Mi hijo viene a verme a escondidas, para no disgustar a su mujer… Y yo hace tiempo que lo di todo por él.
Lo crié sola. Así fue la vida: el hombre del que me quedé embarazada no quiso ni casarse ni asumir responsabilidades. Y cuando nació Javier, su padre desapareció para siempre—primero se quedaba hasta tarde, luego salía con “los colegas”, hasta que un día no volvió. Y ya. Me quedé yo sola con un bebé en brazos y un vacío en el pecho que no se llenaba con lágrimas, sino con trabajo.
Mis padres me ayudaron. Sin mi madre y mi padre, no habría podido. Mi padre cargaba carbón, nos construyó una estufa, y mi madre cocinaba, mechaba el cochecito y se quedaba de noche con el niño cuando yo no podía más. Sobrevivimos. Trabajaba en un taller de costura, hacía horas extra, cosía en casa. Todo por él, para que no le faltara nada, para que nunca se sintiera menos que los demás.
Javi era un buen chico—amable, obediente, siempre sonriente. Cuando le tocó ir a la mili, lloré en silencio, temiendo perder el contacto con él. Pero conseguí que lo destinaran cerca, en Zaragoza. Iba a verlo cada semana, y cuando podía, el sargento le daba permiso para venir a casa. A mi casa, donde lo cuidaba como siempre.
Terminó el servicio y entró en la universidad. Entonces todo cambió. Conoció a una chica llamada Lucía. La vi en una fiesta—elegante, alta, con una mirada desafiante, como si ya lo supiera todo de todos. Javi brillaba a su lado, como un niño. Y ella sonreía, pero no con la sonrisa de quien ama, sino con la de quien soporta.
Desde el primer momento sentí que no me quería en su vida. Ni a mí, ni a mi madre, que adoraba a su nieto. Lucía ni siquiera escuchaba cuando intentaba explicarle: no competía con ella. Yo era su madre. Ella, su pareja. Son cosas distintas. Pero ella actuaba como si fuera una carrera. Y estaba ganando.
Antes de la boda, hice algo grande: les regalé mi piso. Sí, vivíamos en un pequeño apartamento en el centro de Zaragoza. Nada de lujo, pero era nuestro, ganado con esfuerzo y lleno de recuerdos. Me mudé con mi madre porque Javi decía: “Mamá, así será mejor”. Yo le creí. Pensé que nos uniría más.
Al principio hubo agradecimiento. Después, reformas. Lucía tiró todos los muebles, cambió el empapelado, hasta las lámparas. Nada que recordara que allí había vivido su suegra. No dije nada—son jóvenes, tienen su vida, sus normas. Aunque dolía.
Al año nació Martita. Mi primera nieta. Estaba tan feliz. Recuerdo llevarles regalos, mantitas, zapatitos, lazos… Pero Lucía lo aceptaba con desdén, como si me hiciera un favor al dejarme entrar. Al principio nos dejaba visitarlas una hora a la semana. Luego dijo:
“En vuestra casa hay gatos, y traéis pelo. Marta podría tener alergia. No podéis venir. Lo siento.”
Sí, en casa de mi madre hay dos gatos. Viejos, tranquilos, que no salen nunca. Quizá algo de pelo se pegaba a la ropa, pero lo lavábamos, planchábamos, incluso usábamos spray… y aún así, “no”. Solo veíamos a la niña en el parque, en su carrito. Y ni siquiera nos dejaba empujarlo; lo agarraba ella, con esa misma mirada fría.
Ahora casi no vemos a Javi. Viene a escondidas, entre el trabajo, veinte minutos, una hora. Mira el reloj, nervioso. Una vez le pregunté:
“Javi, ¿por qué? Eres un hombre, ¿qué pasa?”
Sonrió, forzado, y dijo:
“Mamá, Lucía está dando el pecho, no puede alterarse. ¿Y si se le corta la leche?… Solo quiero evitar problemas. No es nada.”
Entendí que eran excusas. En seis meses Marta empezaría con papillas. Y habría otra razón para no vernos. Se ha convertido en un extraño. Como si no lo hubiera criado yo. Como si no hubiera pasado noches en vela cuando tenía fiebre. Como si no le hubiera llevado comida a la mili mientras él marchaba bajo la lluvia.
Ahora vive con miedo. Teme que su mujer se enfade. Que diga algo mal. No es un hombre, sino un niño asustado ante una leona dormida.
Yo callo. No le reprocho nada. Pero el corazón se me parte. Porque sé que todo lo que le di—amor, casa, salud, años—ya no vale nada. Porque a su lado hay una mujer que no respeta ni su pasado ni sus raíces.
No pido agradecimiento. No quiero regalos. Solo quería verlo feliz. Y ahora lo veo asustado. Y eso… eso duele más que cualquier cosa para una madre.







