La historia que se repitió: la madre se fue, la hija se fue… y el abuelo se quedó con la nieta.
Siempre supo elegir, nuestra Carina. Hombres con dinero, estatus y éxito giraban a su alrededor. Pero, contra todo pronóstico, escogió a un chico sencillo de Sevilla, Alejandro. No era el más guapo, ni un triunfador, ni un empresario. Solo un hombre sincero, bueno y atento. De esos que te miran a los ojos y te agarran la mano cuando la vida aprieta. Vivieron juntos apenas unos meses antes de casarse, y poco después nació la pequeña Martita. Fue entonces cuando empezó la verdadera prueba.
Carina no estaba dispuesta a renunciar a su carrera. En su departamento le prometieron un ascenso, brillaba en las reuniones, viajaba por trabajo y redactaba informes hasta altas horas. A Alejandro, en cambio, lo despidieron de repente: la empresa recortó personal y su nombre apareció en la lista sin más explicación. Fue entonces cuando ella le propuso: «Tú te quedarás en casa. Lo harás mejor que yo». Y él aceptó, sin quejas. Primero por ella, después… por su hija.
Vivían lejos de sus padres, sin nadie que les echara una mano. Alejandro, como hijo mayor de una familia numerosa, sabía lo que era cuidar a los pequeños. Se sumergió en pañales, biberones, purés, noches en vela y visitas al pediatra. Con el tiempo, se convirtió en un experto, hablando con las madres del barrio sobre dentición, vacunas y cómo arrullar a un bebé.
Mientras tanto, Carina apenas estaba en casa. Congresos, informes, cenas de empresa, reuniones con socios. Volvía un par de días y volvía a marcharse. Alejandro aguantó. Hasta que un día le pidió: «Yo también quiero trabajar. Contratemos a una niñera». Ella lo desestimó con un gesto:
—Martita te adora. Ninguna niñera lo hará como tú. Aguanta un poco más, ¿vale?
Él cedió de nuevo. Pero un día, ella regresó de un viaje y, sin quitarse el abrigo, soltó:
—Me he enamorado de otro. No le gustan los niños, así que Martita se queda contigo. Vine a por mis cosas.
—¿Qué? ¿Cómo que te vas así, sin más?
—Ya no te quiero, Ale. Lo siento. Pero tú podrás con esto.
Y se fue. Sin lágrimas, sin explicaciones. Como si borrara a su familia de un plumazo. Alejandro se quedó solo. Con su niña, sin trabajo, sin apoyo. Pero no se rindió. Buschó trabajos temporales, llevó a Martita a la guardería y se las ingenió como pudo. Carina solo aparecía en los cumpleaños, con un regalo y una sonrisa fugaz.
La niña creció bella, inteligente y muy sensible. En el colegio se esforzaba al máximo y, en casa, abrazaba a su padre, quien le hacía de madre y padre a la vez. A su madre la trataba con frialdad. Y cuando esta venía, le decía sin rodeos:
—No hace falta que entres. Papá y yo no te esperábamos. Estamos bien sin ti.
Martita entró en la universidad, le presentó a su padre a un chico, y pronto se casaron. Se mudaron, y Alejandro se quedó solo, pero no amargado. Había forjado una tierna amistad con su vecina Inés, quien le ayudaba en casa, le llevaba empanadas y escuchaba sus historias.
Pero la felicidad, una vez más, fue breve. El marido de Martita la abandonó con un bebé en brazos. Y ella, destrozada y agotada, regresó a casa de su padre.
—Papá, ¿podemos quedarnos un tiempo? Necesito pensar…
Alejandro no se negó. Cuidó a su nieta, la meció en brazos, le cantó nanas. Pero Martita… pronto se enredó en otro amor. Y otra vez, dejó a su hija con él. Igual que hiciera Carina años atrás.
La historia se repitió. Pero Alejandro ya no se sorprendió. Solo abrazó a la pequeña, le preparó un puré y se sentó a su lado. Inés, su buena vecina, puso la tetera al fuego y dijo:
—Bueno, abuelo, ¿empezamos de nuevo?
Y él sonrió. Porque, a pesar del abandono de las dos mujeres que más amó, en aquella casa seguía latiendo el amor.







