**Diario personal**
Ayer escuché las palabras que nunca pensé oír: «¡Deshazte de él ya!», dijo refiriéndose a mi gato, con quien llevo diez años compartiendo mi vida.
Hace poco, mi novia Lucía y yo decidimos mudarnos juntos. Llevábamos casi ocho meses saliendo, todo iba perfecto, así que le propuse que se viniera a vivir conmigo. Iba a ser nuestro pequeño nido para los tres: Lucía, yo y mi fiel compañero, el gato Peluso.
Peluso lleva conmigo desde que me independicé y dejé atrás mi pueblo natal. Ha sido mi sombra en los momentos más oscuros, en las alegrías y hasta en esos amores que no cuajaron. Siempre me esperaba en la puerta, dormía a mi lado y ronroneaba en los días grises. No era solo una mascota; era mi familia.
Al principio, Lucía no parecía molesta. Incluso acariciaba a Peluso y decía que era «un encanto». Pensé que habíamos tenido suerte, que los tres formaríamos un hogar tranquilo. Pero la ilusión duró poco.
A las dos semanas, Lucía empezó con síntomas extraños: lagrimeo, estornudos, tos y dolores de cabeza. Le sugerí ir al médico. El diagnóstico fue un jarro de agua fría: alergia al pelo de gato.
—¿Pero cómo? —pregunté confundido—. Antes ha estado con gatos y nunca le pasó nada.
—Señor, las alergias son impredecibles —respondió el médico con severidad—. Al convivir directamente con el animal, la reacción se intensifica. Podría empeorar.
Me sentí desgarrado. Por un lado, quería a Lucía, pero ¿cómo abandonar a Peluso después de tantos años juntos?
De vuelta a casa, pensé en llevarlo temporalmente a casa de mis padres. Estaba dispuesto a sacrificar algo por su salud. Pero al cruzar la puerta, Lucía, sin siquiera quitarse el abrigo, soltó:
—¿Cuándo vas a deshacerte de él?
—¿«Deshacerme»? —repetí incrédulo—. Vamos a hablar las opciones…
—No hay nada que hablar —cortó fría—. Cada día me siento peor. ¿Quieres que acabe en el hospital?
Su tono me heló. Había estado abierto a ceder, pero esa palabra, «deshacerse», me atravesó como un cuchillo. Para ella, Peluso no era más que un estorho, algo desechable.
—Si alguien tiene que irse, eres tú —dije en voz baja—. Peluso se queda. Punto.
Lucía se quedó callada unos segundos, luego, sin decir nada, empezó a hacer la maleta. En unas horas, no quedaba rastro de ella.
Al principio, sentí vacío, pero después llegó una paz extraña. Entendí que quien exige que borres parte de tu vida no te ama de verdad. Podría haber buscado un acuerdo, pero ¿cómo vivir pendiente de sus caprichos?
No me arrepiento. A veces, los animales son más leales que las personas. Esa noche, Peluso se acurrucó a mi lado mientras bebía un té bien cargado y miraba por la ventana. Ronroneaba, como diciendo: «Estoy aquí. Todo irá bien».
Y tiene razón. La vida no acaba con un amor. Pero si alguien te pide que traiciones a quien siempre estuvo a tu lado, eso no es amor. Es egoísmo.
Ahora vuelvo a estar solo con Peluso. Quizá algún día aparezca alguien que entienda que mi familia no soy solo yo, sino también este viejo, sabio y peludo amigo.






