«Mamá, hemos vivido juntos quince años, pero tal vez no deberíamos haber tenido tres hijos»… Esas palabras resonaron en los oídos de su madre como un martillazo.
Cuando Isabel García escuchó a su hijo de treinta y seis años, Álvaro, pronunciar semejante frase, el suelo desapareció bajo sus pies. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía su hijo, su orgullo, su sostén, su alegría, decir algo así? Recordó cómo pasó toda su juventud sufriendo por Marta, esa chica que en el colegio le amargó la existencia, que se burlaba de él, le tendía trampas y esparcía rumores. Y ahora, estaba dispuesto a romper todo por ella: su familia, sus hijos, años de vida.
Isabel lo recordaba todo. Cómo Marta hacía la vida imposible a Álvaro en el instituto, cómo él aguantaba en silencio, a pesar de practicar judo y poder defenderse. Pero era un chico bien educado, íntegro. Incluso cuando ella misma estaba a punto de perder los nervios, de ir al director, de cambiarlo de colegio, Álvaro la detenía. Aguardaba.
Cuando terminó el colegio, fue como si Álvaro renaciera. Se graduó con honores, entró en la universidad, estudió, trabajó, construyó su futuro. Se convirtió en un hombre fuerte, inteligente, respetado en su profesión. Hasta que… hasta que apareció Ella. Marta. La misma. Como salida de una pesadilla, volvió para destruirlo otra vez. Y él, como hipnotizado, cayó de nuevo. Se enamoró, perdonó todo el daño pasado, incluso comenzó una relación con ella. Y a pesar de la traición, cuando Marta lo dejó por otro justo antes de la boda, Álvaro no se endureció. Herido, pero no vencido.
Después de aquello, conoció a Lucía, una chica de buena familia, hija de una amiga de Isabel. Todo iba viento en popa: se casaron, tuvieron tres hijos, compraron una casa en Madrid. Isabel ayudó en lo que pudo. Lucía era una madre cariñosa, paciente, entregada. Llevaba la casa sin quejas, criaba a los niños sin perder la sonrisa. Parecía que, por fin, la vida sonreía.
Pero en un instante, todo se desmoronó. Marta regresó a la capital. Entró en la vida de su hijo como un huracán, como una mancha que no se borra. Se cruzaron por casualidad, intercambiaron unas palabras, y fue suficiente: Álvaro, como hechizado, empezó a cambiar. Decía que nunca había amado a Lucía, que solo estuvo con ella por despecho. Lo decía frío, indiferente, como si sus hijos fueran un error, un reflejo de su pérdida.
Isabel no podía creerlo. ¿Cómo olvidaba lo que Marta le había hecho? ¿Cómo confiaba en una mujer que lo cambió por otro sin dudarlo? Ahora volvía porque no le salió bien su vida en Canarias, y arrasaba con todo de nuevo.
Lo peor era que él estaba dispuesto a irse. A abandonar a Lucía, a sus tres hijos, solo por seguir a quien lo había roto antes. Como si el razonamiento se hubiera apagado, dejando solo una obsesión enfermiza.
Isabel miró a sus nietos y no supo cómo explicarles que su padre quería dejarlos. No encontraba la manera de mirar a Lucía a los ojos, ella que ni siquiera sospechaba. Su corazón se partía en dos. Su hijo, por quien había rezado, luchado, a quien había secado las lágrimas, ahora era el causante del dolor ajeno.
Por primera vez, se sintió impotente. Porque Álvaro ya era un hombre. Tomaba sus propias decisiones. Pero ¿acaso una madre podía callar ante aquello? ¿Podía apartarse mientras su familia se despedazaba?
Isabel García lo tenía claro: pelearía. Por Lucía. Por sus nietos. Por evitar que su hijo se perdiera para siempre. No permitiría que esa mujer destrozara lo que tanto costó construir. Aunque tuviese que enfrentarse a su propio hijo. Porque a veces, el amor de una madre no es aprobar, sino proteger. Incluso cuando nadie lo pide.






