Cuando mi esposa se convirtió en chef… y en casa solo quedaron los raviolis
Éramos la familia más normal de Alcalá de Henares: yo, Laura y nuestro hijo Adrián, de doce años. Los dos ingenieros en una fábrica local, sueldo modesto pero seguro, rutinas tranquilas… y sobre todo, la suerte de tener a una esposa que convertía cada cena en un banquete. Hasta la tortilla de patatas le salía con ese punto que te hacía preguntarte: “Cariño, ¿seguro que no estudiaste en Le Cordon Bleu?”.
Pero tras tanto amor gastronómico, siempre acecha un gusano. Y este, con el tiempo, terminó por darle la vuelta a nuestra vida como un flan.
Primero fueron las quejas del trabajo: “Estoy harta de planos”, “No quiero vivir de nómina en nómina”. Yo restaba importancia: “Todos tenemos bajones, sobre todo en febrero”. Hasta que un día soltó: “Me he apuntado a un curso de cocina en ‘Sabores de España’. Tres meses y salgo con trabajo en un restaurante con estrella Michelin”.
El precio me dejó más tieso que un bacalao. Pero sus ojos tenían esa chispa que no admite discusión. Pedimos un crédito, Laura dejó su trabajo y empezaron noventa días de locura. Libros de recetas, vídeos de técnicas, prácticas maratonianas… Adrián y yo éramos sus catadores oficiales: probábamos salsas, criticábamos el punto de la paella (“¡No, esto no tiene el socarrat perfecto!”). Hasta que empezó a despreciar sus antiguos platos: “Esto que hacía antes es de parvulitos. La alta cocina es emulsiones y espumas”.
Luego vino el módulo avanzado (“imprescindible para el examen”), más gastos, más estrés. Pero valió la pena: Laura destacó entre los alumnos y entró en “El Jardín de Lúculo”. Lo celebramos… con pizza congelada, porque ni tiempo tenía ya para más.
Pasaron semanas. Luego meses. Nuestra dieta se redujo a raviolis, croquetas congeladas y, en días especiales, salchichas. Cuando me atrevía a preguntar por una fabada o una tortilla como antes, Laura suspiraba: “Llevo doce horas friendo chipirones. ¿Acaso los raviolis no están buenos?”.
¡Claro que lo estaban! Pero hasta el jamón ibérico cansa si es lo único que comes. Hasta Adrián preguntaba: “Papá, ¿mamá ya no hace lentejas?”. En lugar de potajes, llegaban relatos de restaurant: el solomillo al whisky, el tartar de atún con wasabi, los clientes que pedían saludar al chef… Mientras, en casa, pasta rellena. De nuevo.
Para el cumpleaños de mi amigo Javier, Laura organizó un menú degustación con descuento. Fue un éxito: platos que parecían obras de arte, vinos que costaban más que mi móvil, todos admirándome: “¡Con semejante chef en casa, Rafa, tú comerás como un rey!”. Sonreía sin decir que llevábamos medio año a base de productos Mercadona.
Laura se fue rápidamente (siempre tenía que volver al restaurante), y la distancia creció. Yo me ocupaba de Adrián, de la colada, de los raviolis… Hasta que exploté: “Cariño, si vives más en ‘El Jardín’ que aquí, ¿por qué no te llevas el pijama?”.
Se enfadó, claro. “No entiendes mi vocación”, dijo. Pero días después, tras una larga charla, admitió: “Perdona. Me obsesioné con ser la mejor y olvidé ser esposa”.
Ahora todo es distinto. A veces trae delicias del trabajo, los domingos cocina (¡sus croquetas otra vez!), y Adrián vuelve a corretear alrededor de los fogones. Laura encontró su pasión… sin perdernos en el camino.
Y si alguien me pregunta si tengo celos de sus salsas, respondo: “Un poquito. Pero al menos ya no temo que la próxima cena lleve código de barras”.







