La carga de criar sin gratitud: ¿Cómo seguir adelante?

He criado a unos ingratos holgazanes… y ahora no sé cómo seguir

Llego a ese punto en el que quiero gritar al viento: «¿En qué fallé? ¿Por qué me toca esto?». Mis hijos, de 15 y 11 años (una chica y un chico), no solo me agotan, me devoran. Desoyen, faltan al respeto, exigen y manipulan. Yo, madre soltera que sostiene todo, ya no puedo más. Ni física ni emocionalmente.

Casi una década cargando sola con la familia. Cuando Lucía tenía cuatro años y Carlos era un bebé, su padre se marchó «a trabajar» al extranjero y… desapareció. Como tragado por la tierra. Con los años, supe que vive en Suiza, con nueva familia. El divorcio lo tramité por correo. Nunca llamó, ni preguntó por ellos.

Lucía recuerda. La marcha de su padre, mis lágrimas en la oscuridad. Le duele como una herida abierta. Carlos solo lo conoce por fotos. A veces pregunta: «Mamá, ¿vendrá algún día?», con una esperanza en la mirada que me parte el alma.

Lo peor es ver cómo, tras años de entrega, se convierten en lo que jamás quise formar. Lucía responde con insolencia. Sospecho que fuma: su habitación huele a tabaco, la ropa también. Ella se excusa: «Son mis compañeros del instituto». Falta a clase, ignora a los profesores. Si pido ayuda en casa, estalla: «¿Por qué yo?».

Carlos, aunque menor, imita su actitud. Se niega a recoger, se irrita. Hasta sacar la basura sin quejarse es un drama. Sus notas han caído. Los docentes dicen que está apático, falta a deberes.

Trabajo dos turnos. Llego exhausta, y me esperan gritos, caos. Entiendo: adolescencia, hormonas… Pero yo también tengo límites. Solo piden móviles, consolas, dinero. Todo está servido. ¿Y la ayuda? ¿El respeto?

Me avergüenza admitirlo: los malcrié. De pequeños, quise suplir la ausencia paterna. Compré lo que no podía, les dediqué cada minuto. Ahora exigen como si fuera obligación. Si no cedo, manipulan. Hace días, Lucía me espetó: «Si vuelves a gritar, llamaré a servicios sociales. Que vean cómo vives». Yo respondí: «Si te llevan a un centro, ¿quién te pagará el móvil o las bolsas de patatas?». Ella: «Allí quizá sea mejor que contigo».

El corazón se me hizo trizas. La niña que crié con noches en vela, dolores infinitos… Esa noche lloré en el baño, en silencio. Gritar no sirve. Rogar, tampoco. Castigos físicos… ni pensarlo; cualquier gesto provoca amenazas de denuncia. Estoy sola contra dos adolescentes que se creen autosuficientes.

Pero son mis hijos. No quiero que crezcan como egoístas incapaces de amar. No seré eterna. ¿Y si enfermo? ¿Quién cocinará, lavará, velará por ellos?

Seguro que algunos me juzgarán: «Te lo buscaste». Tal vez tengan razón. Pero nadie me dio un manual para ser madre perfecta. Actué por instinto, por amor.

No me rindo. Solo estoy agotada. Quiero recuperar el diálogo, que entiendan: la libertad implica responsabilidad. Que yo no soy su sirvienta. Soy humana, cansada, pero aún los amo.

Si algún padre ha vivido esto… ¿cómo lo superó? ¿Dónde halló fuerzas? Necesito saber que no estoy sola. Que aún hay esperanza.

Rate article
MagistrUm
La carga de criar sin gratitud: ¿Cómo seguir adelante?