Mi hijo mayor es adoptado, pero sigo considerándome su madre

El hijo mayor que no era mío, pero al que siempre consideré como tal

En un pequeño pueblo de Castilla, donde todos se conocen, la vida transcurre con sus propias reglas. El trabajo escasea, y la mayoría de los residentes sobreviven gracias a lo que cultivan o crían: algunos siembran hortalizas, otros pescan o cazan.

Mi familia no era diferente. Con media hectárea de huerto y veinte áreas de jardín, bien trabajadas, no solo nos alimentábamos, sino que también podíamos vender lo sobrante. A mi esposo le gustaba pescar en el río, y yo me ocupaba del ganado y las gallinas. Padres responsables, enseñamos a nuestros hijos el valor del trabajo desde pequeños: unos daban de comer a los animales, otros arrancaban las cebollas del huerto.

Cerca vivía una mujer llamada Rosario. Su fertilidad era el asombro del pueblo: tenía más de diez hijos. Sin embargo, ni ella ni su marido, Francisco, se preocupaban por mantenerlos. Sus tierras estaban abandonadas, y cuando algún vecino intentaba arrendarlas, pronto desistía por las exigencias desmedidas de los dueños.

La principal ocupación de Rosario y Francisco era pedir limosna. Los vecinos, por compasión, les ayudaban: unos daban un saco de patatas, otros huevos, carne o fruta. Los hijos de Rosario solían pasar por casa, ofreciendo ayuda a cambio de comida. Yo también aceptaba su colaboración, aunque sabía que no era más que otro modo de mendigar.

El que más me impactó fue el hijo mayor, Javier. Siempre cumplía con las tareas y nunca se iba con el estómago vacío.

Un día, Francisco no calculó bien con el vino y partió de este mundo, dejando a Rosario sola con los niños. Ella, como si hubiera perdido el último hilo de su razón, dejó de ocuparse de ellos. El alcalde avisó a los servicios sociales, y los menores acabaron en un centro de acogida.

También se llevaron a Javier. Mi esposo y yo nos habíamos encariñado con él, y su ausencia nos dolió mucho. Averigüé dónde estaba el internado y empecé a visitarlo dos veces al mes. Tras mucho pensarlo, decidimos acogerlo legalmente y traerlo a casa.

Javier nos conocía, nosotros a él, y con nuestros hijos siempre había tenido buena relación. Así que su llegada fue natural. Se convirtió en nuestro gran apoyo, mayor que los otros, pero sin imponerse jamás. Al contrario, los cuidaba como un hermano.

Pasaron los años. Los hijos crecieron, terminaron la escuela, algunos estudiaron un oficio, otros fueron a la universidad, formaron sus propias familias y se dispersaron por España. Javier, tras acabar su formación, también se marchó.

Ahora ronda los cincuenta. Tiene una familia maravillosa, dos hijos a quienes consideramos nuestros nietos. De él emana un calor especial, una gratitud silenciosa por lo que hicimos. Me alegro profundamente de haberle abierto las puertas de nuestro hogar aquel día.

Nadie es padre por sangre, sino por amor.

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Mi hijo mayor es adoptado, pero sigo considerándome su madre