Mi suegra cree que destruí a la familia al alejarle a su hijo

**Diario de un hombre**

Mi suegra está convencida de que yo destruí su familia por alejarle a su hijo.

Hace tres años, conocí a la familia de mi marido y, desde el primer momento, quedó claro: a mi Adrián nunca le sobró el cariño en esa casa. Todo el amor y la atención de su madre eran para el hijo menor, Darío, mientras que Adrián era poco más que una sombra, el chico de los recados, siempre dispuesto a cumplir cualquier capricho. La madre mimaba al pequeño, protegiéndolo de cualquier dificultad como si fuera una flor delicada, mientras que al mayor lo trataban como a una mula de carga.

Mi suegra, Rosario Fernández, y mi suegro, Francisco Jiménez, vivían en una vieja casa de madera en las afueras de un pueblecito junto al lago, a tres horas de nuestra ciudad. En un lugar así, el trabajo nunca falta: arreglar tejados, partir leña, labrar la huerta. Además, tenían gallinas, vacas, huertos interminables… trabajo para diez personas. Yo daba gracias de que Adrián y yo viviéramos lejos, en nuestro piso, donde no nos alcanzaba ese ajetreo. Y él, la verdad, también prefería mantener la distancia. Pero cada vez que pisaba la casa de sus padres, le llovían encargo tras encargo, como si no fuera su hijo, sino un jornalero.

Cuando nos casamos, Rosario nos insistía en que fuéramos a visitarlos, pintándonos la vida rural como un cuento idílico: barbacoas al atardecer, paseos por el bosque, aire puro y miel casera. Nos dejamos embaucar y decidimos pasar nuestras primeras vacaciones juntos en el pueblo. Soñábamos con tranquilidad, largas charlas junto a la lumbre, silencio roto solo por el canto de los pájaros. Pero la realidad fue mucho más cruda.

Apenas bajamos del autobús, empolvados y agotados del viaje, las vacaciones se convirtieron en espejismo. A Adrián le pusieron unas botas viejas y lo mandaron a arreglar el cobertizo. A mí me arrastraron a la cocina, donde me esperaba una montaña de platos sucios de alguna celebración familiar. Después, cocinar para media aldea: suegros, vecinos, parientes. ¿Vacaciones? ¡Era trabajos forzados! En dos semanas, apenas tuvimos tiempo de respirar. La barbacoa la probamos una vez, y a toda prisa, entre quehaceres. Los paseos por el bosque nunca llegaron. Pero lo peor fue ver a Darío, el hermano menor. Mientras Adrián y yo corríamos como caballos desbocados, él se tumbaba en el sofá, cambiando de canal o mirando el móvil. Su rutina era simple: cama, baño, nevera. Y mientras, mi suegra lo miraba con adoración, como si fuera un tesoro nacional.

Al quinto día, exploté. Esa noche, cuando por fin estábamos solos, le pregunté a Adrián: «¿En qué trabaja tu hermano? ¿Por qué no hace nada?». Mi marido suspiró y me dijo que Darío era «intelectual». Que trabajar con las manos no era lo suyo, que su madre lo guardaba para grandes cosas. Estudia, supuestamente, y gasta todas sus fuerzas en los libros. Aunque lleva ocho años en la universidad, entre expulsiones y vueltas. ¿Y Adrián? Siempre había sido el que acudía al rescate: a arreglar vallas, partir leña, reparar tejados. Y así fue hasta que nos conocimos.

Aquellas «vacaciones» fueron mi límite. Empecé a hablar con Adrián de cambiar las reglas. ¿Por qué tenía que cargar él con todo mientras Darío vivía como un príncipe? ¿No podía el menor ayudar un poco? Sus padres nos esperaban meses para arreglar el gallinero o pintar la verja, cuando mi suegro podía hacerlo. Pero Rosario no permitía que molestaran a su preciado Darío; él era «un sabio», no podía distraerse.

Por suerte, Adrián reflexionó. Por primera vez, vio la situación desde fuera y entendió que lo estaban usando. Acordamos que ya no seríamos mano de obra gratuita. En las fiestas de mayo, pese a las llamadas insistentes de mi suegra, no fuimos. Ni en las siguientes. Y cuando surgió la oportunidad de unas vacaciones de verdad —playa, sol y libertad— se lo dijimos. Rosario estalló. Gritó por teléfono que debíamos ir, que necesitaban ayuda. Adrián, tranquilo, preguntó qué necesitaban. Resultó que querían reformar la casa y, claro, contaban con nosotros.

Ahí, mi marido perdió la paciencia. Le dijo sin rodeos: «Tienes otro hijo. Quizá es hora de que él también trabaje». Mi suegra intentó defenderlo: Darío estaba ocupado con los estudios, no tenía tiempo. Pero Adrián le recordó cómo él, siendo estudiante, se partía el lomo por la familia porque «su hermano era pequeño». ¿Y ahora? Ahora Darío era mayor, pero intocable. «Mamá, tienes dos hijos —dijo antes de colgar—. Pero parece que solo uno es tuyo».

No pasó un minuto cuando Rosario me llamó. Su voz temblaba de rabia. Me acusó de enfrentar a Adrián con su familia, de envenenarle el corazón, de alejarlo de los suyos. Escuché su sermón unos segundos y, sin decir nada, la bloquee. Y no me arrepiento ni un ápice.

Si Adrián fuera hijo único, yo misma le animaría a ayudar. Pero cuando hay dos hermanos y uno es tratado como rey y el otro como criado, no es justo. No quiero que mi marido se sienta un extraño en su propia familia. Y si para eso hay que cortar el contacto con mi suegra, estoy dispuesto. Nuestra vida no es de su propiedad. Y, por fin, hemos elegido lo nuestro.

**Lección aprendida:** No siempre la familia es sangre. A veces, es quien te trata como igual. Y no hay obligación que justifique el desprecio disfrazado de cariño.

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MagistrUm
Mi suegra cree que destruí a la familia al alejarle a su hijo