**Diario Personal – 17 de octubre**
Me llamo Carmen López, tengo sesenta y dos años, y necesito confesar algo que nunca pensé que podría sentir. Algo que me pesa, que me atormenta, algo que escondo por miedo al qué dirán, por temor a perder el vínculo con mi hija y… por vergüenza de mí misma.
Mi única hija, Lucía, lleva seis años viviendo en Alemania. Se marchó para estudiar y allí conoció a su ahora marido, un alemán con el que se casó poco después. No pude asistir a su boda: problemas de salud, el lío del visado y, la verdad, económicamente estaba apurada. Esperamos ansiosos vernos, pero incluso cuando Lucía dio a luz a mi nieto, no pude viajar enseguida: permisos, cuarentenas, miles de kilómetros de distancia…
A mi nieto, al que llaman Mateo (aunque en familia le dicen Mattias), lo conocí dos años después de su nacimiento. Imagínense: ¡mi primer nieto, tan esperado! Cuántas veces soñé con ese encuentro: abrazarlo fuerte, llorar de alegría, sentir sus manitas curiosas en mi pelo mientras yo reía y acariciaba su cabecita… Pero la realidad fue muy distinta. Desde el primer abrazo, solo sentí confusión. Frío. Vacío. Él me miraba con esa inocencia, como a una tía cualquiera, y en mi pecho no brotaba ni cariño ni ternura, nada de lo que tanto se habla. Intenté fingir: sonreír, jugar, hacerle magdalenas. Todo mecánico, sin verdad, como si representara un papel en una obra que no era mía.
«Pasará», me decía. «Es solo un niño, necesita tiempo». Pero los días pasaban y nada cambiaba. Seguía igual, helada, perdida. A veces pensaba algo terrible: si fuera el hijo de la vecina, actuaría igual. ¿Acaso soy cruel? ¿Qué me pasa?
Cuando Lucía, su marido y Mateo regresaron a Alemania, sentí… alivio. Y acto seguido, una culpa inmensa. ¿Cómo es posible? ¡Es mi nieto! El fruto del amor de mi hija. ¿Tengo derecho a sentirme así? Yo anhelaba ser abuela: tejí patucos antes de que naciera, soñé con leerle cuentos, pasear de la mano por el Retiro…
Ahora no sé cómo vivir con este vacío. No me atrevo a contárselo a Lucía: no lo entendería. Para ella sería una traición. ¿Y cómo decirlo? ¿Que no quiero a su hijo? Que no siento ese lazo. Como si fuéramos de mundos distintos, como si un hilo invisible se hubiera roto antes de nacer.
Hace dos días, me llamó emocionada: vendrán en Semana Santa. Quería que planeara paseos, que Mateo —que ya chapurrea español— me recitara poesías… Yo asentí, mientras el corazón se me hundía en un pozo de angustia.
¿Cómo volver a ponerme la máscara de la abuela cariñosa? ¿Cómo fingir alegría cuando por dentro solo hay hielo? ¿Será que me estoy volviendo seca con la edad? ¿O será que no he superado que Lucía se fuera, que se casara con un extranjero, que su vida ya no tenga sitio para mí?
No lo sé. Solo quiero entender: ¿se puede aprender a querer a un nieto? ¿O es algo que nace del corazón? ¿Por qué no lo siento? ¿Qué hago mal? ¿No sirvo para esto? ¿O será que la distancia con mi hija se convirtió en indiferencia hacia su hijo?
Si alguien ha sentido algo parecido… ¿les costó querer a sus nietos? ¿Cuándo llegó ese amor? ¿Cómo derretieron el frío?
Escribir esto duele. Pero no quiero vivir siendo una mentira. Quiero ser una abuela de verdad. Querer. Sentir. Que Mateo diga algún día: «Tengo una abuela. La más buena del mundo». Pero hoy, no sé cómo llegar ahí…





