Pensaba que ponerle un candado a la nevera era una broma. Algo sacado de un meme de Internet. Hasta que lo vi en persona: un candado metálico con llave, en una ferretería del barrio. Me quedé mirándolo y, por primera vez, lo consideré en serio. ¿De verdad necesitaba uno? No para esconder la comida de los niños ni de los ladrones, sino de mi propio marido.
Me llamo Lucía, tengo treinta años y vivo en Barcelona con mi marido y mi hija. Trabajo sin parar, como una hormiguita, como se suele decir. Pero, entre tanta vorágineo, lo que más me agota no es el trabajo ni mi niña, sino el hombre que comparte mi techo. Mi esposo, Javier, no ve más allá de su plato. Come. Sin parar. Sin medida, sin pudor, sin pensar en nadie más.
Llego a casa agotada, sabiendo que en la nevera hay algo para la cena: un trozo de carne, algo de queso, quizá un yogur para mi hija. Al abrir la puerta, no queda nada. No es que falte un poco, es que está vacío. Silenciosamente, sin avisar, se lo ha comido todo. De la noche a la mañana. Salchichas, queso, hasta las fresas que compré para la niña… desaparecen como en un agujero negro.
Hace poco le compré fresas a mi hija. ¿Sabéis lo caras que están fuera de temporada? Pero las vio en el supermercado y me las pidió. No pude negárselo. En casa, las comía poco a poco, con ilusión, saboreando cada bocado… Guardé la mitad para el día siguiente. A la mañana siguiente, el tupper estaba vacío. Se lo había comido todo. Hasta la última fresa. Y, encima, se rio: «Pues cómprale más, si tanto le gustan. ¿Acaso nos falta dinero?».
Pero el problema, Javier, es que no piensas. Ni en tu hija ni en mí. No preguntas, no consideras, solo comes como si fuera tu derecho. Y yo, como una cocinera, siempre corriendo a comprar y a preparar más. Te comes el último trozo de jamón… ¿y qué? Ni remordimientos ni intención de reponerlo.
Él creció con una madre que lo llenaba hasta reventar. Raciones enormes, caprichos constantes. Es alto, en su día fue deportista, pero las costumbres siguen ahí. Yo, en cambio, fui criada con moderación. Intento educar a mi hija igual: con conciencia, no con exceso. Pero su padre le da el ejemplo contrario: cómetelo todo y de una vez.
No es cuestión de dinero. Ganamos bien: yo trabajo en una agencia de diseño, él en una empresa de logística. El problema no es el bolsillo, sino el respeto. En saber pensar en los demás. Si ves algo, pregúntate: ¿era para la niña? ¿Lo guardó mi mujer? ¿Tan difícil es?
Y aquí estoy otra vez, frente a la nevera. Vacía de nuevo. La rabia se acumula en el pecho. Estoy harta. No me casé para ser la cocinera. Quería ser una mujer amada, madre, compañera. No la proveedora de un hombre que solo ve en esta casa un plato y un sofá.
Le digo: «No vives en familia, vives como un soltero con nevera gratis». Y él solo se encoge de hombros: «Pues serás mala ama de casa si no hay comida. Las mujeres decentes siempre tienen algo preparado». ¿En serio? ¿Y la lavadora también la pongo yo, no?
Cada vez pienso más que quizá no necesite un candado para la nevera, sino una llave para mi vida. Una en la que no sea la empleada. Una en la que alguien me tenga en cuenta. Una en la que sea algo más que una esposa: una persona a la que escuchen y respeten.







