Lo sentimos por hacer como si no estuviéramos en casa para no ver a nuestros nietos.
Nunca pensé que llegaría el día en que diría en voz alta: “No quiero que los nietos vengan de visita”. Siento vergüenza por tener estos pensamientos. Pero toda historia tiene dos caras, y quizá, al escuchar la nuestra, entenderás por qué mi esposa y yo hemos empezado a escondernos en nuestro propio hogar.
Tengo 67 años, y mi esposa 65. Nos convertimos en abuelos muy jóvenes: nuestra hija apenas había cumplido 30 años cuando se convirtió en madre por primera vez. La pequeña Verónica llegó a este mundo, y sentimos como si recibiéramos una segunda juventud. Paseábamos con el carrito por el parque, la cuidábamos con gusto, comprábamos juguetes y la mimábamos. La felicidad nos desbordaba y bromeábamos: “Nos convertimos en abuelos jóvenes, pero así lo recuperaremos todo”. En ese momento, parecía una bendición.
Luego llegó otro bebé, de nuevo una niña. También a ella la amamos con todo nuestro corazón, la cuidábamos, la llevábamos los fines de semana, ayudábamos en lo que podíamos. Nuestra hija no nos lo pedía, éramos nosotros quienes insistíamos. Queremos a nuestros hijos y a nuestros nietos. Pero después, como una bola de nieve, llegó el tercer embarazo, mellizos, y de repente todo cambió.
Los dos niños llegaron, y la casa se convirtió en un caos. Ya no eran fines de semana tranquilos, sino auténticas jornadas de guardería. Gritos, carreras, llantos constantes, todo estaba mezclado. Estábamos agotados. No por falta de amor, sino por puro agotamiento. En ese momento a mí me habían operado del corazón, y a mi esposa los médicos le prohibieron levantar pesos. Pero nuestra hija parecía no darse cuenta. Llamaba, decía “ya estamos en camino”, sin preguntarnos si era un buen momento para nosotros. A veces llegaban sin previo aviso, simplemente nos ponían en esa situación.
Y así, un día, al verlos llegar desde la ventana, me acerqué a mi esposa y le susurré: “Vamos a fingir que no estamos en casa”. Ella asintió en silencio. Apagamos las luces y nos quedamos quietos. Llamaron, tocaron el timbre e incluso intentaron abrir la puerta con sus llaves, pero nos escondimos como niños.
Cuando se fueron, mi esposa se echó a llorar. No de alegría, sino de tristeza. “¿Cómo llegamos a esto?”, me preguntó. Y no supe qué responder.
Amamos a nuestros nietos, pero no somos una residencia de ancianos con función de guardería gratis. Queremos vivir el resto de nuestros años con tranquilidad, a veces estar solos, leer libros, ir al teatro. No estamos obligados a ser niñeros de tiempo completo.
Nuestra hija se ofendió al descubrir que estábamos en casa pero no abrimos. Nos dijo que nos habíamos vuelto egoístas. Pero pienso: ¿es egoísmo querer un poco de silencio y que se respete nuestro tiempo?
Escribo esta historia no para justificarme, sino para decir que la vejez no es una condena ni una cruz. Incluso los abuelos tienen derecho a descansar y mantener sus propios límites. Amar a los nietos no significa dejar que nos pasen por encima. Significa amar sin perderse uno mismo.







