Mamá decidió casarse con alguien de mi generación. Escondí sus documentos y no me arrepiento.
Se llama Carmen, mi madre, tiene cuarenta y tres años. Me tuvo joven, justo después del instituto, con dieciocho recién cumplidos. Su primer amor no terminó en boda, sino en pañales, noches en vela y una lucha agotadora por salir adelante. Mi padre nos abandonó al nacer yo, y fueron mis abuelos quienes la ayudaron a recomponerse. Gracias a ellos, ella estudió Magisterio y yo tuve una infancia digna.
Nunca se volvió a casar, aunque tuvo pretendientes. Siempre decía, sonriendo: «Cuando tú crezcas, pensaré en mi felicidad». Vivíamos en complicidad: compartíamos ropa, nos prestábamos pendientes, elegíamos juntas el tono del pintalabios. Hasta mis excesos adolescentes —tintes morados, piercings, cadenas— los tomaba con humor. Creía que estábamos en sintonía. O eso pensaba.
Ahora tengo veintiuno: estudio, trabajo, salgo de fiesta. Supuse que ella se sentiría sola, pero en vez de eso… se enamoró. Y lo peor: de un chico que le dobla la juventud.
Todo empezó sin malicia. Ella da clases de Geografía en un instituto. El claustro es casi femenino, como suele pasar. Hasta que un día comenzó a mencionar a cierto «Álvaro» en sus historias. Al principio no le di importancia, pero pronto entendí: se le había ido la cabeza. Resultó que «Álvarito», el nuevo profesor de Informática, tenía… ¡veintidós años! Uno más que yo. Y ahí estaba mi madre, una mujer madura, comportándose como una colegiala: le hacía tortillas, le corregía exámenes, le preparaba tápers porque el chico «lleva dieta y no come en la cafetería».
Me desconcertó. Jamás me había preparado ella un táper a mí, y ahora le organizaba la vida. Hablé con sus compañeras: también estaban preocupadas. Decían que Carmen se vestía como una veinteañera, se teñía de cobrizo y usaba faldas cortas. Todo porque Álvaro le dijo que se parecía a «aquella cantante de flamenco».
Luego vino lo grave: anunció que quería irse a vivir con él. «Es mi momento de ser feliz», decía. Intenté razonar: «¿Sabes siquiera qué busca? Vive en un piso compartido, no tiene ahorros…».
—Me comprende como nadie —replicaba ella—. Hasta contigo me siento más yo misma. Queremos casarnos.
Se me nubló la vista.
—¿En serio? ¿Con un crío que acaba de terminar la carrera? —grité.
—¡No le faltes! ¡Es un hombre hecho y derecho!
—¡Está jugando contigo por el piso y tu estabilidad! ¿Hasta cuándo vas a ser tan ingenua?
Fue nuestra primera pelea. Portazos, reproches. Me acusó de egoísta, de no querer verla feliz. Intenté hacerla entrar en razón, pero estaba ciega.
Pensé en hablar con el director, pero temí el escándalo. Así que opté por esconderle el DNI, la partida de nacimiento y todo. Sin papeles, no hay boda.
¿Me llamarán exagerada? Quizá. Pero prefiero eso a recoger sus pedazos cuando este «novio» desaparezca tras empadronarse. Observo. Espero. Si se queda sin saber que no tiene documentos, quizá sea sincero.
Pero si en una semana presiona para «resolverlo rápido»… entonces sabremos la verdad.
A veces, el amor requiere cabeza fría. Sobre todo cuando proteges a quien más quieres.







