Cuando la enfermedad divide: drama en el hogar.

Ana estaba sentada en la cocina, abrazando una taza de té ya seca. Afuera, el gris de noviembre oscurecía Madrid, mientras en su pequeño piso de Vallecas, una tormenta silenciosa se desataba. Su madre, Carmen Ruiz, había vuelto a aparecer —con fiebre, tos y una lista interminable de quejas. Cada vez que sentía el más mínimo malestar, hacía la maleta y se plantaba en casa de su hija. Ana, otra vez, quedaba atrapada en el torbellino: entre los cuidados de una madre enferma, su hija pequeña y un marido al borde del hartazgo.

Carmen insistía en que en su casa, en un barrio cercano, el miedo la consumía. «¿Y si empeoro? ¿Y si no puedo sola?», repetía, clavando en Ana una mirada llena de reproche. Pero Ana sabía que no era solo el miedo. En cuanto enfermaba, su madre se convertía en una reina caprichosa, exigiendo atención constante. Y ella tenía a Lucía, de apenas un año, aprendiendo a caminar y necesitando cada pedazo de su tiempo. Y estaba Javier, su marido, cuya paciencia se agotaba con cada visita de su suegra.

Cuando Carmen enfermaba, intentaba recluirse en el cuarto de invitados. Pero los virus no entienden de puertas cerradas: iba al baño, entraba a la cocina, dejando tras de sí un rastro de estornudos. Ana temía por Lucía. «Podría contagiarse», pensaba. Pero explicárselo a su madre era imposible. «No lo hago a propósito, hijita —susurraba Carmen—, soy cuidadosa». Luego venían las exigencias: «Hazme una sopa, pero sin sal, que me escuece la garganta. Tráeme té, tibio, no quiero quemarme. Abre la ventana, hace calor… no, ciérctalá, que me da frío». Cada llanto de Lucía era recibido con un gemido: «Dios mío, qué escándalo, no deja dormir». Hasta Javier, que solo intentaba pasar por el pasillo, recibía su dosis de crítica: «Camina como un elefante, no hay paz con él».

Antes era distinto. Ana y Javier vivían su vida, criaban a Lucía, y visitaban a Carmen una vez al mes —para charlar, ayudarla con algún trámite. Su madre era independiente: cocinaba, limpiaba, hasta enfermaba en silencio, solo pedía que le llevaran las pastillas. Pero algo cambió. Las llamadas se hicieron más frecuentes, las quejas más dramáticas. «¿Y si me da algo grave, y no estáis? —decía con voz quebrada—. Estoy sola, completamente sola». Ana intentaba calmarla: «Mamá, te llamo todos los días, estamos aquí». Pero Carmen no escuchaba, sus miedos crecían como una bola de nieve.

Una noche, Carmen llamó llorando: se había puesto tan mal que tuvo que llamar al 112. Javier estaba de siniestro en el cuerpo de bomberos, y Ana corrió a su casa con Lucía en brazos. Ese día se la llevaron a vivir con ellos. Pero aquel gesto marcó un antes y un después. Ahora, ante el primer síntoma, Carmen aparecía en su puerta. La estancia podía durar días, semanas. Había veces en que, con la fiebre alta y la tos ahogándola, exigía que Ana se sentara a su lado, le diera las medicinas, escuchara cada lamento. Mientras, Lucía lloraba en su cuna, y Ana corría de una habitación a otra, sintiendo cómo la desesperación le corroía el pecho.

Cada visita era una prueba. Carmen se ofendía si la sopa «no sabía igual», o amenazaba con irse porque «aquí todo me molesta». Ana temía por ella —¿y si se iba tan enferma?— pero temía más por Lucía, por Javier, por su familia al borde del colapso. Javier, que antes trataba a su suegra con cariño, ahora se ponía tenso con solo nombrarla. «Nos usa, Ana —decía—. En su casa aguanta, pero aquí viene para que la sirvas». Ella lo veía, pero no encontraba valor para decírselo a Carmen. «¿Y si se enfada? ¿Si nos deja de hablar? Pero esto no puede seguir, estoy al límite».

Javier ya no disimulaba. «Hay que hablar con ella —insistía—, o nos va a ahogar». Ana sabía que tenía razón, pero el miedo le cerraba la garganta. ¿Cómo decírselo sin herirla? ¿Cómo explicar que quererla no significaba perder su propia vida? Miraba a Lucía dormida, el ceño fruncido de Javier, y entendía: debía actuar, o su hogar se desmoronaría bajo el peso de aquel amor que asfixiaba.

¿Qué podía hacer Ana? ¿Cómo salvar su familia sin perder a su madre? Esta historia no era solo sobre enfermedad, sino sobre fronteras, sobre un amor que pesaba demasiado, y una decisión que le partía el corazón.

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Cuando la enfermedad divide: drama en el hogar.