Suegra me acusa de robarle a su hijo por no someterse a sus caprichos

La suegra me maldice por robarle a su hijo, que se negó a servir sus caprichos.

Hace tres años crucé el umbral de la casa familiar de mi marido, y desde el primer instante entendí: en ese nido, mi Sergio no tenía espacio para ser feliz. Todo el calor del corazón materno era para el hijo menor, Iván, mientras que Sergio sólo era una sombra, eterno ayudante dispuesto a inclinarse ante cada uno de sus mandatos. Iván, en cambio, nadaba en adoración: lo mimaban, lo protegían como si fuera una frágil joya, sin permitirle mover un dedo.

La suegra, Carmen Serrano, y el suegro, Jaime López, vivían en una gran casa de piedra en las afueras de un pueblo rodeado de campos infinitos y un río. En un lugar así, nunca faltaban quehaceres: arreglar el porche, reforzar el cobertizo, quitar maleza del huerto. Y además, gallinas, cabras, la huerta… trabajo para una cuadrilla entera. Daba gracias al cielo porque Sergio y yo vivíamos lejos, en la ciudad, a cinco horas de camino de aquel terruño. Él mismo celebraba esa libertad. Pero bastaba que pisara la casa de sus padres para que le cayera encima un alud de tareas, como si no fuera hijo, sino un jornalero contratado por un mendrugo de pan.

Cuando empezamos a vivir juntos, Carmen Serrano nos cantó canciones sobre el paraíso rural: hogueras bajo las estrellas, cañas de pescar junto al río, aire fresco y limonada casera. Caímos en el encanto de esos cuentos y decidimos pasar nuestras primeras vacaciones en su pueblo. Soñábamos con paz, con tardes largas junto al agua, con silencio solo roto por el susurro de las hojas. Pero los sueños se estrellaron contra la cruda realidad nada más pisar la estación.

Apenas cruzamos el umbral, exhaustos del viaje, el descanso se convirtió en polvo. A Sergio le entregaron unas alpargatas rotas y lo mandaron a arreglar la valla. A mí, sin dejarme respirar, me sentaron ante una montaña de patatas y cuencos sucios de algún festín. Y luego, cocinar para toda la parentela: suegros, amigos, primos lejanos. Dos semanas de vacaciones se tornaron en galeras. La hoguera sólo la encendimos una vez, para asar carne para los invitados. Sergio nunca llegó al río. Pero lo que más sacaba de quicio era Iván. Mientras nosotros corríamos como bestias acosadas por el patio, él, indolente y satisfecho, se tumbaba en el porche con el móvil o dormía hasta el mediodía. Su vida giraba en tres puntos: sofá, cocina, baño. Y aún así, Carmen Serrano lo miraba con devoción, como si fuera su única esperanza.

Al séptimo día de aquella pesadilla, exploté. Esa noche, finalmente solos, le pregunté a Sergio: “¿Por qué tu hermano no hace nada? ¿En qué se ocupa, aparte de dormir?”. Mi marido, mirando al techo con cansancio, respondió que Iván era un “futuro genio”. Que su madre creía que debía guardar energías para estudiar, y que el trabajo sucio no era para él. Eso sí, los estudios llevaban nueve años: expulsiones, reingresos, suspensos. ¿Y Sergio? Años yendo al rescate: arreglando techos, cortando leña, cavando la huerta. Hasta que yo entré en su vida.

Aquel “descanso” fue la gota que colmó el vaso. Empecé a hablar con Sergio de que era hora de sacudirse ese peso. ¿Por qué él debía doblar el lomo mientras Iván vivía como un señorito? ¿No podía el menor hacer algo? Los padres esperaban meses nuestra visita para arreglar el gallinero o encalar las paredes, cuando el suegro bien podía ocuparse. Pero Carmen Serrano guardaba a Iván como un tesoro, sin permitirle siquiera coger una escoba.

Para mi alivio, Sergio lo pensó. Por primera vez vio lo injusto que era, y aceptó: bastaba de ser el salvador eterno. Decidimos no ceder más a los ruegos. En las fiestas de mayo, pese a las llamadas de la suegra, nos quedamos en casa. Y en otras celebraciones, tampoco fuimos. Y cuando tuvimos la oportunidad de irnos de verdad, al mar, al sol, a la libertad, se lo dijimos a la familia. Carmen Serrano estalló como un volcán. Gritó que habíamos traicionado a la familia, que necesitaban nuestra ayuda. Sergio, frío, preguntó cuál. Resultó que querían reformar el porche, y, claro, contaban con nosotros.

Entonces, mi marido estalló. Le espetó a su madre: “Tienes otro hijo. ¿No crees que es hora de que se mueva?”. La suegra balbuceó que Iván estaba ocupado con los estudios, que no podía distraerse. Pero Sergio le recordó cómo él, siendo estudiante, había trabajado para la familia porque “el hermano era pequeño”. ¿Y ahora? Ahora Iván era mayor, pero intocable. “Mamá, tienes dos hijos —dijo, y su voz tembló de dolor—. Pero parece que uno es tuyo, y yo soy un extraño”. Y colgó.

No pasó un minuto antes de que Carmen Serrano me llamara. Su voz temblaba de rabia y lágrimas. Me acusó de haber envenenado la mente de su hijo, de romper la familia, de robarle a Sergio. En silencio, colgué y bloqueé su número. Y no me arrepiento ni un instante.

Si Sergio fuera hijo único, yo sería la primera en animarle a ayudar. Pero cuando hay dos hijos, y uno vive como un príncipe y el otro como un siervo, no es justo. No quiero que mi marido se sienta un extraño en su propia familia. Y si eso significa cortar el lazo con mi suegra, lo haré. Nuestra vida nos pertenece, y por fin hemos elegido vivirla.

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Suegra me acusa de robarle a su hijo por no someterse a sus caprichos