Hace ya muchos años, en un soleado rincón de Andalucía, Isabel preparaba la boda de su hija. Los invitados eran pocos, unos treinta y cinco, casi todos familiares y amigos del novio.
Su hija Lucía lucía radiante, como todas las novias. Para Isabel, aquel matrimonio tan temprano, con solo diecinueve años, fue una sorpresa. Como cualquier madre de una muchacha estudiosa, había soñado que Lucía terminase la universidad antes de pensar en casarse. Pero la vida decidió por ellas. La joven cursaba segundo año, y su prometido, Javier, el último. “Nos casamos y punto”, dijeron. Javier creía que vivir sin papeles no tenía sentido; su amor merecía ser sellado desde el principio.
El exmarido de Isabel, padre de Lucía, no asistió, aunque fue invitado. Eso sí, envió un sobre con unos billetes, algo es algo. Ya habían pasado cinco años desde que abandonó la familia, cumpliendo apenas con la pensión y sin interesarse por su hija.
La fiesta estaba en su apogeo. Todo marchaba bien, el maestro de ceremonias conocía su oficio. Sin embargo, algo inquietaba a Isabel: uno de los invitados, un primo lejano del novio, no dejaba de mirarla. Da igual en qué rincón del salón estuviese, sentía su mirada clavada en ella, intensa como un taladro. Hasta se enfadó: ¿quién se creía este chico para observarla así?
Sonó un vals, un baile poco común en las bodas jóvenes, casi nadie lo sabía bailar ya. A Isabel le encantaba, así que aceptó la invitación de aquel muchacho al que, minutos antes, reprochaba sus miradas. Bailó como los ángeles. Juntos, en el centro de la pista, formaban la pareja más elegante. Isabel, ya de por sí guapa, parecía aquel día hermana, no madre de la novia. Su vestido esmeralda ceñía su figura, el peinado desenfadado y el brillo en sus ojos la hacían irresistible.
—¿Dónde aprendiste a bailar así? —le preguntó cuando la acompañó de vuelta a la mesa.
—Practiqué danza deportiva años. Reconozco a quien sabe moverse, y usted era la mejor —respondió él, sonriente.
El resto de la noche, Antonio —así se llamaba— no bailó con nadie más. No se separó de Isabel, temiendo perder la siguiente pieza. A ella el champán y esa extraña ligereza juvenil le daban vueltas en la cabeza. “¿Qué más da que sea joven? ¿Cuándo volveré a bailar así?”, pensó.
Tras la boda, Lucía se mudó con su marido a un piso de alquiler. Isabel volvió al trabajo en el ayuntamiento. ¡Cuál fue su sorpresa cuando, al salir, vio a Antonio esperándola con un ramo de flores!
—¿Qué haces aquí? Mañana mis compañeras no dejarán de burlarse: ‘¿En qué instituto estudia tu admirador?’ —protestó ella.
—Ya trabajo, terminé la carrera. Salgo una hora antes y hoy necesitaba verla. Su hija me dio su dirección —respondió él, molesto—. Además, no parezco tan joven. Tengo veinticinco.
—Yo cuarenta. Notas la diferencia, ¿verdad? Déjalo, no pierdas el tiempo. Hay chicas hermosas por todas partes. —Y se marchó hacia la parada con paso firme.
—¿Cuarenta? No puede ser. Aun si es cierto, no importa. La amaré a cualquier edad, y nadie me lo impedirá. Creo en el amor a primera vista: desde que la vi en la boda, no pienso en otra cosa —replicó él, siguiéndola.
A partir de entonces, Antonio la esperaba cada tarde. La acompañaba en el autobús hasta su casa y luego regresaba. Nunca pedía nada, solo era educado y atento.
Isabel, aunque halagada, sabía que la diferencia de edad era un abismo. No quería arruinarle la vida; merecía una mujer joven. Pero, por mucho que intentó alejarlo, con el tiempo las cosas cambiaron. Antonio demostró ser sincero, responsable y tierno. Cuando ella enfermó de pulmonía, él la cuidó hasta devolverle la salud. Entonces supo que su amor era verdadero.
¿Qué mujer resistiría semejante entrega? Isabel cedió. Antonio le pidió matrimonio. Hasta Lucía y Javier la animaron a aceptar. Pero ella seguía dudando: tarde o temprano, la abandonaría.
La duda se esfumó con un embarazo inesperado. Isabel quiso interrumpirlo. “¿Un bebé? Pronto seré abuela. Y si Antonio me deja, ¿cómo lo criaré sola?” Pero él lo evitó. Incluso sus padres la convencieron: pase lo que pase, el niño nunca carecería de apoyo.
Se casaron en una íntima ceremonia familiar, pues el vestido no ocultaba su estado. Hoy, su hijo Andrés tiene veinte años.
Isabel y Antonio siguen juntos. Comparten aficiones, se entienden sin palabras, a veces basta una mirada. Son felices.
Solo hay un “pero”: Isabel tiene sesenta, él cuarenta y cinco. Aún la atormenta pensar que le arrebató su juventud. Él, en cambio, no cambiaría su suerte por nada.






