No puedo ser madre. Y la razón es mi marido.
Hace unos años, creía que por fin la vida me había regalado la felicidad auténtica. Me casé por amor. O al menos eso creía. Entonces, mi esposo parecía encarnar todos mis sueños de juventud: amable, atento, serio, con brillo en los ojos y una sonrisa dulce. Imaginaba esa dicha femenina hecha realidad: un hogar donde huele a bizcocho recién horneado, paseos dominicales en familia, risas infantiles, abrazos que calientan el alma. Pero todo fue distinto. No trágico, no. Solo diferente. Y mucho más doloroso.
Desde niña soñé con ser madre. Me veía con la barriga redonda, sosteniendo una manita diminuta entre las mías, meciendo a un bebé en mitad de la noche. No era solo un deseo, era mi destino interior. No quería solo un matrimonio, quería una familia llena, con niños, gritos, prisas y ese gozo indescriptible que solo traen los hijos.
Un año después de la boda, decidimos intentarlo. Ya tenía treinta años y sabía que no podía esperar. Ambos estuvimos de acuerdo: era el momento. Pero los meses pasaron, y luego los años. Ni una sola rayita en los test, ni un retraso. Solo el mismo ciclo de esperanza, dolor y decepción.
Tras dos años de intentos, fuimos al médico. Yo pasé por todo: análisis, ecografías, pinchazos. Los resultados fueron perfectos —ningún obstáculo por mi parte—. Pero cuando llegaron los de él… el mundo se me vino abajo. El diagnóstico fue duro: infertilidad masculina irreversible. Clínicamente, sonaba frío y técnico, pero a mí se me partió el alma.
Lo miré, y solo una pregunta resonaba en mi mente: “¿Y ahora qué?” Lo amo. No finjo. No es solo el hombre con el que comparto mi vida. Él es mi hogar, mi amigo, mi refugio. Pero yo siempre soñé con ser madre. No adoptar, ni recurrir a un donante, sino parir a mi hijo. Vivir ese milagro.
Han pasado seis meses desde entonces. Y desde ese día, vivo al borde de un abismo. Por un lado, él, el hombre al que elegí, que no tiene culpa de nada. Por el otro, mi sueño, mi esencia femenina que se marchita cada vez que veo a otros niños, oigo relatos de partos o siento este vacío en el vientre.
Habló con él. No lloró, solo apretó los labios y dijo:
—Perdón. Entenderé si te vas.
Y en esas palabras lo había todo: amor, dolor, desesperación, valentía. Estaba dispuesto a soltarme, porque sabía lo que significaba para mí.
Pero no me fui. Me quedé. No porque haya renunciado a ser madre. Sino porque aún no me atrevo a tomar la decisión más terrible. Vivir sin él es un tormento. Pero vivir negándome a mí misma tampoco lo soporto.
No me engaño pensando que podré conformarme. No. No podré. No tengo cuarenta y cinco años. Aún hay tiempo. Y sé que si lo pierdo, algún día, anciana y sola, maldeciré mi cobardía. Veré a otros con sus nietos y pensaré: “Pude… y no lo hice”.
Sé que hay parejas felices sin hijos. Pero esa no soy yo. Nací para ser madre. Es tan obvio para mí como que el cielo es azul y la hierba verde.
Pero… ¿qué hago? ¿Cómo elegir entre destrozar su vida o la mía? ¿Irme e intentar empezar de nuevo con otro? ¿Y si tampoco funciona? ¿Y si el destino solo me da una oportunidad?
A veces lo miro dormir y me siento una traidora. Porque en mi mente ya me despido. Luego despierto llorando y pienso: “No. No puedo”. Me desgarro. Entre el amor y el destino. Entre el corazón y el instinto.
No sé qué haré. Pero cada noche rezo por un milagro. Aunque sé que no llegará.
Si has pasado por esto… dime, ¿cómo elegiste? ¿Y cómo sigues viviendo con ello?…