¿Es tan difícil llamar a la suegra “mamá”?
Cuando Lara se casó, tenía una decisión clara: jamás llamaría a su suegra “mamá”. Sí, muchas de sus amigas lo hacían con naturalidad, hablaban de cercanía, respeto y gratitud, pero ella lo rechazó desde el principio. “Solo tengo una madre, la que me crió y me dio la vida”, pensaba, y no estaba dispuesta a ir en contra de esa convicción.
Su suegra, doña Carmen Fernández, era una mujer seria, reservada, pero no mala. Al principio incluso ayudó a la joven pareja: con dinero, consejos, apoyo. Gracias a ella pudieron comprar un coche decente y, con el tiempo, ahorrar para la entrada de un piso. Nunca se entrometía, ni imponía sus opiniones, pero mantenía una actitud firme y digna.
Sin embargo, Lara siempre guardó las distancias. Ni “mamá”, ni “mamita”, solo “usted”, solo “doña Carmen”. Parecía respetuoso, educado, pero frío. Como si entre ellas hubiera un muro invisible.
Un día, mientras compartían un té en casa de doña Carmen, la mujer murmuró de repente:
—Sabes, no hace falta que me trates de usted. Llámame Carmen, si quieres. O… como te sientas cómoda.
Lara sonrió con rigidez y negó con la cabeza.
—No, prefiero seguir igual. No puedo hacerlo de otra manera, lo siento…
La suegra no insistió. Siguió la vida como antes: distante, pero en paz. Hasta que la historia se repitió.
El hijo de Lara, Adrián, decidió casarse. Su prometida, Lucía, una chica dulce y afectuosa, encantó a toda la familia. En la boda, al recibir un regalo de Lara, la joven la abrazó y susurró al oído:
—Gracias, mamá.
Todos pensaron que lo dijo por los nervios. Pero al día siguiente, Lucía volvió a llamarla así. Y entonces, algo en el interior de Lara se quebró. Algo que había permanecido dormido mucho tiempo, de pronto despertó.
Había tanto cariño en esa palabra, tanta aceptación sincera… Ni ella misma esperaba lo bien que le haría escucharlo. Parecía solo una palabra, pero sanaba. Calentaba. Abrazaba.
Unos días después, Lara sintió el impulso de visitar a doña Carmen. Su marido estaba trabajando, así que llamó un taxi. Inventó una excusa—llevarle un juego de sábanas—, pero en realidad la movía algo más profundo.
Doña Carmen abrió la puerta, la invitó a la cocina, preparó té y sacó un pastel. Se sentaron frente a frente. Y entonces, sin pensarlo, las palabras brotaron de los labios de Lara:
—Mamá, ¿adónde vas con tanta prisa? Quédate, tomemos el té tranquilas…
Se quedó en silencio. Había salido así, sin planearlo, sin decidirlo. Directamente del corazón. Su suegra—no, su madre—la miró, y en sus ojos brillaron lágrimas y una alegría que Lara nunca antes había visto.
No volvieron a hablar del tema. No hacía falta. Todo estaba dicho.
Cuando Lara llegó a casa, sintió un alivio extraño en el pecho. Como si un peso se hubiera esfumado. Calor. Paz. Había hecho lo que tanto había pospuesto, sin permitírselo antes.
Y quizá, por primera vez, entendió que a veces una sola palabra puede derribar un muro construido durante años. Una simple palabra: “mamá”.







