Tengo 38 años y todavía le tengo miedo a mi madre. Eso me destruye por dentro.
Cada vez que me miro al espejo, intento recordar quién soy: una mujer con logros, estudios superiores, un puesto directivo en una importante empresa de logística en Zaragoza, un matrimonio estable, aunque sin hijos propios. A mi marido, Jorge, lo respeto, lo amo y lo considero mi ancla. A su hijo del primer matrimonio, Lucas, hace tiempo que lo veo como si fuera mío. En teoría, tengo una familia, un hogar, estabilidad. Debería ser feliz. Pero dentro de mí hay un miedo. No uno de adolescente, ni abstracto, sino muy real, físico. Miedo a mi propia madre.
Tengo treinta y ocho años. Dirijo un departamento, resuelvo problemas complejos, negocio con clientes, contrato y despido a gente. Pero basta con que ella aparezca —mi madre— para que todo se derrumbe. Las rodillas me flaquean, la garganta se me cierra, las manos se me quedan heladas, y en mi mente aparecen escenas de la infancia: cuando me arrancaba las sábanas y me tiraba del pelo por no haber fregado los platos. Cuando me lanzaba una zapatilla por llegar tarde del colegio. Cuando se reía de mí delante de sus novios, comparándome con otras niñas. Sus tres matrimonios fueron un infierno. Mi padre desapareció sin más, y ni siquiera sé si sigue vivo. Ella, con los años, se volvió más amarga y cruel.
Jorge lo ve. No lo intuye —lo ha presenciado. Ha visto cómo me quedo paralizada cuando escucho su voz al teléfono. Cómo tartamudeo si aparece sin avisar. Me ha sugerido ir a terapia, dice que necesito soltar ese peso. Pero yo… no puedo. Una mujer adulta, una profesional, temo parecer débil. Ir al psicólogo sería admitir que no puedo sola. Y yo siempre he fingido ser de hierro. Solo que a esta “mujer fuerte” le basta una llamada de su madre para convertirse en una niña temblando.
Al principio venía “unos días”. Luego esos días se alargaban a una semana. Llegaba con bolsas, registraba nuestros armarios, revisaba documentos, la ropa, hasta una vez miró mi ordenador. En la cena, le preguntó tranquilamente a Jorge: “¿Cuántas amantes has tenido ya, viviendo con una mujer tan fría y gris?”. No pude decir ni una palabra. Solo agaché la cabeza mientras Jorge, furioso, la echaba de casa.
Pero se quedó. Dos días más. Con una frase: “Soy tu madre. Y tú mi hija”. Con eso borraba cualquier límite. Cualquier culpa. Cualquier intromisión.
Y no sé negarme. Esa es mi tragedia. Cuando escucho su voz, me quedo muda. No puedo decir “no”. Siempre termino diciendo: “Vale, ven…”, aunque por dentro grite: “¡No quiero!”. Miento a todos, miento a mi marido, me miento a mí misma. Y me odio por eso.
Hace una semana llamó y anunció: “He comprado los billetes. Estaré con vosotros del 30 de diciembre al 10 de enero”. ¿Y qué importa que Jorge, Lucas y yo ya tuviéramos planes? Queríamos ir a Valencia, reservar un hotel, descansar los tres. Hasta había pensado el menú. Pero ella decidió, y punto. Y, otra vez, no pude decir: “No vengas”.
Pero esta vez Jorge y yo hemos decidido algo distinto. Nos iremos. Reservaremos un hotel. Apagaremos los móviles. Huiremos. Que ella llame al timbre, que espere. No es venganza. Es supervivencia. Porque otro Año Nuevo con ella no lo aguantaré.
A veces me da miedo admitirlo, pero no quiero a mi madre. Le tengo miedo. Y no entiendo por qué me odia tanto, por qué sigue destrozando mi vida incluso ahora. Solo quiero vivir. Sin lágrimas, sin miedo, sin esa espera constante del dolor, el desprecio, la burla.
No sé si es maduro huir de tu propia casa. Pero es lo único que me salva. Un poco. Un tiempo. De la mujer de la que, a mis treinta y ocho años, todavía no puedo defenderme.







