Evaluación de la Avaricia

—Así que decidiste poner a prueba a Lara, ¿no? —preguntó el amigo de Marcos con sarcasmo—. ¡Bien hecho! Así no te enganchas con otra cazafortunas, de esas que solo les importan los ceros en tu cuenta bancaria.

—No me lo recuerdes —gruñó el joven—. La última fue justo así. Me sacó un dineral. Menos mal que abrí los ojos a tiempo y me libré de esa sanguijuela. —Ahora tenía puesta su mirada en Lara, una chica sencilla, sin grandes pretensiones. Pero nunca está de más asegurarse—. Si supera la prueba, tendrá la boda más lujosa y una vida dulce llena de tiendas, spas y viajes a los mejores destinos.

Marcos lo había planeado todo al detalle. Alquiló un piso minúsculo —una auténtica pocilga, en su opinión—, alquiló un coche de segunda mano —que apenas podía mirar sin torcer el gesto— y se compró ropa corriente, la misma que llevaba medio país. Quería parecer lo más normal posible, para que la chica no sospechara nada. Aunque hubo detalles en los que falló, Lara fingió no darse cuenta o simplemente no los vio.

—Lara cree que soy un simple oficinista, ahorrando para la entrada de una hipoteca —ambos rieron al unisonó. Marcos podía comprarse un ático en pleno centro de Madrid mañana mismo. ¡Qué suerte ser hijo de papá! —Ah, y está convencida de que soy huérfano.

—Vaya imaginación tienes… ¿Cómo no te han pillado todavía? No tienes ni idea de cómo vive la gente normal. Chófer privado desde pequeño, colegios de élite, criados por doquier…

—Contraté a un chico de seguridad como asesor. Por un puñado de billetes, me explicó todo —Marcos echó un vistazo a su reloj y se levantó—. Vale, tengo que cambiarme e ir a recogerla. Le prometí recogerla después de clase. A lo mejor entramos en algún bar de camino.

—Ojo con lo que pides, no vayas a intoxicarte —bromeó su amigo—. No estás acostumbrado a esa comida.

***

Marcos esperaba impaciente, apretando entre sus manos el ramo más barato del puesto de flores. Para él, ese gasto era insignificante —solía dejar más de propina en una cafetería—. Pero el papel de tío ahorrador exigía sacrificios, así que aguantó la mirada despectiva de la florista sin decir nada.

Ahí venía Lara. Pero algo andaba mal. ¡Pálida como la cera, con la mirada perdida! Casi al borde del llanto.

—¿Qué pasa? —preguntó él, alarmado—. ¿Alguien te ha hecho algo? Lara, dime.

La abrazó mientras ella sollozaba, desconcertado por la escena. Hasta que recordó: el padre de Lara estaba enfermo. Quizá la situación era peor de lo que los médicos habían dicho.

—¿Es por tu padre? —La chica asintió, incapaz de hablar—. Vamos a tomar algo. Allí podremos hablar con calma.

Efectivamente, el problema era su padre. Necesitaba una operación, rutinaria pero arriesgada por su edad. Y el médico había dejado claro que las posibilidades de éxito aumentarían… con un «incentivo» económico.

—¡Diez mil euros! ¡Diez mil! —Lara, desbordada por la emoción, no vio la fugaz sonrisa de Marcos. Él gastaba eso en una cena sin pestañear—. ¿De dónde vamos a sacar tanto? ¡Todo se va en medicinas!

—Me encantaría ayudarte, pero no puedo tocar mis ahorros ahora. Perdería mucho —fingió preocupación—. ¿Seguro que hay que pagar?

—¡Claro que sí! —secó las lágrimas—. ¡La salud de mi padre no tiene precio!

—Piénsalo bien —insinuó él, con voz suave—. Si pagan ahora, después ni una enfermera se acercará a tu padre sin cobrar. Denúncialos al ministerio. ¡Que no se aprovechen del sufrimiento ajeno!

—No tenemos pruebas… ¡Y él podría morir!

Lara entendió rápido: no obtendría ayuda. No es que lo esperara tampoco… Sabía que no tenía derecho a pedirle nada. Y también sabía que mentía. Había visto los fajos de billetes en su cartera.

Bueno, solo quedaba una opción. Su padre no se quedaría sin tratamiento, aunque ella tuviera que dejar la universidad. Aunque estaba en cuarto curso, con un expediente impecable.

La familia es lo primero.

***

Tres semanas después.

Lara estaba radiante. Su padre mejoraba día a día, y ella había encontrado un buen trabajo. Terminaría la carrera, aunque fuera más tarde. ¡Nunca renunciaría a su futuro!

Además, Marcos le había escrito: tenía una sorpresa para ella. ¿Qué sería? La intriga la consumía.

Pero su felicidad se esfumó en segundos…

—Superaste la prueba —él vestía de diseñador, con un reloj de cinco cifras en la muñeca y un coche que hacía volverse a todo hombre que pasaba—. Ahora sé que no estás conmigo por dinero. ¡Cásate conmigo!

No se arrodilló, pero la cajita de terciopelo rojo estaba ahí. Lara, conteniendo la furia, miró las piedras que destellaban bajo el sol.

—Este anillo vale medio millón —presumió él—. Te lo mereces. Tendrás la boda más exclusiva, vivirás como una reina…

Una bofetada cortó su discurso. Lara apenas podía contenerse. ¿Cómo se atrevía? ¡Ese anillo valía cinco veces lo que necesitaba su padre! Si de verdad quería algo serio, ¿no podía haber sido honesto antes? ¡Podría haber seguido estudiando!

—¿Pero qué…? —balbuceó él, aturdido. Esperaba gritos de felicidad, no un cachete que le ardía.

—¡Vete a la porra!

Y jamás volvieron a hablarse.

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