«No eres mercancía, hija»: cómo un padre intentó vender el destino de su hija, pero el amor lo puso todo en su lugar.

—Hija, cásate con Arturo Lozano y vivirás como una reina. Tiene una granja, coche y casa. ¿Para qué quieres a ese pobre de Andrés? —dijo Víctor Morales a su hija con irritación. Estaba en la cocina, calentándose las manos sobre la estufa, mientras la rabia le hervía por dentro. No era hacia su hija, sino hacia su terquedad.

Víctor había trabajado toda su vida como maquinista en una cooperativa agrícola cerca de Toledo. Era un hombre práctico hasta la médula: casa propia, cuatro huertos, gallinas, patos, cerdos, maquinaria y una valla nueva de chapa. Su mujer, María, era callada, buena y trabajadora. Su hijo mayor, Miguel, ya estaba casado, pero su hija pequeña, Lucía, acababa de terminar la escuela de enfermería. Hermosa, de mejillas sonrosadas y ojos claros, y el corazón del padre le dolía pensando que acabase en malas manos.

Víctor tenía un amigo, Nicolás Lozano. Llevaban más de veinte años de amistad, compartiendo tragos, sembrando juntos y yendo de pesca. Nicolás tenía una granja, vendía carne y huevos en el mercado, y su único hijo era Arturo. Rico, sí, aunque con carácter, pero a Víctor le parecía el mejor partido posible.

—Escúchame, Lucía —insistió él—. Arturo es una oportunidad. ¿Quieres vivir sin contar los céntimos? Pues ahí lo tienes. En cambio, tu Andrés… ¿Qué tiene? Huérfano, criado por una tía en Guadalajara. Ni tierra, ni techo, ni un duro.

Lucía lo escuchó en silencio, apretó los labios y, finalmente, dijo con firmeza:

—No me casaré con Arturo. Amo a Andrés. Y punto.

Sus palabras fueron como un latigazo. Víctor palideció de furia, pero tragó saliva. Al día siguiente, se reunió con Nicolás, bebieron, comieron y se rieron. Y acordaron que el siguiente fin de semana irían a pedir la mano de Lucía. Víctor volvió a casa y, nada más cruzar la puerta, le gritó a su mujer:

—¡Mañana matamos el cerdo! ¡He “bebido” a Lucía, ahora será la novia de Arturo!

María se puso lívida.

—¿Estás loco? ¿Esto es una feria? ¡Ella es una persona, no ganado! ¿Acaso eres un cacique?

Lucía lo había oído todo. Esa misma noche, metió sus cosas en una mochila, escribió una carta a su madre —”perdóname, te quiero, no puedo hacer otra cosa”— y escapó por la ventana hacia la casa de Andrés. A la semana, se casaron sin boda, sin vestido, y alquilaron un cuarto en las afueras del pueblo.

Durante un año, Víctor no habló con su hija. María la visitaba a escondidas, llevándole comida y abrazando al nieto que Lucía tuvo ocho meses después. Luego murió la tía de Andrés, y la joven pareja heredó una casita vieja. Él empezó a construir una nueva, ladrillo a ladrillo, todo con sus propias manos.

Un día, Víctor fue él solo, se paró frente a la verja, miró la obra y preguntó:

—Bueno, yerno, ¿necesitas una mano con los cimientos?

Desde entonces, hicieron las paces.

Seis años después, Lucía y Andrés tenían una casa de dos pisos, corral, maquinaria y dos hijos. Todos en el pueblo les envidiaban. Mientras, Arturo Lozano se había divorciado dos veces y seguía viviendo con sus padres. Sin trabajo, sin rumbo, con una botella en la mano.

—Ese es nuestro hijo —decía ahora María a las vecinas—. Tanto Andrés como Miguel, los dos lo son.

Y Víctor miraba a sus nietos y pensaba qué bien que el corazón de su hija aquel día no se había traicionado.

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«No eres mercancía, hija»: cómo un padre intentó vender el destino de su hija, pero el amor lo puso todo en su lugar.