, como un adolescente. Y, para mi sorpresa, ella también parecía interesada. Sus miradas, su coqueteo, los toques casuales… todo avivaba un fuego que ya creía apagado.

Nuestra relación se convirtió en un romance. Ocurrió sin planearlo: un encuentro, una noche, y no pudimos parar. Con Carmen me sentía vivo, joven, libre. En esos momentos, no pensaba en que estaba traicionando a Lucía. Era demasiado feliz para pensar en la moral. Ella sabía que estaba casado, pero no le importó. Nos veíamos a escondidas, en pisos alquilados, hoteles, lejos de miradas indiscretas. No tenía intención de dejar a mi familia—creía que podía mantener ambas vidas en equilibrio. Era una ilusión, pero me aferraba a ella como a un salvavidas.

Años después, Carmen me dijo que estaba embarazada. Cuando nació nuestro hijo, estaba en el séptimo cielo. Al sostenerlo en brazos, no podía creer que me estuviera pasando a mí. Mi vida, que había sido tan estable, dio un vuelco. Volví a sentir emociones olvidadas: emoción, alegría, la sensación de un nuevo comienzo. Pero con esa felicidad llegó también el peso de la mentira. Vivía para dos familias. A Lucía le decía que iba de viaje de trabajo, pero en realidad corría a casa de Carmen y nuestro hijo. Me desgarraba, sin saber qué hacer. Ambas mujeres eran importantes para mí, cada una a su manera. Las amaba a las dos, pero sentía que perdía el control.

Con el tiempo, Carmen cambió. La maternidad la volvió más exigente. Criaba a nuestro hijo sola, y eso la marcó. Empezó a reprocharme: que no aportaba suficiente dinero, que no les daba una buena vida, que no pasaba tiempo con ellos. “Sabías en lo que te metías”, me decía, pero sus palabras me dolían. Ella sabía que estaba casado, que tenía otra familia, otros hijos que también debía mantener. Los reproches se convirtieron en peleas. Pero en casa no estaba mejor. Lucía también notaba que el dinero escaseaba. “Ganas poco, ¿cómo vamos a vivir así?”, me gritaba. Iba de una a otra, y en ninguna encontraba paz. Mi vida se convirtió en una pesadilla de la que no podía escapar.

Estoy cansado. Cansado de mentir, de dividirme, de las acusaciones constantes. Cada una me jala hacia su lado, y no sé a quién elegir. Lucía es mi historia, mi familia, la madre de mis hijos mayores. Con ella he compartido tanto, y la idea de dejarla me destroza. Pero Carmen es mi pasión, mi nueva vida, la madre de mi hijo pequeño. Sin ella, no me reconozco. Ambas son parte de mí, pero no puedo seguir viviendo en este infierno. ¿A quién abandono? ¿A quién traiciono? El amor por ambas me consume, y sus exigencias y peleas me llevan al límite. Estoy en una encrucijada, y cada paso parece llevarme al vacío. ¿Cómo elegir, cuando cualquier decisión me romperá el corazón?

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Dividido entre dos familias, sin poder elegir a quién dejar.