Pues mira, entre yo y su pasado hay una niña a la que él nunca quiso querer.
Nos casamos con Arturo cuando ya no éramos exactamente jóvenes. Yo tenía treinta y dos, él treinta y tres. A nuestras espaldas, no solo experiencia, sino toda una colección de errores, decepciones, ilusiones rotas. Él venía de un divorcio y tenía una hija. Yo, en cambio, llevaba una vida tranquila, sin hijos ni tormentas. No tenía problema con que él mantuviera contacto con la niña, al contrario, lo animaba, lo empujaba… pero Arturo no quería ese vínculo. Para nada.
Su primer matrimonio no fue por amor, sino por presión de su madre. Cuando ella se enteró de que la chica estaba embarazada, le soltó: «¡Te tienes que casar! ¡No vas a dejar que sus padres pasen vergüenza!» Los padres de ella suplicaron, insistieron, presionaron… y al final Arturo cedió. Firma en el registro, una maleta y directo a su próximo viaje. Él acababa de salir de la escuela náutica y se fue a navegar. Nada de celebración, ni anillos, solo un papel firmado en el juzgado.
Mientras él surcaba los mares, su mujer dio a luz a una niña. Cuando volvió, la cogió en brazos y… no sintió nada. Ni alegría, ni calor, ni cariño. Solo cansancio y vacío. Pero como había asumido el papel de marido y padre, siguió interpretándolo. Iba y venía de viaje, traía dinero, hasta se metió en algún negociillo para mantener a la familia. Vivían en un piso que les había regalado el suegro, como «compensación» por salvar el honor de su hija. Pero en esa casa no había amor. Incluso la intimidad era rara. Según me contó Arturo, en todo ese tiempo, se podrían contar con los dedos las veces que fueron realmente marido y mujer.
Algo tenía que romperse. Y se rompió: volvió de uno de sus viajes y descubrió que su mujer le había sido infiel. Ella no lo negó. Lloró, pidió perdón, dijo que había sido un error. Pero Arturo lo vio como una salida. Hizo las maletas y se fue. Sin gritos, sin llantos. Simplemente cerró la puerta. Los padres de ella ni siquiera intentaron convencerle de quedarse… todos lo entendían.
Hizo un par de viajes más y luego decidió que ya era suficiente. Montó su propio negocio. Tres años después, el negocio iba viento en popa, su exmujer y la niña recibían una buena pensión, y todo parecía encarrilado. Y entonces aparecí yo.
Nos conocimos por trabajo. Él vino a comprar materiales de construcción y empezamos a hablar. A los días, me llegó un ramo de flores y una invitación a cenar. Todo fue rápido, bonito, sincero. Nos casamos. Pero yo ya sabía que su madre era una mujer de carácter. Desde el principio sospechó que mi matrimonio con su hijo era por obligación. Dudaba, desconfiaba. Pero yo la tranquilicé: «No planeamos tener hijos aún, queremos conocernos mejor».
Ahí suspiró aliviada… y empezó a traernos cada fin de semana a esa niña, a Alejandra. La niña que mi marido, perdón, ni siquiera ve como su hija. Como tampoco a su madre. Él es distante, frío, casi indiferente. Y mi suegra, parece que lo hace adrede. Me susurra: «Ojalá algún día la quiera de verdad». Pero la niña lo nota. Entra en casa y corre directa hacia mí. ¿Y su papá? Se pone los auriculares, se sienta frente al ordenador y se hunde en sus batallitas de videojuegos.
Y yo me quedo con Alejandra. Caprichosa, resentida, irritable. Por mucho que lo intente, nada le gusta. No quiere estar aquí. No quiere estar con él. Y la entiendo. En un par de horas, yo ya estoy al borde y llamo a mi suegra para que venga a recogerla. Cuando llega, cruza la puerta y pregunta: «¿Y? ¿Habéis hablado? ¿Se han acercado?» ¿Qué le digo? ¿Que su hijo ha pasado otras tres horas en su mundo virtual y que yo he tenido que hacer de niñera, educadora y pañuelo de lágrimas para una niña que no es mía?
Mi suegra cambia el tono al instante. Empieza a reprocharme. Dice que la culpa es mía, que no sé ayudarle a conectar con su hija. Que todo depende de la mujer, que somos el cemento de la familia. ¿Y yo? Estoy harta de ser el cemento que sostiene culpas ajenas, errores ajenos y frialdades ajenas. Lo intento. Pero no tengo una varita mágica para obligar a un hombre a querer a su hija. Y si él no quiere… por mucho que me esfuerce, que me desviva, que lo intente… no va a pasar.
Y la culpa, claro, siempre es mía…




