Hace muchos años, en una casita de campo cerca de Segovia, vivía nuestro vecino, don Francisco Gutiérrez, conocido por su hospitalidad y su arte para preparar unas brochetas de cordero que eran la envidia del pueblo. Su receta, aprendida durante sus años en Andalucía, daba a sus platos un sabor único. Sin embargo, su amabilidad terminó por traicionarlo: ciertos familiares empezaron a abusar de su generosidad.
Cada fin de semana, apenas veían el humo de la barbacoa en el jardín de don Francisco, sus primos y sus familias, que vivían en las afueras, aparecían sin avisar. Se ofrecían a ayudar con la parrilla, pero su colaboración se limitaba a probar los manjares y vaciar la mesa. Nunca traían alimentos ni bebidas, confiando siempre en la buena voluntad del anfitrión.
Don Francisco, hombre educado y paciente, aguantó durante mucho tiempo, esperando que entendieran su descortesía. Pero cuando las visitas se volvieron frecuentes y abusivas, decidió darles una lección.
Un sábado, seguro de que sus invitados inesperados aparecerían, preparó una sorpresa especial: encendió la barbacoa con tablones viejos y húmedos que sobraron de demoler un cobertizo. El humo era espeso y desprendía un olor insoportable.
Como era de esperar, los familiares no tardaron en llegar. Pero al pisar el jardín y respirar aquel hedor, empezaron a torcer el gesto y a cambiarse miradas incómodas. Intentaron disimular, pero cuando el humo se hizo más denso y el aroma más repulsivo, ya no pudieron seguir fingiendo.
—Francisco, hoy el humo huele… raro —comentó uno de los primos, tapándose la nariz con un pañuelo.
—Ah, sí, resulta que la leña estaba algo húmeda y vieja. Pero no importa, ya cogerá fuerza —respondió don Francisco con calma, añadiendo más tablones al fuego.
A los pocos minutos, con los ojos llorosos y la ropa impregnada de aquel tufo, empezaron a inventar excusas para marcharse.
—¡Ay, se me olvidaba! Tengo que llegar a la panadería antes de que cierre —dijo uno.
—Y nosotros tenemos una tubería que gotea en casa, hay que arreglarla —añadió su esposa.
En un santiamén, toda la comitiva se desvaneció, dejando a don Francisco en paz. Este suspiró aliviado, retiró los tablones malolientes y volvió a encender la barbacoa con buena leña. Aquella noche, por fin, disfrutó de sus brochetas en silencio.
Desde entonces, las visitas inesperadas cesaron. Parece que la lección surtió efecto, y don Francisco recuperó el placer de sus tardes en el campo sin invitados indeseados.




